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Parlament de cachiporra / Tomás Hernández

12 de septiembre del 2017

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Parlament de cachiporra / Tomás Hernández



    No recuerdo el lugar pero sí el espectáculo; no puedo decir si era un teatro grande con palcos y patio de butacas o una sala pequeña y un escenario mínimo; creo que sería más bien lo segundo, pero lo que sí recuerdo es la obra, una puesta en escena de “Los cuernos de don Friolera” de Valle Inclán adaptada para una compañía de títeres de cachiporra. Ya el propio Valle Inclán se había acercado al género con su “Tablado de marionetas para educación de príncipes”. Si Valle Inclán viviera, podría escribir ahora un nuevo “Tablado de marionetas para educación de políticos”. Quienes siguieron la semana pasada las sesiones del Parlament de Catalunya, podrían pensar si estaban presenciando el comienzo del proceso de secesión o una nueva farsa valleinclanesca.

    Puigdemont, bajo el casco de su abundante pelambrera, sonreía indiferente ante el alboroto del gallinero parlamentario; Oriol Junqueras, el vicepresi, no sonreía, no lo hace nunca, sólo mira muy fijo y habla con un tono de abate apacible y bonachón. La presidenta de la Cámara, o lo que fuera aquello en aquellos momentos, muy seria, encaramada al sillón presidencial, me recordaba al president del Tribunal de las aguas de Valencia, al que asistí una vez por curiosidad y que sólo decía, “calle vosté, parle vosté” y luego se retiraba a deliberar. Anna Gabriel lucía su moño de reina castiza con más garbo que la infortunada Isabel II y a Rajoy, el malo invisible, el “dimoni” con rabo, se lo nombraba de vez en cuando con miedo de verlo aparecer sonriente y dicharachero, “sheñoriashhh”, como en esas súbitas apariciones de “andarín de famobil” con “gayumbos” de verano.

    Entonces, el diputado Coscubiela cogió la cachiporra de la verdad, manifestó su vergüenza por formar parte de aquella farsa burda y no dejó títere con cabeza, desde el ausente Rajoy, a quien hizo corresponsable de lo que allí estaba ocurriendo, hasta algunos de sus colegas de coalición, a quienes definió como filibusteros de la política. Coscubiela fue el héroe de muchas personas aquella áspera e infame mañana del Parlament, como lo fue hace algunos años en el Parlamento nacional, cuando le dijo clara y educadamente a Rajoy, antes de la costumbre de los exabruptos rufianescos: “Usted, señor Presidente, es un corrupto.”

    Rajoy, le guste o no, pasará a la historia patria como el presidente de la corrupción y aquel “Luis, sé fuerte” le acompañará toda su vida, pero, quizá, también como el nefasto y torpe muñidor de la escisión de Cataluña.

    Ocurra lo que ocurra, el 2 de octubre, con referendum o sin él, amanecerá una Cataluña rota,  de ciudadanos resentidos y enfrentados y esas llagas no sanarán a golpe de sentencias del Tribunal Constitucional.

    El millón, el medio millón, el cuarto de millón, qué más da, de ciudadanos que se manifestaron el día 11 por las calles de Barcelona, no quemaron iglesias ni rompieron escaparates ni asaltaron bancos y tienen derecho a que el presidente de la nación les ofrezca una solución a sus demandas, como lo tienen quienes se quedaron en sus casas y se quieren quedar también en España y se preguntarán “Y Rajoy, ¿qué piensa de esto?”, aparte de azuzar con los tribunales.


Tomás Hernández.