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EL NAUFRAGIO DE LA ARMADA EN LA HERRADURA (1562)/ Elena Navas

15 de octubre del 2018

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EL NAUFRAGIO DE LA ARMADA EN LA HERRADURA (1562)/ Elena Navas


El Paseo por el Tiempo del mes de Octubre transcurre por La Herradura, una de las bahías más bonitas de todo el Mediterráneo, y a la vez, escenario de una gran tragedia, sucedida en el s.XVI, y que fue silenciada en su momento por intereses políticos y militares de la época.

Frente a la playa de La Herradura, ocurrió uno de los naufragios más grandes sufridos por la armada española, a consecuencia de un fuerte temporal, y que hoy día conocemos, gracias al extraordinario trabajo de documentación, que publicó en 1990, la profesora María del Carmen Calero Palacios, catedrática de la Universidad de Granada.

Desde su publicación, numerosos historiadores y escritores, han tratado el suceso, dándolo a conocer en diferentes formatos, de los que destaco el impresionante comic de Francisco Cabrera, la formidable descripción en el libro “Un viento inesperado” de Tomas Hernández, y la novela de Cárdenas “Luna de Otoño”.

El suceso ocurrió el 19 de octubre de 1562, cuando una escuadra formada por 28 galeras que se dirigía al norte de África, hizo escala en el puerto de Málaga, para aprovisionarse y recoger familiares de algunos militares destinados en Orán, ante el temporal que se avecinaba, pusieron rumbo a La Herradura, para dejar los barcos al abrigo del viento de levante, protegidos por la Punta de la Mona, al este de la bahía. Cuando las naves ya estaban ancladas y amarradas, el viento cambió, y sopló con mucha fuerza desde el SW, levantando un fuerte oleaje. Desde ese momento las embarcaciones empezaron a ser zarandeadas bruscamente por el mar y a chocar unas con otras. El viento y las olas las empujaban contra las rocas, quedando los barcos totalmente destrozados.

De las 28 naves, se hundieron 25. Las 3 supervivientes se libraron porque llegaron tarde, ya que tuvieron que remolcar a una de ellas, que el día anterior, a la altura del Rincón de la Victoria, había sido embestida por otra nave, que a su vez, había sido empujada fuertemente por una corriente de aire proveniente de tierra que circulaba por los barrancos. Cuando llegan a la Herradura, al no quedar espacio suficiente, se colocaron junto a la Punta de la Mona, por eso tuvieron tiempo de rodear y refugiarse al otro lado.

Los barcos en aquella época iban atestados de personas, entre los soldados, los remeros, los marinos y el pasaje, por lo que el número de muertos fue muy alto, pues la mayoría de las personas eran arrastradas por la corriente, otras empujadas y golpeadas contra las rocas, y otras aplastadas y atrapadas por los maderos de los barcos rotos.
Un gran número de galeotes se salvaron, ya que al ver la situación, se había dado la orden de soltar las cadenas durante la tormenta. Además por el ejercicio físico con los remos, apenas llevaban ropa, con lo que tenían libertad de movimientos para flotar y nadar hasta la playa, al contrario que los militares, que vestían petos y armaduras pesadas que los arrastraban al fondo del agua. Así que la mayoría de los supervivientes eran chusma, que era la palabra genovesa con que se denominaba a los remeros, pero con el tiempo, los condenados cumplían su pena remando en las galeras, por lo que el término chusma acabó denominando a los galeotes). Así que, muchos de ellos escaparon, por lo que luego hubo que montar un dispositivo militar para capturarles, pues recordemos que eran presos condenados a remar en galeras reales.

Los vecinos de Almuñécar y La Herradura ayudaron a los más de 2.000 supervivientes de la tragedia, y enterraron los miles de cuerpos que el mar fue arrojando durante los días, semanas y meses siguientes.

El mar quedó cubierto de maderos, provenientes de los barcos destrozados, llegaron tantos a la orilla, que se pudo construir una ermita con ellos, la ermita de la Antigua en Almuñécar.

Un soldado del tercio de Flandes que sobrevivió al naufragio, Fernando Moyano, escribió un poema sobre el suceso, que fue publicado en 1893, por el capitán de navío Cesáreo Fernández Duro, en una obra que recoge toda la historia de la armada española desde los tiempos de los Reyes Católicos.

Este suceso también aparece mencionado en el capítulo XXI de la segunda parte del Quijote, donde se habla “de la hija de un caballero que se ahogó en La Herradura”, recordemos que Miguel de Cervantes, 10 años después del naufragio de la Herradura, lucho en la armada española en la batalla de Lepanto, y muy posiblemente le llegase este relato a través del testimonio de galeotes, soldados y marinos supervivientes.

Un testigo que iba embarcado en una de las naves que se salvó, Martín de Figueroa, (Colección de los Jesuitas, CXV-275 de la Real Academia de la Historia), contó lo sucedido con tanto detalle, que se ha podido realizar el estudio meteorológico de aquél temporal, un ciclón que afectó también en el interior de Granada, en la zona del Marquesado, donde un morisco informa de que el viento arrancó casi todos los morales y castaños del Zenete, que constituían un recurso económico de primer orden para la comarca de Guadix. El estudio meteorológico fue publicado por José María Sánchez y María del Carmen Sánchez en 2013.

Sin embargo no deja de resultar extraño que, pese a la magnitud de la tragedia, el naufragio apenas fuese mencionado, cuando supuso la muerte de muchos oficiales que pertenecían a las familias más importantes de la época. De hecho, el mando de capitán general de galeras lo desempeñaba Juan de Mendoza Carrillo, y los Mendoza eran un linaje de enorme influencia, hasta el punto de que en esta familia había recaído siempre el título de capitán general del reino de Granada.

Para entender esto, tenemos que pensar en la política que llevó a cabo el rey Felipe II, apodado “el prudente”, para evitar información al enemigo, en un momento en que la supremacía política y económica del imperio español, la convirtieron en la potencia mundial del momento. Todos los estados europeos espiaban, ocultaban y manipulaban la información como algo corriente e institucionalizado en la vida política. Los espías y los escritos secretos han existido siempre, pero con Felipe II, el espionaje se convirtió en una práctica sofisticada y compleja. Al parecer, se utilizaba la tinta invisible y la escritura microscópica. Se destinó mucho dinero para crear una red de espionaje, la más compleja y mejor organizada de la época, y hubo grandes expertos en el arte de la criptografía, es decir, de realizar escritos cifrados para que nadie los entendiese. Estos inteligentes espías tuvieron su puesto oficial en el gobierno, en el cargo de Secretario de la Cifra, con áreas dónde se encargaban de descifrar los escritos secretos. Algunos ejemplos de estos manuscritos se encuentran en la Biblioteca Nacional de Madrid.

La diplomacia de la época era espionaje puro y duro, y Felipe II tenía agentes secretos en todas partes, creando redes de espionaje en los que se incluían actrices, músicos y hasta a los bufones, para tener un sistema de escucha. En aquella época los servicios secretos españoles tenían fama de ser una maquinaria casi perfecta. Disponían de una organización muy compleja. En la cúspide se situaban los secretarios de Estado, el más conocido fue Antonio Pérez, del que se dice que utilizó la venta de información secreta para enriquecerse. Incluso se especula con la idea de que Miguel de Cervantes, formó parte del sistema de espionaje, al igual que muchos militares y embajadores de la época.

Felipe II se comunicaba casi diariamente con sus embajadores, virreyes y oficiales repartidos por todo el imperio español, mediante un sistema de mensajeros, que se movían con mucha agilidad por cualquier parte del imperio.
El comercio con América estaba controlado por ley, y sólo podía comerciarse con un puerto español, conocido como Puerto de Indias; primero fue el de Sevilla, y con posterioridad, se trasladó al puerto de Cádiz, por eso, otros países con intereses económicos en las indias, trataban de romper el monopolio del país más rico de Europa. Las guerras en Flandes fueron financiadas con este dinero, si se cortaba este flujo, se pondrían fin al dominio español en el norte de Europa.

Por otra parte estaba el norte de África por cuyo control se entra en conflicto con los turcos otomanos, ya que era muy importante para la defensa de la península ibérica y porque su dominio suponía la hegemonía en todo el Mediterráneo. Por eso se silenció este naufragio, para que no llegase a oídos del enemigo que la mitad de la armada española del Mediterráneo se había quedado en el fondo de la bahía de La Herradura.

Las 25 naves hundidas conforman un extraordinario yacimiento arqueológico subacuático del siglo XVI, pero su localización constituye un gran enigma, porque apenas ha dejado restos visibles. Fue un acontecimiento muy importante y merece ser tratado desde diferentes puntos de vista. En este sentido, la arqueología aún tiene mucho que aportar, como por ejemplo, saber el punto que sirvió de enterramiento. El primer enterramiento se hizo en zona de playa y cuando había pasado un año de la tragedia, una tormenta desenterró cadáveres. Tampoco se conoce el punto dónde se sitúa en el fondo de la bahía los restos de los barcos hundidos. Esperemos que todos estos misterios se puedan ir resolviendo poco a poco y que algún día La Herradura pueda ofrecer a los visitantes ese enorme yacimiento arqueológico sumergido en su bahía.