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Los ausentes / Tomás Hernández

04 de diciembre del 2018

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Los ausentes / Tomás Hernández

    “¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes?” se preguntaba jocosamente Jardiel Poncela en el título de una de sus novelas. ¿Hay cuatrocientos mil terratenientes furiosos detrás de VOX en Andalucía? Esa sería una de las preguntas de esta mañana del 3 de diciembre, pero hay otra pregunta anterior y esencial: ¿Qué fue de los ausentes? ¿Qué sucede con los millones de personas que elección tras elección, y va en aumento, no votan? De diez votantes, seis se suelen quedar en sus casas, o salen a la calle o al campo, o aprovechan el día de votación en lo que quieren y les apetece, que no es acercarse a dejar su voto en la urna. ¿Por qué? Esa ausencia es un fracaso de la democracia.

    VOX ha conseguido doce escaños con total legitimidad democrática y casi medio millón de votos. VOX ha hablado en sus mítines con un lenguaje contundente y brutal y, al parecer, con eficacia. También ha reducido su programa ideológico a cuatro o cinco asuntos y ha insistido sobre ellos con una tenacidad goebbelsiana. Uno de esos motivos, quizá el esencial, son los inmigrantes. Se desvía el origen de la causa de la pobreza hacia los que son más pobres que los pobres y vienen aquí a arrebatarles los poco que les queda, una sanidad que fue ejemplar antes de los recortes, subsidios de miseria y un trabajo empobrecido. Hace pocos días oí a una mujer en la espera de la antesala de una consulta, decir que si fuéramos moros o negros ya nos habrían atendido o su marido ya estaría operado. Así lo dijo, con esta impiedad; y no era una mujer brutal ni fuera de lo común, pero el “huevo de la serpiente” empezaba a inocularse.

    VOX ha dejado la ambigüedad del lenguaje político y pensando que poco tenía que perder, uno o dos escaños, ha dicho que las autonomías son una ruina económica y unas rompe patrias y si no, ahí está Cataluña, como todo el mundo puede ver. VOX ha dicho sin sonrojarse que la ley de memoria histórica es sólo el ansia de revancha de unos resentidos que perdieron la guerra y ahora nos niegan el derecho al olvido. Todos tuvimos víctimas, dicen. Cuando al buscador de nazis Simón Wiesenthal le preguntaban si su tenacidad no era venganza y si no era bueno y recomendable olvidar el pasado, él contestaba que sólo pretendía devolver la dignidad a la que tenían derecho los ajusticiados. La dignidad de los clandestinamente soterrados es lo que reivindica la ley de memoria histórica. No otra cosa. Y el cuarto punto cardinal de VOX se asienta en el más rancio machismo y el desprecio de un “feminismo enloquecido” (sic) cuya más repugnante consolidación es la ley contra la violencia de género. Una ley, dice VOX, y así lo acabo de oír ahora mismo, que lleva a la mitad de la población, los varones denunciados, a un estado de indefensión y desigualdad.

    Esas han sido, creo, algunas de las circunstancias de estas elecciones. Y el lenguaje. Lo que antes era insinuación tendenciosa, ahora se ha convertido en orgullosa proclama y fascismo rampante.

Tomás Hernández.