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CrónicasTrans Dolor y Gloria y algo más

31 de marzo del 2019

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CrónicasTrans Dolor y Gloria y algo más

Pese a lo que diga Boyero en su crítica de El País, el último Almodóvar tiene mucho de Dolor y una Gloria maquillada al final de la cinta; un final que explica ese suplicio que es para un autor la obra donde se ha expuesto al desnudo total y de la que se quiere distanciar sabiendo en ese guiño que lo dicho está ahí: una sutileza admirable para decir que no, pero que sí. Y esto no es spoiler porque hay que verlo para creer que ahí está el dolor y la gloria del film, la última lágrima que ya echaras en la calle a la brisa de la noche o al tiempo interior que corre o sí.
Dolor y Gloria no es Almodóvar, lo es absolutamente en su intimidad, en su enfermedad, en su alta sentimentalidad, en arte, en ese síndrome de Stendhal que sufre el niño ante la carnalidad del albañil ( escena absolutamente sensual, magistralmente resuelta y que perturba en su recuerdo a quienes supieron de eso con una Mina en sordina cantando Come sinfonia), en su timidez y en esa madre de Oscar y todos los premios que se le puedan dar a Julieta Serrano en su interpretación.
La película duele, y a mi entender en ese dolor se fragua la gloria de la misma en escenas de encuentros y despedidas, de recuerdos como el de los pececillos jaboneros en el momento sublime de las lavanderas en el rio, en los silencios ( que son el dialogo ausente que se percibe en miradas, gestos, pena mucha pena) entre madre anciana y del hijo este que debiera haber sido de otra manera pero... ay!!! qué fue como fue, pero asunto que entre ellos nunca se habló.
Pero también está España, esa olvidada, esa que dicen ahora vacía y que fue de dolor y conformismo y pobreza, mucha pobreza en la frase de Penélope Cruz donde le explica al niño el por qué tiene que llevarlo al seminario. Está esa España rural de las visitadoras con su auxilio espiritual de hipócritas redomadas. Están esas mujeres rurales que picardean con chascarrillos la colada en el rio y que cantan A tu vera poniéndole gloria al momento de los pececillos jaboneros o de toma un palo y juega. Qué lejos de estos artilugios que sirven la imaginación a los niños (y a los mayores) sin necesidad de búsqueda de interior y exteriores, hurtados de las vivencias de aquellos niños noveleros. Y está la España de los ochenta, aunque venga marcada por sus excesos en personajes que vivieron el vivir a tope hasta que ..., pero que vivieron un tiempo creativo y de libertad hasta que alguien leyó aquello de que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde...
En Dolor y Gloria la firma estética almodovariana con sus rasgos pop se difumina en diseños interiores menos contundentes, poco lineales y escaso cromatismo y domina un ambiente de penumbras y sordinas como la banda sonora que con la ya mencionada Mina se acompaña de rafagas de Chavela Vargas, Graces Jone, Alaska y Dinarama y el ya clásico Alberto Iglesias.
En las interpretaciones, aparte Julieta, brilla Asier en su compendio de chicos Almodovar y se salva Banderas por suponer no hizo caso al director y poder poner la impronta de lo que sabía era autobiográfico del propio director.
En definitiva, una obra que cumple con el imprescindible reto de toda creación, remover al espectador en asiento y cabeza. Los recuerdos con sus dolores y glorias es cosa de cada cual. Personalmente, tras la película, llevo unas horas de insomnio recordando de cuando supe sentir que lo sentí y como lo sentí. Seguro que en alguna calle de aquel verano en sordina se escuchaba Sogno... Sogno... e tu sei con me chiudo gli occhi e in cielo splende già una luce. Ah... Io sogno... Entretanto el olor a orín de los cines de verano, a jazmín, a salitre del cercano mar viene una y otra vez a mi cabeza.
Gracias Almodovar, sabemos que es una película.  





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