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¿Percibimos nuestro estado actual como auténtico? / Bruno Wolf

03 de julio del 2019

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¿Percibimos nuestro estado actual como auténtico? / Bruno Wolf


Cuando observamos una fotografía antigua de un lugar con el que guardamos relación nos estamos poniendo delante un espejo, contraponemos nuestras concepciones con otras del mismo lugar separado por un espacio de tiempo. Valoramos tanto lo que estamos viendo como lo que ya conocíamos, es decir, estamos alterando nuestra concepción de un lugar particular.

Esta nueva perspectiva nos permite dar sentido a muchos aspectos que anteriormente no habríamos sido capaces de señalar. En esa contraposición resulta especialmente fácil distinguir los espacios y todos los elementos que los componen, podremos entender la manera en la que se han generado, y finalmente valorarlos.

Pero volvamos a esas fotos antiguas. Las más queridas suelen ser de escenas urbanas que parecen haber sido compuestas cuidadosamente como un cuadro, perfectamente acotadas, donde nada parece superfluo y cada elemento ocupa su lugar preciso. 

Si solo nos dejamos llevar por las formas aparentes acabaremos rápidamente en la noción romántica de lo pintoresco, ampliando las miras la concepción de auténtico parece más adecuada.

¿Pero qué tiene que cumplir algo para que nos atrevamos a designarlo como autentico? Podríamos decir que lo auténtico es lo verdadero, pero lo verdadero no conlleva necesariamente lo auténtico, además de que hay cosas que no son verdaderas, pero si auténticas. Decir que autentico es aquello de lo cual tenemos certeza de su autor es una concepción demasiado limitada. También nos quedaríamos cortos si afirmáramos que autentico es aquello que es lo que dice ser. Debe de ser autentico aquello que obra por su propia autoridad, aquello que responde ante sí mismo, de primer orden. Algo autentico tendrá entonces que responder a su propia razón de ser.

Cuando vemos esas fotos, vemos solo una instantánea en el tiempo de ese lugar, un estado finalizado de un proceso ,la concepción de lo pintoresco nos puede hacer pensar de que tal lugar sale de la mente de un creador que ha moldeado la realidad conforme a un ideal, pero la realidad es que lo que vemos es la suma de un proceso reiterativo de continuo ajuste que va aproximando una solución al problema  mucho más rica y precisa que cualquiera que se podría haber planteado en un principio.

Esta arquitectura no es una arquitectura formal, no hay proyecto, no existe un principio y final ni un autor que la suscriba. Mas bien es la suma a lo largo del tiempo de actuaciones que responden de manera eficiente a los desafíos que se plantean a sus habitantes. Esta reiteración se caracteriza por el ensayo y error, donde se reconoce el entorno y cada actuación que es concebida para solucionar un problema concreto, posteriormente será valorada y las que no funcionan serán desechadas. De esta manera se va avanzando en pos de una solución eficaz lo más cercana al potencial máximo que permite el contexto. El resultado son soluciones que responden plenamente a su razón de ser, es decir auténticas.

La autenticidad parece ser algo inevitable ¿Pero entonces, percibimos nuestro estado actual como auténtico?

Antiguamente la falta de medios no permitía la falta de rigor, las posibles soluciones a un problema eran limitadas y tomar opciones que no fueran eficientes simplemente no era viable, después de todo eran los propios beneficiaros los que encargados de tomar y ejecutar las decisiones. Si se hacía algo, se hacía porque era necesario y se aplicaba el mejor criterio disponible fundamentado en la experiencia anterior.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, la introducción de la energía barata, el acceso al mercado industrial global y la economía financiera aumentó exponencialmente las posibles soluciones.  Si antes había dos o tres formas de construir una casa, hoy en día no hay límites. Cuando antes se abría una calle se hacía por la imperante necesidad de dar acceso a un lugar, ahora se hace suponiendo que en un futuro será necesaria. Si antes se adquirían los bienes con el fruto del trabajo ahora se hace en base a beneficios futuros supuestos. 

En un estado de tal excitación las ineficiencias se multiplican. Las soluciones antiguas ya no sirven, la identidad colectiva deja de ser válida y hay que crear un nuevo criterio.

La pregunta de si es o no autentico nuestro estado actual, y por qué, le corresponde a cada ciudadano. Además, es imprescindible, conforme a lo aquí expuesto, que los ciudadanos tomen conciencia de su papel dentro del proceso de creación diferencial aquí expuesto.