domingo, 20 de octubre de 2019     Síganos en:      

Costa Digital

Punto y seguido / Tomás Hernández

09 de julio del 2019

Imprimir Noticia | Hay 3 comentarios a esta noticia

Punto y seguido / Tomás Hernández




    Desde hace un tiempo, demasiado ya, abundan las referencias, sin ton ni son, sobre los nazis y el nazismo. El nazismo fue un régimen impensable, un terror de tal magnitud que ni siquiera hoy podemos interpretar ni comprender. El nazismo fue el escalón más bajo al que, hasta ahora, ha descendido la humanidad.

    La última banalidad sobre el nazismo es de tono menor, pero igualmente innecesaria, además de errónea. Afirma un diputado, el señor Carrillo, que “la mayoría de los jerarcas nazis eran homosexuales”. El autor del tuit parece haber oído campanas, pero muy de lejos. Visconti en “La caída de los dioses”, película de culto sobre el nazismo, expone las oscuras imbricaciones entre poder, sexo, política, en una situación extrema de un régimen extremo que agoniza.

    Sin embargo, sobre la homosexualidad en el nazismo se ha escrito mucho. Desde Hitler y su extraña relación con las mujeres. Su sobrina Geli Raubal que se suicidó de la misma manera que la mujer de Stalin, clavándose un pequeño revólver en el corazón. En un mal libro que leí del que no recuerdo título ni autor, se insinuaba, incluso, la ambigua relación de Hitler con su ministro favorito, el refinado Albert Speer.

    La mayoría de los jerarcas nazis, como él los llama, no eran homosexuales y si así fuera, no creo que su preferencia sexual tuviera influencia alguna en su maldad. Lo que sí llama la atención de los gobiernos de Hitler era su juventud; por eso suena un poco extraña la palabra jerarca aplicada, siempre, no sé por qué, a los dirigentes nazis. Jerarca nos trae la imagen de un viejo rey sentado en un trono. Un día, en esos entretenimientos de jubilado, calculé la media de edad del gobierno nazi, y era de unos treinta y tantos años. Me sorprendió por la percepción que tenemos   en las películas. El rechoncho Himmler tenía cuarenta y cinco años cuando se suicidó y llevaba veinte en el partido. Goebbels sólo era tres años mayor. Eran jóvenes, pero no homosexuales.

    En los regímenes totalitarios el partido es una nueva trama, sutil y poderosa, que hace de la camaradería una relación de lealtad y entrega, superior a los vínculos familiares, sociales y religiosos. Esa fraternidad emocional con el camarada, siempre del mismo sexo, mujeres y hombres  estrictamente separados, alimentó el mito de la homolfilia, que así se llamaba entonces, en las organizaciones nazis. Las famosas SS, por ejemplo. La estética nazi, los uniformes diseñados por Hugo Boss, los gestos, los saludos, no es nada ambigua, quizá excesiva, demasiado articulada, poco humana. Para muchos seguirá siendo una teatralización, estética, del mal.

    Concluye su tuit el señor Carrillo con un rotundo “Punto y coma”. Ese punto y coma escrito como quien dice “y esto es lo que hay” es excesivo; mejor punto y seguido.


Tomás Hernández