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La Historia demediada / José María Sánchez Romera

23 de diciembre del 2019

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La Historia demediada / José María Sánchez Romera

Parece que se ha convertido en asunto de necesidad catártica por parte de algunos asomarse a nuestro pasado histórico desde un punto de vista no ya crítico sino que diríase repartido entre lo masoquista, lo cínico y lo sectario. Como necesaria constatación inicial debemos señalar que el pasado, verdad de Perogrullo, no existe (al igual que el futuro). Por consiguiente la recreación histórica, incluso la ucronía, como ejercicio de análisis y hasta de entretenimiento puede servir como tema de estudio y también como experiencia, pero no puede determinar que consideremos un problema algo que sólo vive ya en los libros o en la imaginación (que es un trasunto de la memoria histórica). Sólo los enajenados mentales pueden ver lo que no existe, de la misma forma que sólo  desde el impulso totalitario se puede imponer una visión de la historia.

    España es una de las naciones más antiguas de Europa, si no la que más, dependiendo también de quien opine, sobre todo algunos historiadores que lejos que delimitar el ámbito cultural y político de lo que se puede considerar España a lo largo del tiempose desvían hacia construcciones jurídicas tales como el estado, el estado-nación o los parlamentos como precedentes necesarios de la epifanía nacional. En definitiva que lo jurídico precede al hecho nacional, o que, contradiciendo a Sartre, la esencia precede a la existencia, como si no fueran reales las cosas que no se reflejan en documentos, se refrendan en reuniones de personas más o menos representativas (parlamento) o se articulan en un texto normativo (constitución). Pero para no perdernos en teorías de ocasión, con más intenciones ideológicas que históricas, convengamos que España es una realidad histórica, cambiante si que quiere, como todo, pero indiscutible. Algunos dicen que la España del 78 no es la del 74 porque entonces el Sáhara Occidental era tan español como Albacete. Pero eso es confundir la esencia, ahora sí, con los  contornos geográficos. Los EE.UU. de la Independencia no eran ni de lejos lo que son ahora, ni Francia ha sido siempre el mismo territorio, ni Gran Bretaña, ni Rusia, ni China. La identidad nacional no tiene que corresponderse con una geografía inalterada, ni toda geografía estable tiene por qué responder a una idea de nación. Definir una nación no es una tarea sencilla, que se lo pregunten a algún candidato, es una noción compleja, pero España no puede dejar de serlo, ni ser acotada en un período más corto de la historia con caracteres que servirían para desmentir la existencia de cualquier nación si se aplican con idéntico rigor. Esto, como muchas más teorías sobre España, es ya, por extensión, parte de nuestra “leyenda negra” (interior en este caso)tan admirablemente refutada por María Elvira Roca Barea en su luminoso, demoledor y documentado libro “Imperiofobia y leyenda negra”. Leyenda negra que tiene un doble sentido, la generada en el exterior y la que se creado por algunos sectores dentro de la propia España.

    Partiendo pues de la evidente existencia de España como realidad histórica genuina, con todos los matices historicistas que se quieran y que podemos asumir a los meros efectos dialécticos, resulta imperativo concluir que en la misma se han tenido que producir episodios de muy distinta valoración y que el juicio sobre los mismos no puede establecerse mediante la simple trasposición de nuestras ideas y valores actuales al momento en que ocurrieron. A nadie se le ocurre enjuiciar las costumbres de los neardentales bajo el sistema de valores occidental y no se ve el motivo de hacer lo propio respecto de nuestros antepasados en la Edad Media o Moderna. ¿Podemos juzgar la pericia de los médicos del siglo XIX con los medios y conocimientos que tienen en el siglo XXI?. Sin embargo el entusiasmo que la “leyenda negra” ha suscitado siempre en determinados círculos intelectuales y políticos españoles, ha situado nuestro debate histórico en la crítica del pasado con parámetros del presente y en el repudio de una historia que nos enseña sin controversia admisible que España fue un enorme imperio que duró varios siglos. Pero existe ahí además una trampa tan burda como contradictoria. ¿Cómo podemos juzgar negativamente el pasado español si los mismos que sostienen la idea de un decurso nefasto niegan o, como mínimo, discuten la nación española como tal en otros tiempos?. Pues se puede hacer porque ciertas miserias intelectuales paridas casi siempre por el oportunismo se aceptan por conveniencia y se aplauden con mayor entusiasmo aún si tienen rango universitario, porque las dignidades académicas dan pátina a tales estupideces.

    Pues bien, como derivación (excretada) de lo anterior, se viene postulando desde instancias políticas el decidir cómo debe interpretarse lo que fue el pasado y, con especial empeño, ir más allá de lo historiográfico para legislar sobre episodios desgraciados (no sabemos si evitables) como el caso de nuestra Guerra Civil. Hay que decir que no son inocentes las intenciones que hay detrás de tales excesos normativos porque buscan deslegitimar ideas presentes asociándolas con sesgo interesado a aquel pretérito tan criminalmente imperfecto a veces. Para dejar en evidencia ese totalitario propósito, debe bastar con acudir a lo más elemental de la semántica, a lo objetivo del significado de las palabras. Y así, guerra civil es la que se produce entre dos o más bandos de una misma nación (si no hay una sola nación no es pues guerra civil y por ello esta definición está aceptada por todos nos llevaría al punto inicial de la controversia). Partiendo pues de esa definición es forzoso admitir que la misma supone la existencia de un acometimiento mutuo en el que se producen bajas en ambos bandos contendientes que suelen ir acompañadas de tropelías que se ceban con los más débiles e indefensos. Por tanto proponer una versión de la historia al estilo de los viejos guiones de Hollywood, con el bien y el mal absolutos en conflicto, va más allá de lo que sería una pueril pretensión para convertirse en algo intelectualmente abyecto. Toda guerra es un fracaso y sus consecuencias nefastas, las guerras civiles, además de aniquilar las vidas de las personas, desgarran los naturales afectos humanos en beneficio de los peores instintos. Los españoles no somos peores que otros y sí quizás algo mejores que muchos (no estaría mal decirlo alguna vez). La Revolución Francesa por ejemplo, cuya trascendencia histórica fue tal que marcó el inicio de la Edad Contemporánea, estuvo sostenida en sus primeros años por la guillotina, llegando al paroxismobajo el  régimen del terror implantado por Robespierre, segando miles de cabezas inocentes. De hecho esa  fase revolucionaria fue mucho más cruel y sangrienta que el propio “Ancien Régime” al que había derribado. Si los franceses hicieran una ley, sobre aquello, ¿de parte de quién pondrían a la historia, de la verdad o del oportunismo ideológico?. Por supuesto, nunca se han metido en semejante lío. Las revoluciones parecen querer purificar el pasado mediante el crimen,  naturalmente siempre en nombre del pueblo y de la libertad (¡).

    La historia no puede ser una fotografía de plano medio, donde se oculten una parte de los hechos que acontecieron de forma simultánea a lo que se narra. La historia no debe ser una disciplina sometida a criterios epistemológicos que suplanten de forma grosera el juicio lógico que se deriva de la objetividad de los hechos. La historia como ciencia que estudia el pasado es lo contrario a la reconstrucción de los conflictos humanos pasados por el tamiz ideológico. Las bases científicas del estudio de la historia no pueden verse suplantadas por marcos teóricos preconcebidos que alteren la realidad. Una historia “preconstruida” por ideas ajenas al propio hecho histórico, no puede considerarse como tal. Todo ello sería una historia demediada y falsaria que parece haber hecho fortuna en foros políticos y, lo que es peor, académicos, en nuestros días.


José María Sánchez Romera