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De amaneceres y lexatines / Cesarión Stuart

28 de diciembre del 2019

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De amaneceres y lexatines / Cesarión Stuart

Antes, cuando la loca juventud, veíamos el amanecer bajo el efluvio de alcoholes varios, cuerpos y mucho tabaco. La noche y su farra traspasaba a la madrugada y se hacía día maquillando la mirada con cristales ahumados para seguir viendo lo oscuro en los vasos borrosos de hielo y whisky. Hoy los alboreares  los vemos y los retratamos por un ponerlo en instagram con su correspondiente #, porque ya pasaron los días de vino y rosas y gracias a que Gil de Biedma, el cuerpo y la propia vida nos ha confirmado que esta última iba en serio. Y por ello nos levantamos al canto del gallo. Aunque no son de ese parecer políticos varios instalados en el bucle de la margarita, pero sin ésta última que es un pueblo margarito deshojado y esquizoide de tanto consultarle, para que luego el político accidental haga lo que le salga de su natural ciclán. Lo político como metáfora de aquello de la gata de doña Flora y el disconfort.

Al presente, queremos ver la celestía retratada de estética rosicler; todo lo que tocamos es  estética del recuerdo para no pensar que el idílico velo de la Aurora, que todo lo limpia aventando el averno de la noche, nos trae a Homero y su cuerda de locos sanguinarios y no a Graves y su mitología de dioses y diosas exquisita y fríamente british como sólo un inglés autoexiliado en Mallorca veía el Mediterráneo y a sus catalinetas andarinas y payesas: pero la cruda realidad, que nos menta el callejerío humano al que no llega los monises a mediados de mes, nos trae a Ana Rosa Quintana que propone tila para el desayuno y parece aconsejar que quejarse puede parecer indigno y moralmente recusable: somos ascetas de santidades varias. Y así, de san Esteban a Navidades que decía Serrat, vamos recorriendo la agenda a la busca del mañana sale, mayormente en la lotería que no en la Moncloa.

A aquellos nocturnos callejones  del amor oscuro, sucede la impresión actualísima de que  sabemos que los grandes infiernos están en el día que son las corruptelas varias, los políticos pasados de líquido plasma, el fake en las redes y un mapa patrio que se ha vuelto esquizofrénico de tanto cambio de fronteras y paisitos a granel. En aquellas noches había intercambios de cuerpos que han dado mucha literatura buena y mala, pero en lo de que te digan paisano de entre fronteras en modo apátrida o desahuciado de los límites geográficos del propio terruño que es como echarte de las paredes de tu casa como un perro es muy fuerte. En esto de los desahucios , a excepción de un Alberti que hace un poema de estética más que otra cosa, sólo se ha escrito aquí una lírica de ripio como El Embargo de José María Gabriel y Galán que a los actores campanudos siempre ha dado mucho juego al decir el melodrama del asunto. Nombro aquí a Dicenta padre, Mejuto o Guillermo Marín que eran actores venidos de antes de la guerra civil, casi llegaron a la transición, y que hacían todo sacralizado a lo Calderón. Ahora este diurno mosaico de los juegos y danzas político lo escribe Ana Rosa Quintana que nos cuenta en sus mañanas los lexatines que debemos tomar con la tartera del día según el paisito al que pertenezcamos esa mañana y si republicano o monarquico.

Pero el amanecer de hoy, no los de antes que de ellos ya nos desahució la arruga no es bella ni noble ni sagrada, son fotografías que va tomando uno creyéndose un Storaro del cine o un Testino de la moda: un adornar el madrugón de insomnio con laureles ajenos y algo pompier. Pero las fotos, las auténticas del crepúsculo, aquellas de vino y rosa, cristales reflectantes y miradas borrosas son neorrealismo que quisiéramos haber hecho como un García-Alix pero retratando a un rumano y a un portugués como puttis del renacimiento en el friso de las muchachas en flor de Proust a modo guirnalda de bolero triste y sucio. 

Lo de hoy, ya digo, es maquillar el presente con fotografías de paisajes bonitos tiene Mallorca como haría cualquier birrocha del Gran Bilbao mientras escucha una canción de Luis Mariano, traducida al vasco, móvil en mano corriendo por los paseos de Oropesa del Mar, Almuñécar o Benidorm.