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La Contraverdad / José María Sánchez Romera

05 de febrero del 2020

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La Contraverdad / José María Sánchez Romera

Si no hubiera tenido lugar la Segunda Guerra Mundial Sir Winston Spencer Churchill habría pasado a la historia como el mayor agorero de todos los tiempos. Su historia habría sido la de un político paranoico que creía ver en la deriva hitleriana unos tambores de guerra que sólo su mente de belicista elucubraba buscando el rearme británico por exageración del peligro que representaba el III Reich. No era eso y el tiempo además le dio la razón, entre otras cosas porque manejaba información secreta que le proporcionaban funcionarios de la inteligencia y del Foreing Office británicos. Su alarma estaba justificaba porque disponía de datos objetivos que el Gobierno ocultaba a la nación.  Pero los primeros ministros Baldwin y Chamberlain consideraban que el país no estaba dispuesto a aceptar un rearme que sería preludio de un nuevo conflicto bélico que los llevaría a una segura derrota electoral y prefirieron ocultar lo que su propio espionaje les revelaba. Años después tras la invasión alemana de Polonia (casi simultánea a la soviética, algo que casi nunca se dice), Churchill fue llamado de nuevo al Gobierno para hacerse cargo de la Armada como Primer Lord del Almirantazgo, del que había salido de mala manera en la Primera Guerra Mundial tras el desastre de los Dardanelos. La noticia del retorno de Churchill a la Marina se difundió a través de un cable, muy inglés, a las unidades navales: “Winston ha vuelto”. Ocho meses más tarde era Primer Ministro porque era el único que podía liderar el Imperio Británico. Todos los demás políticos habían ocultado o ayudado a ocultar la verdad.

    Los mal llamados pesimistas cumplen una función social impagable en la medida que sitúan a los ciudadanos frente a realidades incómodas para el poder que éste desea hurtar al conocimiento de aquéllos. Quien detenta el mando tiende de forma casi instintiva a autoprotegerse y a buscar su supervivencia. En España vivimos desde hace tiempo en una situación de optimismo impostado (la España coloreada más que la España en color), cuando no con el designio de ser firmes en la vacilación, sólidos en la fluidez y con la determinación inquebrantable de dejarse llevar por las circunstancias con el objetivo de una estancia muelle en el gobierno conforme a los cánones hedonistas al uso. Consecuencia de tal filosofía en la dirección de los asuntos públicos de España, en los últimos años ha estallado con toda su crudeza todo cuanto se estaba larvando por la ruptura del principio de solidaridad interterritorial. La solidaridad es una idea que en estos tiempos se asocia interesadamente con la tutela de determinados colectivos como si en su concepción nacional fuera egoísmo o no tuviera nada que ver con las personas ni abarcara a todas ellas. De donde ya de paso vemos que las palabras tienen distintos significados dependiendo de la idea a la que se asocien o de la conveniencia política del momento.

    España se ha convertido en una zona eruptiva, los abscesos aldeanos y de campanario se han ido llenando hasta estallar uno a uno (y los que vendrán a este paso). España tenía dos supuestos problemas territoriales que por arreglarlos han devenido en muchos más. Hemos  querido vestir dos santos para acabar desvistiéndolos a todos. La España vacía, ahora vaciada (cambio terminológico que busca un culpable), el resucitado Reino de León, la Asturias del bable, las Baleares catalanas, la Galicia celta del rey Breogán y el Teruel que ya veremos si existe o no. A la vez todos los territorios autonómicos reclaman justicia, que es la manera vergonzante de pedir más dinero. Ya no hay un proyecto nacional, cada cual quiere llenar por su cuenta la faltriquera con la que satisfacer las demandas asistenciales de los distintos colectivos de cada territorio que son los que decantan los votos cada cuatro años. Una orquesta con muchos instrumentos en la que no hay batuta.

    Pero no cabe duda que a día de hoy la clave de bóveda de cuanto vendrá después está en la partida que se juega en Cataluña y del resultado del órdago lanzado por el separatismo depende el destino nacional. Por el momento España lleva las cartas de perder en la medida que su estabilidad gubernamental se ha hecho depender del partido más anti español y rupturista de nuestra historia. Cada vez que el Gobierno ha pretendido aflojar el dogal con que lo sujeta una organización con la mitad de sus dirigentes en la cárcel o fugados de la justicia, la amenaza de poner fin a la legislatura, recuerda al ejecutivo su congénita impotencia. Ni siquiera  la obsequiosidad de algún nombramiento, que es de lo peor que se recuerda desde que Calígula hizo cónsul a su caballo, ha constituido lenitivo alguno para mitigar las exigencias de tan intransigentes cofrades.

    Así las cosas, todo cuanto se salde con un diálogo consistente en debilitar los espacios que permiten todavía sostener que Cataluña es España, será retirar al moribundo la respiración asistida que lo mantiene vivo. Cualquier sustitución del pacto actual por evanescentes conceptos jurídicos que afirmen lo que en realidad van a negar será el fin y de ahí vendrá una sucesión de episodios de   exaltación territorial que convertirán a los Balcanes en nuestro espejo perfecto.

    Lo que resulta más difícil de entender es cómo, asumiendo el punto de partida de los actores de este absurdo juego de suma cero, pueda pensarse que algo vaya a salir bien. Cuando nos instaláramos en un optimismo casi adolescente sobre la buena fe del separatismo y del Gobierno, encajar lo que se dice desde éste, que no habrá autodeterminación y que si se vota algo será porque hay un acuerdo, con lo que plantea el separatismo como inicio y fondo de sus pretensiones, es decir, que volverán repetir el referendúm para la secesión, con la ley o contra ella, y que ésa propuesta y no otra es la que van a admitir como punto de confluencia, llegar a pacto es puro desiderátum y si es que se llega no hace falta decir quien va a ser el perdedor. Y todo ello precedido, faltaría más, de amnistías a los condenados y arrepentimientos varios por parte del Gobierno de la Nación en nombre de todos los españoles, porque el separatismo no tiene ninguna conducta que reconsiderar, convertidos por sí mismos en detentadores del poder de auto absolverse y no reconociendo más autoridad que la que de ellos mismos emana. Igual que Napoleón se coronó a sí mismo, el secesionismo catalán ha entronizado su delirio.

    En definitiva, que se va a discutir sobre la suscripción de un contrato en el que una de las partes quiere comprar lo que la otra no quiere vender (al gusto del lector dejo elegir quién compra y quién vende). Semejante imposible metafísico es la situación objetiva que se nos ofrece de manera cristalina y de la que deberían desprenderse unas conclusiones elementales en cuanto a la predicción del resultado que de ello se va a derivar. ¿Hace falta decir que eso o sale mal o sale peor?. Pues por lo visto habría que pensar que por suicida confianza en la fuerza taumatúrgica del “diálogo” o por la necesidad de ocupación del poder en su faceta más prosaica del disfrute material del mismo, se ignoran unas premisas que anticipan un negro epílogo a la aventura emprendida. Y constatado todo lo anterior como marco teórico, no podemos pensar que, aunque haya en todo ello alguna verdad, la estupidez de los personajes llegue al extremo de no percibir que sus planteamientos son dos líneas paralelas que jamás se cruzarán en ningún punto del recorrido. Por tal motivo sólo cabe pensar que cuanto se nos dice es una impostura, que se ha pactado algo que aún no sabemos lo que es, y que, a falta de las fuentes directas que tenía Churchill, la realidad se  disfraza con un juego de sombras chinescas que deforman lo que hay más allá del telón. La contraverdad es el relato alternativo y falseado, en una parte, de un hecho con ánimo de manipular a la opinión pública. Y aquí se se nos presenta tal cual.

    En la excelente película protagonizada por Paul Newman “Veredicto final”, se establece un diálogo entre el protagonista, un abogado perdedor con problemas de alcoholismo, y otro abogado, amigo devoto que le ayuda en el caso (Jack Warden). Paul Newman le dice a su amigo en esa escena que no habrá otro juicio, “éste es el juicio”, dice, sabiendo que la vida no le va a dar otra oportunidad. Lo que ocurre en Cataluña no es un problema, debemos entenderlo, es “el problema” y después de ése no habrá otro para lo que hoy conocemos como España porque puede haber dejado de serlo.

José María Sánchez Romera.