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Pablo Casado: Yo discrepo / José María Sánchez Romera

17 de mayo del 2020

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Pablo Casado: Yo discrepo / José María Sánchez Romera<br />


    Entramos en la semana decisiva del desenlace sobre el modo y los tiempos que deben poner fin, en principio, a todo este cataclismo del coronavirus. Hay que reconocer que no era fácil para nadie, fuera Gobierno, Oposición, partidos políticos en general y nada digamos para una sociedad inerme ante la enfermedad y muy vulnerable frente a la debacle económica derivada de las medidas que se adoptaron para combatir la pandemia. Todo han sido malos trances para todos y concretamente la Oposición Política nacional se ha visto en el trance de dar su inicial apoyo a un Gobierno que les inspiraba nula confianza, menos en lo concerniente al núcleo esencial del mismo, que también, sino por las compañías políticas de las que se valió para ser investido. En el más difícil todavía se ha encontrado, dentro de la Oposición, el Partido Popular y su líder, Pablo Casado, emparedado entre su responsabilidad como partido de gobierno, sus compañeros de viaje en la oposición y un Presidente escasamente empático cuya fortaleza política se ha cimentado en trazar gruesas líneas divisorias, ya dentro de su partido, ya frente al adversario ideológico.

    Pedro Sánchez, hombre de todo o nada, arrojado por la ventana de la sede de Ferraz un día, retornado por la puerta grande al poco tiempo, se ha granjeado una fama, justa, de personaje poco dado al sentimentalismo cuando de poder se trata y que hace de su conveniencia la razón de Estado. Émulo inconsciente de aquel Luis XIV, el Rey Sol, “L État c est moi”, plantea en clave de necesidad común cuanto tiene que ver con sus intereses, lo que es bueno para él lo convierte en bueno para la Nación, incluso concertarse habitualmente a cencerros tapados con los que quieren disolverla. El planteamiento así hecho tiene toda la lógica: si el bien de Pedro Sánchez siempre es el bien de España, nada más natural que todo lo que hace lleve el marchamo de la necesidad para el interés común de los españoles. No es una construcción intelectualmente brillante, pero en su simpleza tiene la gran utilidad de servir para explicar cualquier cosa, también para justificar una acción y su contraria. Incluso va perfeccionando el sistema mediante su progresivo distanciamiento de las críticas que recibe para delegar ese tipo de batallas en terceros que a trancas y simancas le hacen el trabajo ingrato en esas zonas de debate donde se reparten, y por tanto se reciben también, las bofetadas.

    En ese contexto, a Pablo Casado, un líder joven, aunque con larga experiencia de partido, le ha tocado bregar en el peor de los momentos para España y en el peor de los momentos para su partido. Un centro-derecha dividido y un partido de gobierno apoyado por partidos radicales que encuentran su razón de ser en el antagonismo ideológico llevado a la artificiosidad más extrema, Casado se ha visto empujado hacia el centro teniendo que dejar su derecha desguarnecida porque el PSOE ha buscado su izquierda, por donde se desangraba desde 2.011. Una trama endiablada donde todas las pistas conducen a un mismo culpable: el principal partido de la oposición, que por intransigente o por condescendiente se convierte en el sospechoso perenne. Eso da mucho juego para la literatura y tertulia diarias, aunque después nadie se acuerde, ni quiera hacerlo, de si lo que escribió o dijo tenía realmente sentido o fundamento alguno más allá de lo anecdótico.

    Casado como cualquier líder de partido grande con peso en el Estado, no está sufriendo nada por lo que no hayan pasado los anteriores. Los que estrenan mando son paseados como Lady Godiva en su desnudez iniciática a distancia de ser alcanzados por todos los francotiradores externos e internos que pueblan el cosmos político. A la condición de recién llegado al que todos le miden las fuerzas, como en cualquier faceta de la vida, se une pertenecer al centro-derecha, lo que añade un plus de penitencia por ser reo del nefando crimen de liberalismo. Casado lucha con quienes ven en su mensaje un vino aguado y los que sueñan con la escoba que barrerá el capitalismo, vive en el fuego cruzado de la conveniencia de muchos y la incomprensión de bastantes. Está demostrado que solo el éxito lo redimirá de la vulnerabilidad y de la duda que parece perseguirlo, lo mismo que el resto de sus predecesores.

    En semejante tesitura, Pablo Casado hubo de optar en el Pleno anterior entre votar con el Gobierno, contra el Gobierno o, como hizo, abstenerse. Fue muy criticado por ello, tanto por los que apoyaron prorrogar quince días la alarma como por los que no eran partidarios de hacerlo y aquí me refiero menos al resto partidos políticos que a los distintos medios de comunicación. La facción gubernamental, que no le agradeció nunca un sí que daba por descontado al considerar al Partido Popular rehén de la situación sanitaria, menos le iba a dar reconocimiento alguno por la abstención, de hecho la Sra. Lastra lo pone siempre de manifiesto con una trivialidad expresiva enternecedora. Prácticamente nadie respaldó lo que hizo Pablo Casado y puede que eso sea precisamente lo que demuestre que tenía buenas razones para abstenerse o que, al menos, no tenía mejor alternativa (la política es la mayoría de las veces como el juego de la silla). Partiendo de un hecho irrefutable como es que el centro-derecha está dividido en tres partes y por tanto cada una tiene o puede tener una postura distinta, descartar por incoherente lo que hizo Casado es precisamente lo incoherente. Un plato con tres manzanas en el que ya se han cogido dos no te permite elegir qué manzana quieres puesto que sólo te dejan una. La división del espectro político del centro-derecha no es culpa de Pablo Casado, le ha tocado gestionarlo y si en política lo importante es buscar un espacio de identidad, poco, aparte de la abstención, quedaba para fijar una postura identificable, aun a riesgo de provocar incomprensión. No debería ser tan difícil entenderlo salvo que no interese encontrarle sentido a lo que es obvio. Entre la renuncia a toda concesión y el voto favorable, una abstención crítica cobra todo el sentido salvo que el argumento sea no dejar espacio a matices que en realidad resultan más estéticos que de concepto. Entre otras cosas el mero anuncio, sin concretar en ese momento el sentido del voto, de que el Partido Popular no avalaría una prórroga del estado de alarma hizo al Gobierno ceder en algunas cuestiones que no quería que aparecieran como concesiones hechas a principal partido de oposición, pero que al final tuvo que admitir ante la incertidumbre que se creaba en torno a la continuidad del estado de alarma. Casado lo explicó en su excelente réplica al Presidente del Gobierno pero ese maldito relato que se ha impuesto en la estrategia partidista, esa estafa del marco mental inducido que degrada la espléndida condición de individuo responsable a la identidad rebañega que impone el culto a todo lo colectivo, repele lo pedagógico en beneficio de la pólvora gruesa.

    Resulta bastante curioso constatar que en esta sociedad tan relativista no se aplicó ese principio de irrelevancia general a la trascendencia que para el resultado de la votación tenía esa toma de postura parlamentaria, toda vez que la prórroga iba a salir por la mayoría previamente conformada y que convertía en simbólico lo que votara el resto de la Cámara. Nadie se paró sin embargo a contemplar la reacción del Gobierno ante las palabras del líder de la oposición, que en verdad le supieron a una enmienda de totalidad, ni la necesidad que la postura contraria a votar de nuevo a favor del estado de alarma provocó en la conducta observada hasta entonces por el Gobierno, instalado en la cómoda posición, objeto al final de chistes, de “yo o el caos”. Por tanto en esas circunstancias, fuera del apoyo explícito a continuar el estado de alarma, era mucho menos importante el no o la abstención, que lo esencial de la toma de posición política verbalizada en el estrado de oradores. El mensaje desde el punto de vista político consistía en denunciar la anomalía de continuar con una situación de excepcionalidad constitucional y la existencia de otros medios legales para obtener los mismos fines. Nadie, ni entonces ni ahora, ha podido demostrar que esas propuestas carezcan de fundamento.

José María Sánchez Romera.

P.S.: Por cierto, hay que ver lo rápido que se coge el gusto a ejercer la satrapía.