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Churchill y el tío Joe / Jose María Sánchez Romera

26 de junio del 2020

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Churchill y el tío Joe / Jose María Sánchez Romera<br />

Foto: John Lithgow  como Winston Churchill en ‘The Crown’, serie de Netflix



    A consecuencia de la muerte por brutalidad policial de George Floyd y a salvo de lo que en un juicio, elemento básico en todo estado de derecho, se determine sobre lo ocurrido, se han desatado una serie de acontecimientos admisibles en unos casos, inaceptables en otros. Las manifestaciones de duelo en el caso concreto y las protestas desde un punto de vista general, independientemente de la causa, forman parte del estado de derecho democrático y son el resultado más material de la libertad de expresión. Si se cuestiona este hecho se cuestiona la democracia y eso vale para todos los casos siempre que la manifestación sea pacífica y respete también en su sentido negativo la libertad ajena.

    Lo que no entra dentro de lo tolerable, ni de lo razonable y menos de lo democrático es la violencia, el pillaje practicado a su amparo y todas las derivaciones ilógicas e ideológicas que se han desatado con la cobertura de la muerte del Sr. Floyd, una consecuencia a tenor de lo que ahora mismo se sabe, completamente reprobable y merecedora de condena sin paliativos. No obstante, y dicho lo anterior, es bueno, antes de proseguir asentando hechos, esperar al veredicto de un tribunal en el que puedan practicarse las pruebas que aclaren todo lo ocurrido. La presunción de inocencia en cualquier estado de derecho no admite excepciones y es la forma de que al declararse la existencia de una violación de la ley se pueda afirmar que se trata de una decisión justa (aunque cabe que no sea acertada). Dicha presunción de inocencia abarca por igual a los detenidos por saqueos y violencia cometidos a raíz de esta muerte aunque sus autores hayan sido sorprendidos “in fraganti”. Eso se llama estado de derecho, cuya invocación no puede limitarse sólo para los acusados que defienden determinadas causas.

    Una de las cosas que más llama la atención es que el mero hecho de ser un policía blanco el autor de la muerte de un hombre de raza negra convierta sin más ese hecho en un acto racista. No se sabe si el policía es racista, será una de las cuestiones que probablemente se analice en el juicio, y por tanto no se puede establecer un hecho antes de ser demostrado. Porque al propugnarse una secuencia tan simplista como esa habría que establecer que cualquier episodio violento entre personas de razas distintas obedece a un impulso racista en alguno de sus intervinientes. Claro que para salvar una afirmación tan objetable ya tenemos el marco teórico que todo lo explica: existe una estructura racista contra los afroamericanos. Una brumosa estructura que debía estar en “stand by” cuando Barak Obama llegó a ser elegido Presidente de los EE.UU. Y siguiendo la concatenación de disonancias cognitivas nos encontramos con un ideal de países multiculturales y étnicamente diversos pero cuya resultante natural, los conflictos entre sus distintos componentes, no se acepte y sólo se pueda juzgar como reprobables los actos violentos de una  determinada parte hacia la otra. A partir de ahí es fácil entender que no se pretende movilizar la adhesión a unas ideas por métodos racionales sino en base a una emotividad que esconde las inconsistencias de tal discurso. Es parte de la línea marcada en su día por el pensador marxista Marcuse, promotor del rechazo al «totalitarismo» de las democracias liberales involucrando en la acción política, entre otros, a las víctimas del neocolonialismo y de la discriminación racial como sustituto de la lucha de clases. Es decir, se trata de una estrategia política que pretende unos efectos que van mucho más allá del hecho en sí mismo y de las consecuencias que tendría en cualquier otro caso.


    Hace unos días azacaneaba contra un espeso libro de crítica del capitalismo en el que se atribuyen tantos y tales males que lo sorprendente es que exista aún la humanidad. De las muchas cosas inverosímiles sostenidas por el libelo, con propensión dadaísta, el prólogo era lo más desconcertante. Arrancaba con un episodio ocurrido en las costas italianas durante la Navidad de 1.996 describiendo cómo un grupo de infelices inmigrantes habían sido cambiados de barco a culatazos de fusil por los mismos que los habían llevado hasta allí, es decir, por la banda que les había cobrado el conducirlos hasta Europa. Según cuenta el autor del libro murieron docenas de personas ahogadas al naufragar la nave de transbordo. Sin embargo el escritor no dedicaba ni una sola línea a condenar la acción de esos salvajes, ni el ataúd marino al que habían sido conducidos, sino a criticar el supuesto ocultamiento del hecho por el gobierno italiano, reiteramos, ocultamiento supuesto porque no se menciona prueba al-guna de ello. Naturalmente el filósofo anticapitalista iba a lo suyo, desdeñar lo que era grave, un homicidio masivo, para justificar su prédica anticapitalista. La necesidad ideológica ignoraba el hecho relevante con la finalidad de confirmar de su teoría. A ese mismo principio responden todos los acontecimientos que hemos vivido estos días pasados en los que grupos muy minoritarios y violentos han retorcido un acto detestable para justificar un comportamiento vandálico que agrede el conjunto de libertades que dicen defender.

    En todo ese marasmo de impugnación histórica (e histérica) se ha mezclado el racismo, el indigenismo, el colonialismo y todo aquello que de algún modo haya podido sugerir la dominación de unos hombres sobre otros. Pero siempre limitado al mundo occidental, muy particularmente a la presencia española en América, el colonialismo europeo del siglo XIX y el denigrante tráfico de esclavos negros. Da igual que el racismo como sistema ya no exista ni política ni culturalmente, que es distinto a que pueda haber racistas y que por cierto no tienen que estar sólo en el mundo occidental. La cuestión es traer el pasado al presente, aplicarle el actual conocimiento y progreso humano de siglos y refutar de manera integral nuestra historia haciendo hipérbole de sus aspectos más negativos, un devenir histórico que en su evolución ha traído el mayor grado de desarrollo material y respeto por el ser humano en su concepto integral del mundo. Tampoco les ha resultado un problema que su determinismo histórico, incluidas las sinuosidades de Gramsci y su historicismo absoluto, convierta en este caso a los sujetos individuales en responsables únicos y directos de todo lo criticable de cada época sin tener  en cuenta las circunstancias y cultura del mo-mento y, ya puestos, analizando con rigor y contexto sus conductas personales.

    Esa forma de holismo aplicado a la historia ha llegado a establecer en el caso de Winston Churchill la conclusión de que era un racista y que como tal ha recibido su simbólico repudio en forma de ataques a la estatua que lo recuerda en Londres. No puede calificarse sino de estrafalario que el líder europeo que de forma más resuelta y sin ambages se opuso a Hitler y todo lo que representaba como epítome de una concepción racista del mundo y de la historia, sea vilipendiado como racista. Y sorprende esto aún más cuando nadie ha tenido el menor reproche a otros como por ejemplo Roosevelt y el Tío Joe (entrañable apelativo que dieron los norteamericanos a Iósif “Stalin” cuando éste se convirtió en su aliado circunstancial en la II GM), que miraron para otro lado mientras pudieron o directamente, en el caso de Stalin, pactó el reparto de Polonia con el nazismo (acuerdos Von Ribbentrop-Molotov, 23 de agosto de 1.939). Pero, sin quererlo sus autores, con este particular referente al líder británico, nos han hecho entender de lo que  realmente va el asunto.


José María Sánchez Romera