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Los ojos de Berta / Tomás Hernández

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    Berta fue un lugar platónico, una mirada cuyos ojos nunca veríamos, una muchacha enamorada que leía en Londres unas cartas de España.

    No he vuelto a ver la película de Martín Patino desde los lejanos años del estreno de “Nueve cartas a a Berta”. La recuerdo confusamente, he olvidado muchas situaciones, escenas, pero recuerdo que España era un país gris, que los jóvenes universitarios vestían como los viejos profesores, trajes oscuros de corte y confección, corbatas grises y zapatos negros y recios. Por aquellos años, expulsaron del aula de la Facultad a un compañero por asistir a clase calzando unas sandalias descubiertas. En esa época, Truffaut estrenó una película que los independentistas  de ahora no debieron de haber visto; un personaje dice: “Me gusta España porque tiene una ciudad como Barcelona, no me gusta Barcelona porque está en un país como España”. La muerte de Martín Patino ha traído el olor invernal de aquellos días en medio de este calor de agosto y playas abarrotadas de cuerpos y colores.

    Dicen que Ortega decía que de un libro se nos quedan una o dos ideas, una o dos frases como mucho; lo demás va al olvido. Yo recuerdo de “Nueve cartas a Berta” que fue la primera vez que vi en el cine la cafetería “Teide”. Estaba en una bocacalle del Paseo de la Castellana, cerca del mítico café “Gijón”. Y recuerdo que en cuanto llegué a Madrid fui al “Teide”, un local pequeño, un semisótano con dos o tres escalones de acceso, de descenso en este caso, unos veladores pequeños arrimados a la pared y unas sillas de madera negra y respaldo redondeado. Sobre el mármol de cada una de las mesas un frasco con agua y un vaso bocabajo. Allí, en el “Teide” de “Nueve cartas a Berta”, los estudiantes provincianos vestidos de gris y corbatas oscuras, bebieron una noche buscando una alegría, unas gotas de esperanza que algunos nunca alcanzarían a ver, como los dulces ojos de esa imposible Berta que vivía tan lejos, en un país de lluvias y nostalgias.

    Descanse en paz el hombre que supo transformar tanta tristeza en un puñado de hermosos fotogramas y una historia de interminable título.

    Tomás Hernández.