lunes, 10 de diciembre de 2018     Síganos en:      

Costa Digital

Leer “La Celestina” / Tomás Hernández

Imprimir Noticia | Hay 2 comentarios a esta noticia

    Afirma el novelista Juan Gómez-Jurado que “obligando a leer “La Celestina” a un niño o niña de catorce años puedes estar destruyendo un futuro lector”. Comparto esa observación. Eso no quiere decir, como afirma el autor, que no haya que leer esa “obra divina si escondiera más lo humano”, como definió Cervantes la tragicomedia de Calisto y Melibea. Estoy de acuerdo con las palabras de Gómez-Jurado porque la lectura es un placer y obligar a disfrutar un placer lo convierte en deber y no en dicha. Se puede perder, en efecto, un posible lector.

    Y sin embargo, “La Celestina” me parece uno de los libros más útiles para despertar esa fascinación por la lectura. Y es que en la obra de Fernando de Rojas está todo, se ve todo, se vive todo, se habla de casi todo. Está el amor de Melibea “que parece que serpientes me roen el corazón”, un amor que es el efecto del hechizo de Celestina. La preparación de ese hechizo, la madeja de lana untada con aceite de serpiente y sangre de murciélago, es un manual de magia medieval. La invocación al diablo, que en la obra es Plutón, príncipe del averno, porque una llamada directa al maligno era, seguro, vérselas con la Inquisición, mucho más siendo Rojas un judío converso. Juan Goytisolo escribió un ensayo breve y magnífico sobre esos miedos de Fernando de Rojas y los procesos a los que fueron sometidos algunos de sus familiares. Un cuñado, creo.

    Está la retórica amorosa, la “philocaptio” o enamoramiento súbito, el “flechazo” que hiere a Calisto la primera vez que ve a Melibea y se dirige a ella sin conocerla, estando la muchacha sola. Un atrevimiento ofensivo. “¿Usted por quién me toma?”, parece decir la muchacha. Y está la “hereos” o enfermedad del amor que aqueja inmediatamente a Calisto y le lleva a encerrarse en su cuarto a oscuras y cantar baladas o proferir disparates y hasta herejías, “yo Melibeo soy, en Melibea creo y a Melibea amo”.

    La crisis causada por el agotamiento del feudalismo como sistema la estudió el profesor Maravall en su imprescindible trabajo, “El mundo social de La Celestina”. En la obra de Rojas está el placer a raudales, los encuentros clandestinos y peligrosos de los amantes, el voyeurismo de Celestina con sus pupilas, la seducción de los criados por las jóvenes prostitutas; están los placeres de la mesa, el famoso elogio del vino que hace la alcahueta. Está la traición de los criados a su amo,  porque el vínculo amo-siervo se resquebraja, está el abandono de Calisto hacia Pármeno y Sempronio. Está la muerte, la de Calisto despeñándose desde lo alto del muro de la casa de Melibea. Muere Celestina a manos de los criados y de la ambición y estos son ajusticiados, muere Melibea arrojándose desde lo alto de la torre de su casa y el mundo entero se derrumba en el lamento final de  Pleberio, “oh mundo, mundo...”

    Todo esto y mucho más se puede compartir con los alumnos y un puñado de ejemplares de “La Celestina” o, ahora, Internet. Señalar las maravillas de este libro y luego verlas representadas en los hechos y las palabras de sus personajes. Creo que es una manera divertida y enriquecedora de acercarse a un clásico, de desmitificar lo literario y de sobreponerse a esa orden: lee.


Tomás Hernández