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A pájaros y migas / Tomás Hernández

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Los lectores y amigos de Vicente Gallego nos preguntábamos qué ocurriría después del hermosísimo “Ser el canto”. Ese libro, altísimo, culminaba un ciclo, abría escuela y dejaba la pregunta de qué más podría decirse. Aún recuerdo la mañana en que Vicente me leyó por teléfono su poema sobre la muerte de san Juan de la Cruz. Como Juan de Yepes, Vicente encontró la sencillez. Pero no desconfíe el lector. La sencillez, si es pura, es la verdad más honda.

“A pájaros y migas” no tiene más estructura que el fluir de la poesía, poema tras poema. No hay partes en el libro ni organización por los motivos tratados o la perspectiva. Versos breves, donde no falta una coma ni sobra una palabra. “A pájaros y migas” es sobre todo lo que los griegos llamaban un epitalamio, un cántico de bodas, un banquete de amor donde Sara y Vicente han sentado a la mesa a todos sus amigos, los que aparecen en las dedicatorias y tantísimos otros que sería imposible y largo mencionar.

Está la casa humilde, “vivimos en concierto / sin techo ni paredes, / se nos llenan las ollas / de trinos, los zapatos de alas”; está, a manera de canto de trovador, el pasillo por donde ella pasa: “qué cortos los pasillos / de esta casa, gitana,/ que te miran pasar / no quisieran / más que acabarse nunca” (Trovas); los manteles con los restos de la dicha compartida, “la fruta sobre el hule, / el pan que se comió / cada cual a su gusto “ (Sobremesa); “platos sucios, cristal / que nos sirvió agua fresca, / una fuente de barro / con la fruta lavada. / Hemos comido juntos, / queda vino en las copas, / la tarde nos elige” (Mantelerías); la cocina, “me acerqué a la cocina / me pareció que el ángel / había estado allí / entre los platos sucios / espesando el silencio / del aceite extendiendo / con el vapor de arroz / sus alas blancas” (Vapor de arroz), y la alcoba, “a oscuras, en la alcoba, / de tu pelo y tu noche / me he llenado las manos” (Canción de amigo).

En ese canto de bodas, en ese íntimo banquete del amor, pese a las tonterías que se han escrito sobre la torre de marfil de los poetas, Rilke, Juan Ramón, está la realidad humilde y cotidiana de las personas. Quien lo dude, que lea en los poemas de este libro “Petanca Calle Azorín”, donde los viejos extienden su pañuelo sobre el banco para tomar el sol o cobijarse a la sombra; que lea “La reina del rellano” o “Droguería Casa Paqui”: “entre botes de laca, / barnices, disolventes, / predica el evangelio / de la mezcla, no sabe / cómo sernos más útil, / nos escoge / una brocha, un pincel / como si fueran lirios, / claveles de su huerto”.

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Está, como siempre en los libros de Vicente Gallego, la gratitud al don inmerecido del poema, como el dedicado a su amigo Paco Brines, “a veces / mira uno / la página / y estaba / un pájaro / naciendo” (El poema).
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rnrnTambién está la pérdida en este libro, como ocurre en la vida, la elegía a la muerte del padre y el estremecedor poema que lo cierra, “Ojos de Aroa”: “la angostura del nicho / todavía se turba / y se avergüenza… / Enamorado, Aroa , / el polvo vuelve al polvo, / pero esos ojos tuyos / de las últimas tardes, / esas aguas serenas, / esos cielos callados, / eran ya la belleza / de Dios, pequeña mía, / y nos miraban”.

Tomás Hernández