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El Magazine

Un paseo fotográfico por el tiempo

09 de agosto del 2016

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Fotos






En agosto, cuando más chirría el fragor humano en tardes de fanfarria veraniega, suelo callejear  por los vericuetos del barrio sexitano de San Miguel.

No asevero que al lugar no llegue el tumulto que acontece a Este y Oeste a Norte y Sur de la planicie que rodea el roquedal donde se ubica el bastión defensivo del castillo que da nombre al barrio, pero sí  se atempera en murmullo lejano y sórdina la batahola canicular que impera en la ciudad desde hace décadas como singular demostración de que el género humano, en esta sus últimas generaciones, es un alma montada sobre las mimbres de la furia y el ruido que pregona la fiesta y su comercio.
 
Sólo el rugir de alguna motocicleta con un motorista montado sobre la identidad de estrepitoso sonido rompe este silencio del barrio tal que tela de araña que atrapa el aire, la luz y el tiempo. A este último también lo atemporiza convirtiendo en regresión su estructura y es entonces la herramienta del recuerdo la que va contando los minutos interiores del que esto escribe como el sonido de chicharras caniculares o aquellas viejas radios  que siempre cantaban coplas.

Así, y en mi deambular, algún lienzo de cal me trasporta a azoteas donde las sabanas remendadas ondeaban la luz entre cañaveras colgadas en las que se espetaban boquerones y pulpos secos que amojamados mostraban la piel deshidratada y traslucida de la unión de sus tentáculos bajo la feracidad del sol.  En el alfeizar de sus ventanas, orinadas latas de conserva adornaban con mata de jazmín o madreselva las fachadas de bases con cenefas en el siempre refrescante añil o el más caliente minio que mantenía su textura impoluta de la reciente restauración con la proximidad del verano.

Eran aquellos agostos de cuando la tarde vestía su espacio sonoro en sordina de radios que trasmitían un serial de amores imperiales de Centroeuropa que titulaban “La renuncia”, una copla que cantaba a Dolores la Colorina o la asfixiante A ciegas  y la inefable señora Francis aconsejando la alienación más siniestra entreverándola con el anuncio de una crema que prometía los más eficaces efectos a mujeres de piel agrietada por el sol y el salitre, y que en aquel momento en el dintel de sus puertas desliendraban cabezas de hirsutas y ásperas cabelleras infantiles. A esto algún frívolo esteta lo llamo neorrealismo, un izquierdista de salón lo calificaba de lumpen producto del capitalismo feroz, cuando la perdida belleza del mundo, y a un democristiano le venía bien para su demagógica caridad. Era escuetamente la estampa costumbrista de la España secular per saecula y sus miserias. Ahora la trama es otra, pero el resultado parecido.

No obstante, y siendo el actual escenario otro, aunque no menos alienante bajo la égida de la modernidad que no va más allá de la cosmovisión de la marca o el tipismo absurdo de quienes quieren reinterpretar un urbanismo mediterráneo en anécdota , mi paseo se interioriza como viaje iniciático a la profundidad de esa cultura menor, para los que piensan cuantificándola, que se desliza, mediante el reencuentro, por el plano de las emociones de mi biografía.

De esta manera no es el paseo, el mío particularmente, amable de un viandante a la busca del pintoresquismo o la singularidad: soy un paseante que va internándose en su biografía más íntima y donde el hallazgo de cualquier espeluznante oprobio arquitectónico al buen gusto ancestral de lo mediterráneo (cubismo, curva, texturas y colores puros) me arranca violentas imprecaciones contra la cultura del ladrillo y la especulación reinante en la segunda mitad del siglo XX con la absoluta deflagración de estos primeros años del XXI que preanuncian una necesaria reformulación económica y política de la sociedad.

Hay quien, a la vista de una pequeña fotografía en mi instalación de la Bóveda de la Casa de la Cultura, donde se retrataba una pared muy deteriorada con el cartel harapiento de una película de Sissi de la época, quiso demostrar su agudeza en el mundo de la imagen y sus modernas herramientas  de computadora, indicando que la imagen era un descarado photoshop, como si  se tratase de una trampa para el espectador, cuando por el contrario esa herramienta la utilizaba servidor para expresar una narrativa que sería impensable sin su existencia y por tanto la recreación gráfica de un momento de mi particular sentimentalidad. El gran Mario Testino, dice al caso, que retocar es eliminar lo que te distraiga. Las fotos en su estética cuentan una historia y en este caso es ese su fin último. Lo indebido sería “photosopear” la imagen gráfica de una noticia periodística donde todo debe contener veracidad. Así que, con descaro o sin él, la intención es materializar mis percepciones de otras realidades privadas y anímicas visualizándolas sobre la realidad de un plano hasta conseguir el efecto pretendido.

Sin embargo, en esta serie de fotografías de mi barrio (y lo hago en posesivo al ser el que prefiero de la geografía sexitana) no hay cualquier elemento de trucaje, porque hay un intento de buscar la realidad de una tarde en su aire caliente y en esa luz candente de agosto que agarra cielo y tierra desgarrándolos y dejando a la intemperie el desprecio hacia la ruina de ruido y furia.
 
Sigo paseando…

Fotos: Javier Celorrio para CD.es



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