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Costa Digital

Cuando pica la medusa

20 de agosto del 2015

Autor: Javier Celorrio


¿Vuelve el calor? Es lo primero que me pregunto al despertarme. Hoy no siento el alivio fresco de ayer, decir alivio es decir acaso un grado menos, cuando al abrir la ventana una brisa de amanecer pareció advertirme que el día no tendría advocación de San Lorenzo con parrilla incluida. Pero hoy, el santito espetado y del que en estos días se celebrará onomástica, quiere que sepamos de su suplicio.

Siempre se ha dicho que un baño de mar te refresca el día. Siguiendo el consejo me armo de toalla y aprovechando que a tan temprana hora la playa es septembrina de baja ocupación, toda la orilla es mía a excepción de algún raro madrugador como servidor.

Siempre precavido me meto en el agua escudriñando superficie o fondo por si acaso la medusa le da por saludar. Oteo a distancia una solitaria, morada, bella como todo lo peligroso. La espanto con la mano y me dispongo a nadar libre de su acecho. Y en esas, estaba uno como Esther Williams en sus piruetas de la Hija de Neptuno con coreografía acuática de Busby Berkeley, cuando siento en el brazo la característica descarga venenosa del celentéreo que por unos segundos paraliza la zona afectada por el roce.

En esos momento, a parte maldecir la mala suerte, quieres recordar cuando te picó una en remoto verano de la niñez y qué remedio casero y de urgencia surgió efecto como al parecer fue, según recuerdo, un lavatorio de agua fría y un emplaste posterior de barro y vinagre o a la inversa. Lo descarto, en ese absurdo prurito de pensar que el puesto de socorro esta cerca y que algún remedio más efectivo tendrán ellos para aliviar el intenso escozor con cierta sensación de parálisis de la zona afectada que empieza a resultar muy molesta. Estamos en el siglo XXI, me digo, y la ciencia ha progresado, como todo lo demás, una barbaridad; me lo vuelvo a decir con esa fe ciega, deuda del imperialismo occidental, en todos los órdenes que rige la vida y que organizamos nosotros y que nos deja cara de tonto al descubrir lo contrario.

Y en esa fe me dispongo a salir pitando hacia el indispensable remedio, cuando un bañista que al parecer me conoce pero que, tal el panamá que lo cubre, las gafas de alta gama que le tapan media cara y la otra mitad embozada por esos cuellos subidos hasta las orejas, no tengo ni idea quien es, me advierte que tenga cuidado que al parecer hay medusas. Le contesto que me he enterado en propia piel. Mientras me alejo a la busca del remedio, le oigo decir que en la farmacia venden una crema específica para ese tipo de picadura o lo que sea hacen las medusas bellas. Alejándome le doy las gracias, pero también pienso que es domingo y que hay que buscar una farmacia de guardia. ¡No!, me digo resuelto, "el puesto de socorro es la mejor solución".

Cruzo medio paseo bajo el inclemente sol de esta mañana que promete poner los paseos Ikea  incandescentes, y para distraer mi mente de la intensa molestia, cruzando entre palmeral y palmeral, me imagino un Lawrence de Arabia atravesando el Sinaí y en lontananza aparece Omar Shariff vestido de riguroso negro tal que sucede en la película de David Lean. Al fin llego a la torreta de estilo funcional con pincelada marinera del puesto de socorro, pero no hay nadie y un cartel indica que para urgencias llame a 112. Me parece algo fuerte llamar a ese centro de urgencias para que vengan a tratarme de la picadura de la bella medusa. Y en esta cavilación me encuentro cuando ante mis narices aparece un señor de edad y volumen king size que me pregunta si me pasa algo. Le cuento lo que me pasa. Y observo que raudo saca del bolsillo de su camisa un botecito de extraño aspecto con una untuosa pasta en su interior. Me asegura que es un remedio efectivo para mi picadura. Excuso su amable ofrecimiento, pero aparte el asco que me está dando el bote de marras que me lo pone  a dos centimetros de mis narices, mi yo paranoico sale a escena y recuerdo aquella máxima de mi infancia que decía que desconfiara de desconocidos y mucho más si estos eran king size untuosos  que te ofrecía algún mejunje de Fierabrás.  Claro está, que luego aprendimos con Blanche Duboi de la bondad de los desconocidos e incluso llegamos a ser receptores de ella en más de una ocasión, pero también está claro que mi edad actual no es la de un yogurín propenso a ser seducidos por menorero. Por si acaso el menorero resulta ser mayorero, huyo.

Mi remedio más cercano es el centro de salud, y concretamente urgencias, para lo cual me espera medio kilometro de cemento, palmeras y a pleno sol. Para entonces ya hace tiempo que mi cuerpo ha olvidado el frescor del baño y que empiezo a convertirme en nómada sudoros picado por un ejército de putas aguasmalas  a la busca de un puesto sanitario en lo que ya me parece un relato de Salgari adobado de Genet.

Al fin llego a urgencias. Al entrar, me encuentro con una serie de personajes macilentos que hacen cola delante de una mesa que atiende una sola enfermera a quien acompaña un guardia de seguridad algo taciturno y de mirada baja. Los presuntos enfermos parecen nerviosos, con el gesto de preocupación de quien entra a un centro de esas características en una mañana radiante de domingo. Ante las pretendidas o reales urgencias de quienes aguardan, mi picadura me está pareciendo una nimiedad y empiezo a sentir cierto reparo en contar  que yo estoy allí porque me ha picado una medusa que al principio me pareció bella y ahora empieza a parecerme una asesina en serie que seguirá suelta y que estará picando a media playa y que las víctimas correrán en masa al centro de socorro que estará cerrado y que un extraterrestre les ofrecerá un ungüento de color incierto y olor fétido a saber con qué intenciones. Es en ese momento cuando mi paranoia me advierte que a lo mejor la picadura está afectando ya al cerebro y que por eso maximizo cosas de tan escaso fuste como la picadura de una medusa loca poniéndole visos de tragedia cinematográfica. Me calmo, aunque el picor persiste y empieza a ser más visible las típicas reacciones de la urticosis provocada que ya parece haber alcanzado el cerebro.
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En ese momento, una señora a la que le ha llegado el turno inicia una discusión con la funcionaria a cuenta de un medicamento que su hijo debe tomar y que la segunda le dice que no es posible ponérselo hoy y que debe esperar a mañana. La señora advierte que es urgente y que ayer le dijeron lo mismo, la funcionaria reitera en que hoy no es posible y la señora, cada vez más furiosa, insiste en lo suyo. Ante tal negativa la furia se convierte en armas tomar y la señora a voz en grito amenaza con poner una denuncia si el médico de urgencia no la recibe. Aquí llega el acabose, por que los supuestos enfermos empiezan a opinar y una desaprensiva, con ganas de mover la herida, comenta que al hijo de un conocido suyo le pasó lo mismo y a poco estuvo de la extremaución. Otro señor, con banderas de España hasta en las cejas, se queja de que mierda de la sanidad andaluza y otra con la rosa del psoe en la frente le increpa que para mierda los recortes de Rajoy. Las voces de la señora y los airamientos de la concurrencia no perturban la taciturnidad del segurata que permanece impertérrito. En eso que el señor compuesto de abalorios  nacionales, que acaso busca cómplice para la cruzada política que acaba de iniciar, me espeta, con cierto tono ambiguo desde su nada ambiguo cabreo, que a mi qué me pasa. Pregunta que igual puede significar  de por qué no intervengo y me posiciono  en la trifurca o que se interesa por mi dolencia en concreto, con lo cual me temo salga por peteneras concluyendo que Podemos  es culpable de la existencia de medusas.

Momento que decido que lo primero que tenía que haber hecho era buscar una farmacia y dejarme de historias. Salgo de allí y me decido a buscar la farmacia de guardia. La más cercana está cerrada y la específica se encuentra a más de dos kilómetros de donde me encuentro. Decido volver a casa y desencaminar todos los paseos andados. Pero es tal el calor, que decido guarecerme  en un banco único con sombra de toda la cinta asfáltica y donde también hay una anciana que nada más sentarme empieza a quejarse del calor y a maldecir al político que hizo estos paseos llenos de palmeras y sin sombras. La señora se queda fija mirándome el brazo y me pregunta si me ha picado una medusa. Le contesto que sí. Ella con  agilidad inusitada se levanta y acerca a un parterre de donde extrae tierra que a base de escupitajos convierte en barro. Adivino su intención, pero mi agotamiento me impide salir corriendo. Me toma el brazo, sin yo poner resistencia, y sobre las señales muy visibles de la picadura me extiende la mezcla advirtiéndome que una vez seca lave la zona con agua fría y vinagre.

Llegado aquí, recuerdo que a aquella otra picadura de medusa de mi adolescencia alguien me la trató de la misma manera. Y en ese momento me reconcilio con la bondad de los desconocidos, con los logros domésticos del pasado y asumo que mi neurosis es proporcional a la de mi siglo y alguno de mis congéneres.

Una vez en mi casa sé que el día será caluroso. Pero prefiero darme una ducha fría, quitar el emplaste  y pensar que lo de San Lorenzo fue peor.  Ya sabía que las medusas pican, pero también sé que el  resto convierte en letal su veneno.
   

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