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Costa Digital

Esclerosis

17 de octubre del 2015

Autor: Francisco Cervilla


Abatido ante el desastroso ensayo de una de sus obras de teatro, Mihail Sebastian (Rumanía, 1907-1945) escribía en su Diario: “Nadie interpreta nada. Cada uno viene con sus gesticulaciones, con sus quejidos, con su tos de casa y lo aplican en el papel que están representando. Eso es todo”.

Se refería el escritor rumano a la apatía del actor por el texto, al desinterés por el personaje a encarnar, a la representación basada en la declamación de un guion memorizado pero no incorporado.

La bisagra entre una obra de teatro y el espectador es el actor. Es el actor el que proporciona, a través de su interpretación, la diferencia que existe entre leer una obra y verla representada. Y esa articulación le estalla de frente a Mihail Sebastian en un momento muy frágil de su vida, cuando busca hacerse un hueco en el mundo literario de su país, en un tiempo convulso, prebélico, fascistoide.

La interpretación consiste tanto en explicar un texto, como en traducir o aclarar de diferentes modos lo que no se entiende, también en manifestar la propia opinión, o bien igualmente -lo que echaba de menos Sebastian- radica en representar o ejecutar una obra dándole una impronta personal, implicándose subjetivamente en ella, tomándose la libertad de vivificar al personaje. En eso reside el talento y el genio, en la capacidad para prestarse al papel enriqueciéndolo, dándole cuerpo a las palabras, dejándose llevar por ellas. Permitirse experimentarlas.

Al autor le pasó lo que nos sucede con muchos de nuestros políticos actuales: provocan desazón. Son malos y esclerosados actores de un texto o programa que no hacen propio, se muestran proclives a la teatralidad, a la consigna plana y a la palabra vacía. Forman un teatro de marionetas aburrido del que uno aprovecha el entreacto para marcharse, tras aguantar un buen rato esperando que aquello cambie.

La ausencia de generosidad desinteresada hace imposible la autonomía personal necesaria para la verdadera interpretación. Se vive atado a la estrategia partidista, al cálculo mezquino o al apego al cargo. No importa la crisis. “Crisis? What Crisis?”, cantaba Supertramp en los ‘70. El dispendio y el robo han continuado ininterrumpidamente. Esos han sido el tic y la tos de casa.

El texto que cuentan es el argumentario soplado, la idea única, la atribución al contrario de los propios errores, la repetición de mentiras hasta convertirlas en verdades. Suena a la letra goebbelsiana.

El teatro es exhibición y también exposición, riesgo. La mirada y la voz forman parte de su magia. Y cuando la voz logra envolver al espectador, éste consigue, a condición de entregarse, formar parte de la experiencia teatral. Intérprete y espectador son partícipes, asimétricos, de un mismo proceso.

En la escena pública de la política no existe tal interpretación. A fuerza de tergiversarla destruyen cualquier eventual causa común. Por eso, una vez caída las máscaras quedan la mentira y la incredulidad. Y ante tales actores sólo se abre un gran abismo.

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