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Costa Digital

Líneas Rojas

26 de agosto del 2019

Autor: José María Sánchez Romera


Lo evidente (lo obvio si se quiere) es aquello que resulta apreciable por sí mismo y es distinto del conocimiento, siendo éste forzosamente obvio para el que lo tiene pero no para el que carece del mismo, y distinto del análisis, obvio también cuando ya se ha conocido. Como todos los días no se descubre la rueda, nuestra vida acaba siendo una obviedad de nosotros mismos y tan es así que hasta la frustración, por ejemplo, resulta también obvia y nos delata de forma cruda aunque la vistamos de opinión crítica. Pues igual se puede afirmar, y es el motivo de la introducción, de las líneas rojas, sus verdaderas razones pueden resultar evidentes, aunque no por ello deba dejar de explicarse el por qué de su proliferación y sus causas.

De un tiempo a esta parte los actores sociales, y no me refiero sólo a los políticos, utilizan un lugar común, otrora consigna, para definir aquello sobre lo que supuestamente nunca van a transigir: la línea roja. Se define el pseudoconcepto como la cesura que delimita lo aceptable y lo inaceptable, lo que es contingente de lo que adquiere la condición de principio.

Esto de los tópicos, hoy llamados mantras, suele ser síntoma de épocas de escasa imaginación y poca inquietud por la cultura. El tópico cubre la laguna del (no) saber y adocena al personal dependiente que así destaca poco o nada y no compromete de paso el protagonismo del que manda. En la época de la transición política todo era obsoleto, de un día para otro cualquier cosa había dejado de ser útil por antigua, obsoleta por tanto y en los ochenta la palabra “cutre” hizo furor y fortuna, de tal suerte que todo el que no aceptaba lo que decía su interlocutor decía que se trataba de una propuesta “cutre”. En política, las palabras, como el ancho de los pantalones tiene también sus modas, la cuestión es que no confundamos la importancia del valor de la comunicación humana, de eso se trata al fin y al cabo, con el diámetro de la ropa. Lo primero define nuestra naturaleza racional, lo segundo nuestro grado de frivolidad.

Damos por sentado que a día de hoy es complicado tomar muchas cosas en serio, de hecho cuando el tuit llega a ser la extensión más elaborada de cualquier pensamiento, es preciso no tomar éste ni ningún asunto por lo tremendo. En ese sentido, para definir como algo sustantivo una línea roja tendría que establecerse un principio, dicho principio debería haber sido enunciado por quien marca la línea roja, que a su vez debería puesto de antemano en el conocimiento de sus principios (ahorraremos mencionar, hablando de tópicos, aquello de Groucho Marx), asunto muy complicado en estos tiempos en los que las conveniencias preceden a las ideas, cuando las hay, siendo éstas tributarias de lo que en cada momento interesa al que dibuja la línea. Por tanto, la línea roja no suele ser la consecuencia del contraste de pareceres, de la constatación de lo insalvable al ser confrontado, sino de la incompatibilidad de los intereses o las tácticas. También las líneas rojas son el medio para la depuración preventiva, el recurso para poner una “estrella amarilla” al discrepante con la opinión mayoritaria o impuesta como mayoritaria,a fin de que cuanto diga carezca de cualquier atisbo de bondad o credibilidad. No importará desde ese momento lo que se dice sino quién lo dice.

En estos últimos meses vemos cómo todo se ha llenado de líneas rojas. Hablas, piensas, te expresas y sientes que todo está atravesado por líneas rojas que se cruzan unas con otras de tal manera que al final tienes un dibujo rojo por saturación donde da igual donde pises ya que todo será inconveniente o censurable. Es evidente que a este aspecto de nuestra convivencia no se le puede llamar con propiedad libertad de expresión, es en todo caso expresión liberada de los condicionantes que imponen las puñeteras líneas rojas.

Contemplamos a los políticos, leemos a los articulistas, oímos a nuestros interlocutores y vemos como se multiplica el número de líneas rojas en las que la discrepancia por asuntos que admiten diferentes puntos de vista pueden llevar a la fractura del diálogo. Las líneas rojas, como los frentes de guerra, no admiten prisioneros, alguien tiene que caer con todas sus razones para que otro triunfe con todas sus razones, pasó el tiempo de los grises, blanco o negro, par o impar. Totalitarismo en estado puro que actualmente se justifica envuelto en una especie de humanismo deshuesado, un buenismo anélido que traslada la responsabilidad de las propias convicciones a todos, administración mediante.

Convocadas elecciones, abiertas las rondas de pactos, propuesta algúna iniciativa, el espacio se llena de líneas rojas para deslegitimar todo lo que no sea lo que propone el “delineante rojo”. Los anatemas ya no se lanzan desde los púlpitos sino desde la redes y los medios de comunicación. El adversario debe convertirse en un réprobo político, privado de toda intención moralmente defendible.

De un tiempo a esta parte, los medios de masas, que deberían defender y propiciar la expresión libre de la conciencia, tienden a imponer un pensamiento de piedra, bajo cuyo peso y dureza acecha la muerte civil. Cualquiera que ose disentir, incluso desde la más razonada visión de las cosas, de lo que a diario se perfila en lo noticiable como cultural y moralmente asumible, sufrirá primero la lapidación pública en forma de ataques personales y la manipulación, por descontado, de lo que realmente sostiene y luego el ostracismo, un destierro al purgatorio terrenal de la inexistencia pública. Es el horizonte que se le dibuja al “outsider” a fin de que sepa a qué atenerse.

La línea roja debería ser prohibir las líneas rojas, sólo el respeto a la vida, a los grandesvalores y los derechos fundamentales pueden definir el punto de la intransigencia. En lo demás no puede haber agujeros negros para el ejercicio de la libertad de conciencia y la búsquedadel entendimiento.

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