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Costa Digital

España convulsiona

20 de diciembre del 2019

Autor: José María Sánchez Romera


Sería inexacto titular estas líneas “España convulsa”, porque cambiando una palabra nos alejaríamos de la verdad. Y ya llevamos muchos años utilizando la semántica para ocultar lo que algunos no quieren que veamos. Me explico. Una España convulsa sería aquélla presa de diferentes problemas que agitarían la vida nacional de forma más o menos grave, cuestiones contingentes, pero transitorias, o superables al fin por una sociedad unida en torno a ideas fundamentales sobre el bien común. Las convulsiones que se perciben nos hablan de una enfermedad de sintomatología terminal que nadie parece advertir y que por tanto se deja de abordar. Los que andan estos días enfrascados en la irreversibilidad del cambio climático global y elaboran “nostradámicos” vaticinios a treinta años vista, deben padecer presbicia selectiva cuando no ven lo que tienen tan cerca en términos espacio-tiempo.

Un país que tiene dos de sus más importantes territorios, conforme a magnitudes económico-demográficas, en abierta resistencia al respeto y acatamiento de la legalidad, solo se diferencian en el grado de disimulo, y que a su vez han penetrado cultural y políticamente sus territorios más próximos con el fin de extender llegado el caso sus límites geográficos y por tanto su poder, puede estar incubando la fase terminal de su existencia. ¿Exagero?. Creo que no según podremos probar después, pero, como también se pondrá de manifiesto desde la experiencia que nos da la historia, la solución no suele ser un amable concordato inter partes una vez que el encono de las posiciones alcanza determinados niveles.

No existe razón política ni causa en el devenir democráticos de estos cuarenta y un años de Constitución que justifique lo que está ocurriendo. La derecha representada en el régimen franquista dejó voluntariamente el poder para dar paso a un régimen democrático. Izquierda, derecha y nacionalistas llegaron a un pacto histórico a fin de superar eso que algunos llamaban nuestros viejos demonios. En aquélla época todo el mundo entendió que con el pacto constitucional se superaban los grandes elementos de división nacional que habían agitado la vida nacional en los últimos cien años. España se convertía en una empresa común por encima de ideologías y prejuicios territoriales poniendo en plano de igualdad todas las culturas y lenguas, se asumía que el gobierno de la nación podía bascular sin graves alteraciones entre el liberalismo y el socialismo de inspiración europea. El socialismo abandonaba su pulsión revolucionaria y miraba hacia Bad Godesberg aunque fuera con veinte años de retraso.

De forma particular el centro-derecha, superando sus propios fundamentos doctrinales, y pese a contar con una mayoría absoluta en las Cortes salidas de las elecciones de 1.977,aceptó la tarea de cerrar ese run-rún que durante un siglo venían produciendo el nacionalismo vasco y catalán, de modo especial, y con bastante más sordina, el gallego. Paradójicamente la izquierda, cuya tradición histórica hunde sus raíces en el internacionalismo, en España quiebra ese pilar fundacional y se alía tradicionalmente con el nacionalismo periférico. Su idea de España siempre ha sido confusa, creo que más que otra cosa por contraponerse a la derecha, y sus posicionamientos en torno a la idea nacional parecen atribuir a España rasgos de potencia colonial dentro de la propia España. Esto conceptualmente es aberrante pero ese es el resultado, aun cuando no sea querido. En todo caso ello significaba repetir el abrazo de Vergara poniendo fin a las hostilidades fuera de la política.

Los conatos de implosión nacional tuvieron ya un antecedente grave durante la Primera República Española en la quesu segundo Presidente, Pi y Margall, abogó por una España federal. Pi trató de elaborar una constitución para articular el modelo, pero los más intransigentes federalistas (de su partido) no esperaron a que se terminara de redactar una carta magna en tal sentido, sino que provocaronen algunos territorios de Españala insurrección cantonal, hasta treinta y seis estallidos de ese signose produjeron, y el más grave, el de Cartagena (magistralmente reconstruido por Ramón J. Sender en “Mr. Whitt en el cantón”) acabó con el mandato de Pi y Margall, que tan sólo duró unas semanas.

    Quizá como producto de la experiencia histórica, las fuerzas centrífugas eligieron en el momento constituyente de 1.978 una progresión más paulatina hacia sus objetivos. Pero sus intenciones no por ello resultaban menos evidentes y lo que hacían era desmentir en privado lo que manifestaban públicamente, justificando que hacían tales declaraciones para contentar a los más radicales.Lo cierto es que ya han abandonado todo equívoco respecto de sus intenciones y por lo que hasta ahora sabemos parece que la (in) gobernabilidad del país va a quedar por un lado, en manos de quienes hace muy poco trataron de desbordar por la fuerza y el delito todos los cauces legales y por otro, en quienes están haciendo la goma política aparentando mayor moderación en las formas, pero sólo eso.

    Con la educación de dos generaciones a su cargo y el relato, el maldito relato, en manos del secesionismo perder el partido no era, y no es, más que cuestión de tiempo. Y no hay peor ciego que el que se ha sacado los ojos voluntariamente. Porque las fuerzas basales de la nación han ido extirpando parte a parte sus ojos hasta no poder ver lo que la realidad nos ofrece. A fuerza de gradualismo, presupuesto a presupuesto, ley a ley, concesión a concesión, España como tal hay ido desapareciendo física y mentalmente en muchos lugares de su territorio, hasta el punto de ser vista prácticamente como una fuerza invasora por una parte importante de la población allí residente, la única políticamente movilizada por cierto. Si aceptamos decir en España Ourense, Ondarribia y Girona, nos negamos a nosotros mismos y damos por buena la primacía cultural de las minorías. ¿Por qué no decimos London?.

El terrorismo etarra provocó el éxodo de miles de personas, alterando la composición ideológica de la sociedad vasca por el miedo, y el totalitarismo lingüístico catalán ha expulsado de la región, o excluido por marginación dentro de la propia Cataluña, a la mayoría de la población que no es nacionalista.Así gesta el nacionalismo sus mayorías. Una ingeniería social practicada por el separatismo que ha generado una masa crítica que les permite ir ahora a disputar el penúltimo asalto, ellos saben que no el definitivo aún, que les permita preparar el golpe final para que España,a no tardar mucho,caiga de forma estrepitosa sobre la lona de la historia.Se atisban reformas estatutarias disfrazadas bajo la máscara del diálogo, presencia testimonial de las instituciones nacionales, drástica reducción de la jurisdicción española en esos territorios y algunas concesiones a las apetencias expansionistas tan consustanciales al nacionalismo. Eso constituirá el penúltimo golpe antes del definitivo que será convenientemente sincronizado entre los diversos territorios rupturistas. No hace tanto tiempo, en 1.991, Mijail Gorbachov se acostó siendo Presidente de la Unión Soviética y se despertó siendo un ciudadano de a pie porque ese estado ya no existía. Las partes habían acabado con el todo.

Algunos recordarán una palabra muy de moda en la Alemania de los años 30, “lebensraum”. Como recordarán también que, hijo de esa idea del espacio vital, en 1.938 tras el Pacto de Munich, los dirigentes democráticos europeos consintieron el desmembramiento de Checoslovaquia a favor de Alemania y lo presentaron como el triunfo del diálogo entre naciones para evitar la guerra. El premier británico se presentó en su país y se bajó del avión blandiendo un papelito en la mano que según él representaba la paz perpetua. ¿Había alguna razón objetiva para pensar que Hitler tras invadir la zona desmilitarizada de Renania y anexionarse Austria, se iba a conformar definitivamente, como prometió, con la entrega de los Sudetes? Pues no, después invadió otra parte de lo que quedaba de Checoslovaquia, sin que nadie reaccionara y finalmente atacó Polonia. Y todo ocurrió en poco más de un año desde la invasión de Austria.Bajo qué argumento de autoridad podemos creer que tras nuevas cesiones de soberanía se solucionarán definitivamente las reivindicaciones del secesionismo de inspiración nacionalista. Ninguno, la experiencia descarta esa posibilidad. Haciéndolos cada vez más fuertes no van a renunciar a su programa máximo sino que, al contrario, apoyados en un poder acrecentado van a buscar la culminación  de sus aspiraciones.

    Como dijo a principios del siglo XX Joaquín Costa, hace falta un cirujano de hierro y no precisamente para hacer lo que algunos mal pensados puedan deducir de estas palabras. Pero esa es otra historia.


José María Sánchez Romera.

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