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Costa Digital

Desconcierto cósmico

30 de abril del 2020

Autor: J Celorrio



"Sin embargo, no dudo que el tiempo, que continúa siendo el padre de las verdades futuras y que nos ha revelado muchas cosas que nuestros antepasados ignoraban, también manifestará a nuestros sucesores lo que nosotros ahora deseamos saber y no podemos"

                      El descubrimiento de un mundo en la luna, John Wilkins, 1638



"Cada uno de nosotros representamos un fenómeno altamente improbable en la escala humana", escribía Jean Rostand sobre el encuentro entre  espermatozoide y óvulo que determinan el principio de cada cual; ese "instante preciso en el que el azar decidirá". A partir de ahí todo es impreciso en nuestra biografía: una suerte de azar dependiente de otros azares que van cruzándose mientras esa amalgama de cromosomas que somos no se despeñe en el accidente final, también dependiente del azar, que es toda muerte y que, al menos en mí, provoca una sensación de vértigo ante el vacío semejante a como imagino el misterio cósmico. ¿Qué somos? En realidad es una cuestión que procura argumento unilateral al discurso del pedante capcioso, y aunque conozcamos la arquitectura biológica que nos forma es puro acertijo el azar que conforma sus reacciones, mutaciones y múltiples por qué de sus respuestas.
 
Yo solo sé que nada sé. Según el cronista de Sócrates. Y nunca nos bañamos en el mismo río, dijo el otro. Ahora tenemos un virus que nos mata y, aparte mostrar las dos anteriores evidencias, también cabalga sobre una certeza: sólo se vive el tiempo presente con su bifrontalidad imbrincada de dolor y placer; sus otras propiedades ya lo contamos en el atrio con la frase de John Wilkins. Inmensa sabiduría que nos rescata de la mediocridad de los elocuentes barbaros  que esperábamos, llegaron y al fin han logrado el objetivo que perseguían: matar en Texas aquel amor que comenzó en Creta hace 4.000 años, tal que  predijo hace unos cien años Thomas Wolfe en su hermoso El ángel que nos mira.

En este revolutum que vivimos  pareciera haber una epifanía del nuevo tiempo, un aviso balbuciente todavía pero que al final, como todos los que fueron, dominan el mundo y hacen civilizaciones para bien o para mal en esa dualidad que nos define. En este paso del desierto; en esta clausura de los hábitos de la era de la globalización, la ansiedad y el consumo todos en consuno, alguien, que desconocía su hábitat urbano más cercano, empieza a recorrer su barrio, a reconocer a su vecino, vuelve al educado hábito del saludo perdido en aquellas prisas de relojes con manillas aceleradas y a mirar, si bien obligado por el enmascaramiento que nos protege el resto del rostro,  los ojos del contrario que son más semejantes al propio de lo que creíamos. Y por un casual, por una cosa de Cuarto Milenio, en este desconcierto cósmico en el que siempre estuvimos, estamos y estaremos descubrimos al ángel que nos mira y entonces hay quien intuye que somos barcos zarpando a Ítaca con una carga biológica: pequeños pasajeros como moscas familiares, machadianas, golosas y vulgares que evocan todas nuestras incertidumbres y que a lo mejor, tal vez, quizá, acaso también en su cabotaje lleva esa exhalación final que alguien cuantifico en gramos y alguno llama alma.

Mantengamos la mirada, si por casualidad nos cruzamos a ese ángel que nos mira desde su barco mirífico que dicen no tiene réplica por su naturaleza celestial. El resto son interrogaciones sin respuesta o que éstas estén en algún recodo del tiempo que ya no será el nuestro tal que supo interpretar Wilkins.
 
En momentos aciagos, dicen, es cuando el ángel nos anuncia la humildad del ser humano. Sólo eso da un resplandor en el particular desconcierto cósmico.
 

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