sábado, 24 de junio de 2017     Síganos en:      

Costa Digital

Habla, memoria / Francisco Cervilla

17 de junio del 2017

Imprimir Noticia | Comentar esta noticia

Paseo por la feria del libro de Madrid. En una de las casetas encuentro una biografía recién publicada sobre María Teresa León, gran olvidada en vida y en muerte, cuya portada capta mi atención:”Palabras contra el olvido”.

Nada mejor para rescatar a la autora de “Memorias de la melancolía” que las palabras. Esas mismas que al final de su vida le huyeron, cuando el olvido devoró su memoria y el lenguaje se le ausentó.

La vida enseña que lo que ha sido existencia viva, real, desaparece como un aliento, se esfuma como una suave brisa sin más posibilidad de presencia que el recuerdo que la conserva en la memoria, donde el olvido acecha.

Palabras, memoria y olvido, entrelazados, organizan las vías por las que discurre el sujeto.

Cuando Nabokov publicó su autobiografía la llamó “Habla, memoria”. El título escogido indica la manera en que el escritor tomó su memoria: como un tercero, una alteridad a la que se dirigía con una petición: dime, cuenta, háblame de mí.

Bastó que se pusiera a escribir para que la memoria filtrara sus recuerdos, encadenados o no, las palabras se organizasen sobre el papel  y el autor construyera un hermoso libro de relatos puntuados por los olvidos, las omisiones y la fabulación.

Suponiéndole a su memoria un saber olvidado, Nabokov, la hizo hablar mediante la escritura.

Escribir/crear es un acto casi mágico, fortuito, nuevo cada vez, que  impulsa al escritor a rastrear los límites del lenguaje, a arañar con las palabras el telón de la memoria hasta llegar a sus fronteras: el vacío, el olvido, lo indescifrable. Lo impulsa, diría Vila-Matas, a explorar tenazmente el abismo.

Sabiéndola imprescindible, constituyente del sujeto, Freud afirmaba que la memoria no es fiable, atravesada como está por los túneles que cavan el deseo, el placer y su más allá, los síntomas psíquicos, los recuerdos encubridores, la represión, el silencio, los capítulos censurados y tachados de la propia historia.

Frágil, insolvente y necesaria prestamista de recuerdos, la memoria es un tesoro inexacto de huellas, una aproximación enredada en las raíces desordenadas de la existencia que se extienden desde las oscuridades que llamamos origen. Lugar tapiado con la ficción, la leyenda, el mito.

La memoria es, no obstante, el registro de la existencia en el que el hombre busca su identidad, o lo que se entiende por ella. Y allí residen el significado y sentido de su vida.

Que sea registro no la convierte en archivo estático de acontecimientos o experiencias del pasado del que se pueda recuperar lo que se precise. La memoria, como la vida, se mueve.

El pasado se perdió para siempre, lo que existió ya no existe más, y la memoria cuenta una reconstrucción de ese pasado con las claves del momento presente, según los derroteros de la subjetividad de cada sujeto, a la vez que dirige su mirada hacia el futuro.

Y con esa tramoya, el hombre, fabricante de palimpsestos, va elaborando su historieta. Esa narración que lee, borra, repite, construye hasta el fin de sus días, que es cuando la novela acaba. Sólo la muerte, señalaba Vila-Matas hace unos días, termina la novela.

El hombre está hecho de palabras y la memoria son palabras. Así pues, nada mejor que las palabras contra el olvido, pero palabras también para el olvido: para remar hacia el presente, como decía Felisberto Hernández, para salir del tic tac del reloj, del desierto, de la neblina, para poder apartar la gélida y árida ventana que un insondable instante abre y agujerea la vida.

Francisco Cervilla