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Educación, ¿hay alguien ahí? Juan Bolívar

16 de junio del 2020

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Educación, ¿hay alguien ahí? Juan Bolívar


No sé si se han fijado en que el gobierno en estos último tiempos ha regulado, incluso hasta la confusión, casi todo lo referente a nuestra vida. Desde qué podemos hacer en una discoteca hasta el espacio de playa que nos pueda corresponder,  pero, sin embargo, cómo regular la apertura de los centros educativos no hay forma que consiga el consenso. Es sintomático, como he leído por ahí, que en  la respuesta a la pandemia lo primero que cerramos fueran las escuelas y que probablemente sea de lo último que vayamos a abrir.

Durante estos meses de confinamiento hemos visto que:
-    Los estudiantes han estado recluidos, sin socializar, sin poder expandirse, recibiendo una formación deficiente. El confinamiento, de los niños especialmente,  ha resultado claustrofóbico y de hecho yo conozco algunos casos que por culpa de ese aislamiento social han desarrollado “el síndrome de la cabaña”. Para los adolescentes ha sido un infierno pues en esa etapa de la vida el contacto con los amigos es primordial y se les ha privado.
Por destacar un aspecto positivo de esta pandemia, creo, es que nuestros escolares han descubierto que asistir a clase no es una maldición bíblica, sino que les aporta unos valores no solo educativos sino socializadores de los que no eran conscientes antes de haberla sufrido.
-     Los padres se han sentido estresados y muchos de ellos desbordados por la situación familiar creada en la que han tenido que conciliar su función familiar, con la  laboral y la educativa y evidentemente no todos los padres tienen las mismas posibilidades, los mismos recursos de tiempo, formación, interés, acceso a libros o tecnología y por tanto lo han proyectado en sus hijos.
-    El profesorado, en gran número, ha estado sobrepasado por un tipo de enseñanza para el que no contaban ni con las herramientas ni la preparación exigidas, han debido improvisar en muchos casos y, por supuesto, se les valora el ejercicio de voluntarismo con el que han intentado salvar el curso de sus alumnos pero lo han conseguido en algunos casos aunque  no en gran medida. De hecho recuerdo una frase de Paulo Freire cuando aseveraba que “enseñar no es transferir conocimiento, es crear la posibilidad de producirlo”. Estoy de acuerdo con los que defienden que debemos apostar por un aprendizaje interactivo que abandone los modelos tradicionales basados en clases magistrales y memorización de datos.

Evidentemente con no el mejor de los panoramas, hete aquí que el inicio del próximo curso se acerca y uno, incauto, pensaba que nuestros dirigentes habían aprendido la lección, nunca mejor dicho, pero observamos con cierto asombro como la señora ministra de educación hace una propuesta y el oculto ministro de universidades la contraria, por su parte  los consejeros autonómicos, que tienen las competencias en esta materia, van por su lado intentando sacar rentabilidad política. Por hacer referencia a lo cercano qué opinión les merece la propuesta de la Consejería de Educación y Deporte de Andalucía de que (casi) todo el peso de la planificación y organización del nuevo curso escolar, el primero de la era postcovid, recaiga en los equipos directivos de los centros.

Efectivamente no se sabe cómo  regular esa famosa “presencialidad”, término que están usando ahora para hablar de la forma de regular la asistencia de los estudiantes a los centros. Han observado qué capacidad tienen nuestros dirigentes de generar palabras y expresiones, con cierto tinte orweliano, para disimular, quizá, la falta de propuestas desde el  acrónimo “COVID-19” pasando por “vector”, “distancia social”, “aplanar la curva” para llegar a “desescalada” o la dichosa  “nueva normalidad”.

Hay muchas razones para apelar a que toda la sociedad en general y nuestros dirigentes en particular apuesten de una forma decidida por darle a la educación  la importancia medular que tiene como nos recuerda el valorado J. A. Marina cuando dice:“O aprendizaje o marginación”. En fin.