La inocencia de Juan Carlos I / José María Sánchez Romera

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Tenemos armado un notable guirigay con las andanzas reales de Don Juan Carlos I en relación con la fase ya declinante de su reinado. Nada que cualquier proceso existencial no haya recorrido: del esplendor a la miseria (sea cual sea en la forma en que ésta culmine). Por eso es injusto congelar el tiempo en un instante cuando de trayectorias, políticas además, hablamos. Felipe González no es el GAL ni la corrupción que arrasó la última parte de su mandato, fue mucho más y bueno. Fidel Castro no fue sólo el barbudo revolucionario que llegó a La Habana el 1 de enero de 1.959 para liberar a los cubanos del dictador Batista, luego él implantó otra dictadura. Juan Carlos I también fue el que renunció en favor de los españoles y de la democracia todos los poderes que Franco le había transferido y empeñó desde el primer momento del reinado sus esfuerzos a la reconciliación de todos los españoles. Hubo momentos muy brillantes durante su ejercicio de la Jefatura del Estado representando a España en el exterior con notable éxito. España, lo decían entonces los propios socialistas, con Juan Carlos I de Rey y Felipe González de Presidente del Gobierno, “estaba de moda”. Para los que ignoran lo que no han vivido y tampoco han llegado a aprenderlo: un respeto, el mundo no ha empezado con vosotros y ocurrieron cosas muy buenas que permiten hoy que muchos gocen de una vida muelle y acomodada.

Lo cierto es que los procesos políticos e históricos no están predeterminados, como decía Marx, son las crisis las que algunos grupos sociales o políticos usan como acelerantes para impulsar cambios en el curso de la historia. El propio Lenin no creía en la capacidad de vanguardia del proletariado por sí mismo y postulaba (Qué hacer) que una selecta inteligencia revolucionaria debía marcar los ritmos del movimiento hacia el socialismo. Marx sostenía que llegar a la sociedad socialista era inexorable, pero está claro que Lenin no se lo creía. Por eso, dicho sea de paso, Lenin no planteaba una teoría política sino una praxis para la toma del poder. Los problemas personales de Juan Carlos I son vistos por algunos grupos políticos como hecho desencadenante para cambiar el régimen tratando de cuestionarlo por ciertos comportamientos inmorales que se atribuyen a quien encarnó la monarquía parlamentaria en un momento dado. Pero la persona no es el sistema y viceversa, el sistema no se invalida por las debilidades de su transitoria encarnación. En su momento cenital hubo un exceso de juancarlismo y poco monarquismo democrático, hoy se excede la crítica a la monarquía por el comportamiento atribuido al ex-Rey. Si aplicáramos los mismos principios, los republicanos deberían abandonar la idea de proclamar una tercera república habida cuenta de cómo cursaron y terminaron las dos anteriores.

Pero en todo esto hay algo más. Los actos atribuidos al ex-Rey con ser de carácter personal y no político necesitan de un plus de pruebas que no sean las seleccionadas convenientemente para ser filtradas después a la prensa. Las declaraciones que “les liaisons dangereuses” en su venganza contra el ex-Rey que están teniendo tanto eco mediático deben acogerse con muchas reservas, aunque justo es reconocer que al andar con una especie de Linda Lovelace el Monarca debió imaginar que al final lo mencionaría en su libro. Esas acusaciones requieren pruebas debidamente contrastadas en las que el interpelado, si es que se supera el óbice de la inviolabilidad, pueda defenderse. El problema de Juan Carlos I es que no puede hablar, no puede hacer como cualquier político al uso, irse a la televisión y defenderse, sea con verdad, con mentira o mezclando ambas.

Pero sin que se tome esto como una “boutade” me parece que hay un argumento exculpatorio para el ex-Rey de notable importancia. La inveterada pulsión de las casas reales, hoy ya casi en desuso, por contraer nupcias entre parientes cercanos de forma reiterada ha tenido sus consecuencias. Podemos ver por ejemplo cómo la casa de Austria española repetía esa costumbre de casarse con primas y sobrinas, así lo hicieron Carlos I, Felipe II, Felipe III y Felipe IV y por eso llegamos a Carlos II (por mal nombre “El Hechizado”). Las taras genéticas que la reiterada consanguinidad de sus predecesores se iban transmitiendo de unas generaciones a otras estallaron en aquel pobre hombre más allá de que naciera rey. La rama española de los Borbones reporta desde Fernando VII patrones de conducta muy constantes y conocidos que reinando llegaron hasta Alfonso XIII. Los padres de Juan Carlos I, eran primos, él es por tanto Borbón y Borbón, si alguna falta de las que se le atribuyen llega a demos-trarse, no le pidan cuentas al interfecto sino a sus padres que jugaron a la ruleta rusa con la genética. Alguien debería haberles hablado de un tal Mendel.