A pie de foto / A kissfake

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A pie de foto / A kissfake

Ya hace cuarenta años de un veinte de julio cuando al amor lo creímos eternos en esa eternidad bobalicona, bendita ignorancia de la juventud. Aquellos besos se quedaron en la foto de cuando queríamos ser Robert Mapplethorpe. Y poco a poco los besos ansiosos, salivosos y lenguaraces de aquel bolero han ido impregnando su recuerdo con esa pátina amarillenta de sábanas de hilo de noche de bodas guardadas en un baúl.

No sé el por qué esa foto es la elegida o puede que el agua de la vida viene ya fría como lo es la luz del quirófano antes de que el anestesista te guie hacia un profundo sueño donde la carne no existe. Luz fría con estilete fatal del tiempo sobre un rostro que fue de ese momento y no de otro. Morimos cada segundo con esas células que se fagocitan o definitivamente con la que termina ganando la batalla, mientras la vida nos va trasformando, mutando, descamisando, olvidado en un ser lejano que de volver ¿conoceríamos?

Hoy el papel, o la mirada, está de turbión del tiempo que le ha llovido (20/7/1980 se consigna en el reverso), gastado de miradas e inventario de futuros que no fueron. Sin embargo, y pese a que vinieron otras fotos de otros rostros, ese gesto fue el único beso que no nos dimos, impostado para el momento, en aquel vicio de nuestra piel de entonces y, paradoja de la vida, al cabo del tiempo es el que más vivamente recuerdo.

Probablemente en la muerte ya te habré olvidado, y en esa fotografía nadie reconocerá el olor de tu piel que ya no se puede desprender, la fiebre que nos dominaba sin querer en aquella noche en la que en sordina se oía Soy lo prohibido, la que ahora oigo cuarenta años después. Su final: un cartoncillo arrugado que alguien arrojará al fuego cuando ya nadie hable de nosotros.

Javier Celorrio