A pie de foto / Llegan los cines de verano / Javier Celorrio

 

Nada tan fantástico para la fábrica de sueños como el paño enjalbegado de los cines de verano cuando si en el cielo había estrellas, la pantalla proyectaba toda la luminaria de los dioses y diosas con sus narrativas históricas o seculares pero de eternidad comprobada y, de tan mágicas, capaz de convertir un sencillo muro en ámbito de los olímpicos con sus aventuras, amores sellados en largo beso de tornillo y en todos los sueños de una noche de verano cumpliendo los deseos de las fugaces en la hoguera de estrellas que nos cubría.

Hubo un tiempo que la pantalla expulsaba, con el jazmín adherido a sus muros, la cotidianidad de la vida y su quejumbrosa realidad haciéndola comulgar con el salitre del mar cercano que personajes y espectador respiraran de la misma liturgia en perfecta igualdad. Nada hacía más real aquellas ficciones, nunca tan consciente el subconsciente freudiano en la ganga fantástica de la ficción proyectada sobre el lienzo de pared, jamás herramienta de sanación más eficaz, para reparar química y física enervada, que aquellas noches en las que los reflejos Tiffany en el mar, que entonces creíamos de todos los veranos, se acompañaban de bandas sonoras con las que en el futuro, que ya es hoy, sedamos la nostalgia.

Allí, en esos espacios que iluminados eran de interior rudimentario, una vez la luz se apagaba la utopía tomaba protagonismo en el foco que se expandía entre público y la oscuridad del cielo para estrellar su fulgor contra la pantalla y, entonces, lo soñado y lo deseable nos convertía en utopistas ajenos por unas horas al disgusto de la realidad que nos cercaba. El viaje, pues viajero es también el espectador, nos proponía rutas que abarcaban todas las posibles en el túnel del tiempo. La maquina de los sueños se ponía en marcha y podíamos ser terriblemente modernos recorriendo media Europa y media vida con «Dos en la carretera» o futuristas vía comic sin distopía con «Barbarella» o conocedores por primera vez de Isadora Duncan disfrazada de Vanessa Redgrave, cuya ambigüedad supo administrar la publicidad con aquella simpleza de «Isadora es Vanessa y Vanessa es Isadora», en definitiva un tanto monta monta tanto de cara a la taquilla y de cuyo tándem, actriz y bailarina, ninguna salía vencedora. Acaso, ganó la tendencia que impuso moda, en el ya entonces decadente Swinging London en el principio de los setenta, de los chales de muselina.

Obvio, que ya nada puede devolvernos aquellos esplendores en la hierba (nuestros esplendores, que no los que tengan hoy los jóvenes que con el tiempo serán también añoranza), pero su esencia siempre la rencontraremos  en esas noches en las que las estrellas es unívoco techo que marca la ruta al País de Nunca Jamás, a las Islas Afortunadas o a los Campos Elíseos donde por unas horas vivir a cielo raso, alejado de presiones incómodas, de dependencias obligadas o de normas rigurosas que afectan perfección, la materia de los sueños: lo ideal, lo soñado, lo deseable.

Afuera de los cines de verano siempre hizo frío.


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