A pie de foto / De vacaciones? A Balmoral / Javier Celorrio

 

Un periódico de tirada nacional se preguntaba esta semana que «algo ocurre en España cuando se ha normalizado la mentira con tanta resignación como capacidad de aguante tiene el ciudadano».

Ese aguante puede interpretarse como posición neutra en una deriva dúctil y al caso maleable y en la que cualquier salida de ese tiesto de cromatismo anodino se tacha de fascista. Es decir, cualquier crítica al sistema vigente de poder, al negacionismo de aceptar la proclama populista de un gobierno que esparce lenitivos mientras encabrita al contribuyente con los mismos maná de falacias de ayudas económicas y sanitarias que nunca son efectivas, es tachado o sospechoso de dicha ideología tanto desde las altas instituciones como por los secuaces oficiosos y clientelares en la estructura piramidal de la misma.

Lo neutro es por definición neutralizable y en ello mediando artimañas que determinan cansancio, reutilizable. Todo poder, del cariz que sea, aspira a una sociedad sin aristas, uniforme y perfectamente permeable a cualquier herramienta capaz de moldear a su antojo la plasticidad sin resistencia y temerosa ante cualquier represalia que pueda aniquilar la tranquilidad de su existencia.

Así, guste o no es la naturaleza del poder, su ordeno y mando propio en cualquier autarquía. No obstante, es el sistema democrático quien de facto coarta ese imperioso deseo poniendo en práctica determinados resortes que frenan y regulan las ansias desmedidas con que algunos interpretan mando y consiguientes prebendas otorgadas al cargo por aquellos mismos a quienes quieren imponer vasallaje, confundiendo éste con el arbitrio de derechos y obligaciones para los que fueron elegidos y arrogándose capacidades organizativas direccionadas a derivar en postura totalitaria no sin antes maquillarla con argucias bien diseñadas y argumentadas de cara a los canales de comunicación en calidad de ocultar el verdadero propósito.

Mientras, el ciudadano neutro no alcanza a definirse o posicionarse desde su buena disposición (ingenuidad o mas bien miedo taimado) a aceptar por bueno aquellas decisiones tomadas por quienes supone garantes de su estabilidad y buen gobierno, y sin saberlo va a acomodándose a comulgar con ruedas de molino el desaguisado que se perpetra en las altas esferas de quienes gobiernan hacienda y vida, bien por propósitos ocultos o por sandez manifiesta. Ejemplos en la Historia haylos con demasiada frecuencia que han derivado en tragedia con el correspondiente dolor, miseria y sangre también para los neutros. El resultado, cuando se descubre el pastelazo: un mea culpa colectivo que aunque alivia no remedia señalando para los tiempos, a aquella generación muda, en la pregunta ¿cómo callaron y por qué aguantaron?

No pienso que esos extremos sean los actuales, pero sí creo por tangible que estamos viviendo época de cambios y que éstos siempre suponen revulsivo y oportunidad para quienes tienen por divisa «a rio revuelto ganancia de pescadores» desde sus artes bien cosidas de populismo, que no de inteligencia ni criterio tal como toda mutación debe suponerse.

Cualquier sensatez no es lo que impera en estos tiempos de pandemia y sí un extenuante galimatías que parafraseando al columnista de un periódico de hoy sábado está fundamentado en el contraste existente entre lo que nuestro Sánchez dice que hace y lo que no hace, asunto fascinante y herramienta recomendable en comedia de enredos, pero que en la vida de los no neutros parécenos «muy» preocupante.

El desmán, el abuso, el latrocinio, aberraciones varias se han instalado en el transcurrir del día, pero no estoy tan seguro que ese cansancio que su cotidianidad provoca sea lo suficientemente fuerte para levantar protestas, cuando en el gris neutralizado en que vivimos estamos más pendientes de qué nos dejarán hacer los padres Escolapios durante los días no lectivos de la Semana Santa. Por el momento me gustaría pasarlo con los Windsor en Balmoral que siempre tiene su toque british, lejos de Cantora y sus sicofonías.


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