Hasta hace no tanto, creía —y aún no estoy del todo seguro de haber dejado de hacerlo— que los fantasmas existen. Que los llevamos a cuestas. Aparecen y desaparecen en el instante más banal: mientras untamos una tostada o en el descuido mismo del acto sexual. Con cada año que cumplimos, esos martinicos invisibles se multiplican. Algunos nos acosan, nos interpelan, no callan jamás. Dialogan con nosotros inyectándonos en vena un chute de mala conciencia: aquel viaje a la selva Lacandona que un día prometimos y nunca hicimos, o aquella vez que los mandamos a la mierda sin más explicación. Bastaría un plato sopero —por no decir toda la vajilla— para contener sus monólogos insulsos, opacos, vacíos.
Pero los peores son otros: los que se presentan de súbito, sin haber dado jamás señales de vida. Con sus recuerdos nos arrojan, sin previo aviso, a los brazos de un ejército de zombis interiores. A esos sí los reconocemos, y con persistencia cruel nos obligan a recorrer los mejores y los peores momentos que vivimos junto a ellos.
Uno de esos fantasmas se me apareció hace unos días mientras paseaba en busca de una fotografía —o, más exactamente, al encuentro de ella—. Me saludó. Pensé que querría preguntarme por una calle o pedirme una foto con el teléfono, con el crepúsculo como telón de fondo. Pero no. Me preguntó si yo era aquel a quien había conocido un día, dando por hecho que él sí era, sin duda, aquel a quien yo había conocido.
Las técnicas de la educación —esas maneras pulidas que a veces adornan las más umbrías vilezas— me condujeron a la impostura. Fingí un intento de reconocimiento, apelé a la mascarilla, al tiempo transcurrido, a la erosión inevitable de los años, para acabar sugiriendo, con estudiada llaneza, que quizá se tratara de una confusión.
Sin embargo, cada pista que ofrecía me obligaba a descender a mi catacumba interior, ese lugar donde habitan todos los aparecidos y que siempre imagino como una cueva tenebrosa en el rincón más oscuro de la geografía del cerebro. Cuantas más señales daba —hasta el punto de descubrir la parte inferior de su rostro al retirarse la mascarilla—, más fantasmas revoloteaban por mi cabeza. Y, paradójicamente, más convencido estaba de que a aquel hombre no lo conocía de nada, o al menos no lograba atisbarlo entre los espectros de aquel “entonces” del que hablaba con tanto empeño.
Puse fin al desatino señalando mi muñeca desnuda de reloj: un gesto universal y socorrido que denota prisa, incluso cuando no la hay.
Mientras me alejaba, me asaltó una inquietud casi paranoica. La posibilidad de estar rozando un principio de Alzheimer me hizo dudar de mí mismo. ¿Cómo no había reconocido a alguien tras aquella mochila repleta de recuerdos compartidos que había desplegado ante mí? Lo cierto es que se jodió la tarde fotográfica que había imaginado, y el baile tenebroso no dejó de bullir en mi cabeza. ¿Y si se trataba de alguien que significó mucho en mi vida y cuya huella la enfermedad había borrado para siempre?
Recordé entonces la historia que cuenta Wiesenthal sobre su novia de Marrakech: aquella tarde en la plaza Djemáa el-Fna, muchos años después de la ruptura, cuando sintió unos dedos que le escribían en la espalda, en árabe, la palabra gracias. Al volverse, solo alcanzó a ver los ojos verdes de una mujer elegante que se alejaba acompañada de dos muchachas jóvenes. Y entonces supo quién era.
Fue en ese instante cuando mi desconocido tomó cuerpo en la obra. Claro que lo recordaba. Aunque nuestro encuentro de entonces fue breve, muchas veces me había preguntado qué habría sido de él y por qué derroteros habría discurrido mi vida de haber seguido a su lado. Pero la apariencia de antaño no había podido evitar la muda de la serpiente. La camisa nueva —tejida por el tiempo y sus avatares— era ya otra música en ese océano de energía que, según ciertas creencias, se devora a sí mismo por el puro placer de crear.
Él y yo coincidimos y armonizamos. Y también cumplimos nuestra misión en esa danza de la vida, en las oleadas de cuerpos que fuimos y que ya no somos ni seremos, conforme a esa mutación que decreta la sabiduría oriental. ¿Añoranza? Tal vez. ¿Nostalgia? Acaso. ¿Aceptación? Lo más probable.
Aquí reside la elegancia última del texto: comprender que no reconocer al otro no siempre es olvido, sino fidelidad al cambio. Que remover los rescoldos de un fuego extinguido —amistades, amores, versiones de uno mismo— suele ser un trabajo inútil. Y que solo queda aferrarse a la belleza que persiste en el recuerdo, como escribió Wordsworth y como el cine nos enseñó cuando aún nos daba lo mismo ser Natalie que Warren.
Por eso recomendamos este texto para la ocupación semanal: para leerlo despacio, quizá en soledad, y aceptar que tal vez lo más honesto sea dejarnos allí donde aún somos, suspendidos —sin culpa— en eso que llaman la música de las esferas.







