Clásicos para el verano
No sabía si reanudar estas mañanas en el patio del último verano. Tampoco sabía sobre qué escribir. El año pasado hablamos de los libros que iban llegando. Y en esas dudas estaba mientras volvía a los subrayados del libro de Nuccio Ordine (Clásicos para la vida) cuando se cruzó, no sé cómo, un artículo de una profesora de Filología Clasica, Marina Solís de Ovando. Habla en él de su decidida vocación por los estudios clásicos y recoge una anécdota. Gabriel Plaza obtuvo la máxima calificación en las pruebas de acceso a la Universidad (EvAU). Cuando dijo que pensaba estudiar Lenguas Clásicas, se armó un revuelo. Esto ocurrió hace dos años.
La decisión de Gabriel Plaza le acarreó al muchacho burlas, descalificaciones y advertencias sobre el negro porvenir que le esperaba. Decidió cerrar sus cuentas en las redes hasta que pasara la tormenta. No voy a reproducir “sandeces de cuñao”. Sergio del Molino respondió con acierto en un artículo sobre el asunto. He de decir que la mayoría de opiniones que leí en los medios eran favorables a la decisión del estudiante. ¡Que estudie lo que quiera y sea feliz!
Pero hubo tres comentarios que me llamaron la atención. Uno era una estudiante, de expediente máximo también, que cuando fue a matricularse para estudiar Magisterio, el funcionario le preguntó: ¿Se lo ha pensado bien? La segunda opinión es de otra estudiante que afirma que es normal que los alumnos de letras tengan mejores notas, pero en ciencias no es igual, es algo más que codos. Tampoco vale aquí argumentar contra la ignorancia manifiesta. La tercera cita es más sutil. Aparecía en un periódico. Alababa las altas notas de Gabriel y añadía: “A pesar de ello (las altas calificaciones), quiere estudiar clásicas”. Ese a pesar de ello es una de esas frases que nos dejan desnudos. ¡Tanta inteligencia para algo tan inútil! Venía a decir.
Sobre ese utilitarismo escribe la profesora Marina Solís de Ovando y sobre esa misma ceguera escribe Ordine en su libro. Vulgaridad, la llama él en un capítulo de su ensayo. Se pregunta: ¿Qué tiene que ver el petróleo con los bienes culturales?
En cierta ocasión hablaba a mis alumnos de bachillerato sobre la Égloga tercera de Garcilaso (el dulce lamentar de dos pastores…). En la clase siguiente, todavía los atormentaba con la perfección y la belleza de ese poema. Un alumno, con total inocencia, me espetó: Tomás, que dice mi padre que para qué sirve estudiar a Garcilaso. Dile a tu padre que estudiar a Garcilaso sirve para que tú no seas como él.
Mi primer encuentro con los clásicos no fue muy afortunado. Empecé a leerlos en el orden en que aparecían en los manuales de Bachillerato, Esquilo, Sófocles y Eurípides, en la editorial Porrúa de México. Y claro, estaban traducidos a las peculiaridades idiomáticas de ese país. Me ocurrió lo mismo en la primera ocasión con un clásico moderno, el Ulyses de Joyce. En un capítulo un personaje, una mujer, llega a su casa y deja la pollera en el respaldo de una silla. Estaba leyendo una traducción argentina. Así que no volví al Ulyses hasta la traducción de José María Valverde. Y olvidé a los clásicos. Ahora hay excelentes traducciones como las de Gredos y Cátedra (Letras Universales) y algunas más. Elegir una buena traducción, bien comentada, es muy importante. Que un sabio como Rodríguez Adrados o García Gual nos guíen en la lectura es un lujo.
Hay muchas opiniones que he ido leyendo estos días sobre la utilidad de los clásicos. Yo creo que su grandeza no necesita justificación alguna. No la necesitaron la profesora Marina ni el estudiante Gabriel. Dicen que en el entierro de Shakespeare, su amigo Ben Jonson afirmó: Sabía poco latín, nada de griego, pero los dioses le hablaban al oído. Así hablan también los clásicos. Y están ahí, al alcance de la mano.
¡Feliz verano!
Tomás Hernández





