Al hilo de las horas / Estas cosas del turismo

 

Aquí el otoño no tiene al ocre o amarillo como supremos en la paleta de colores; aquí el mar se aviva con el poniente y pone vetas en el agua de zafiro al esmeralda. Este es el sur que a nosotros es cotidiano y al visitante empapa de prodigio y fascinación y que en esencia nos vende. Y no obstante, persistimos en convertirnos en sucedáneos de otras paisajes, costumbres y latitudes soslayando esa singularidad única que hacemos de menos mediante cirugías semejantes a esas operaciones plásticas que convierten facciones graciosas en rostros seriados. Paletismo que desdeña la curva por la línea, lo natural por lo remilgado, el olfato por la anosmia. Al caso la manía de ser tropical a toda costa y querer emular las playas caribeñas con isletas de palmeras en las playas que cada vez se quieren más extensas y de dorada arena. Llevamos tiempo suplantando al genius loci propio por el homólogo de otra geografía. Y en razón a ese «modernizar», al que tanto aluden en eslóganes publicitarios imposibles, despreciar la raiz del arbol que nos sostiene, y sobre el que hemos madurado, para construir estructuras que, productos de la moda, carecen de cualquier empatía con el entorno. Se nos dirá que fue el progreso económico el demandante, pero no se contabiliza que benefició a pocos el despropósito de hacer caja a corto plazo.

Decía Pla que hay que creer en la verdad de lo local. Era una advertencia sobre la necesidad de mantener lo esencial sobre falsos progresos, que no es lo mismo que avanzar y mejorar esa verdad. Ahora todo es un catálogo, una franquicia, un no estar a donde creías ir. También es cierto que el viajero desapareció y se impuso el turista como cifra en la caja registradora y que éste tiende cada vez más al metaverso.

En los últimos días veo mucho a Vejer de la Frontera, el pueblo gaditano, en revistas de decoración y como escenario de películas. A mi parecer la localidad guarda en su urbanismo, en el encalado de sus calles, el interiorismo de sus casas una identidad que al final es un seguro a largo plazo. Siempre lo menos es más y como Norman Douglas decía en «Viento del Sur», el resto puede parecer bastante sobrecargado.

Me cuentan de un ebanista que empezó a imitar los muebles Ikea; obvio, que él carecía de la técnica y la gran manufactura industrial de éstos. Al fin el producto era el mismo, pero el precio era triple. Terminó arruinándose y tirando por tierra la pequeña fortuna que la familia había almacenado, durante décadas, haciendo sillas de enea, alacenas, mesas camilla, taquillones o armarios de pino: produciendo verdad.

Foto y texto Javier Celorrio

 

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