La revista de Almuñécar y la Costa Tropical

Al hilo de las horas / Ya viene el 7 de septiembre…

 

Carpeta J. Celorrio

Ya viene el 7 de septiembre, es el ciclo natural que nos contiene, cuando los montes que rodean Almuñécar y La Herradura  brillan de hogueras y todo anunciaba, cuando entonces, que el verano con sus tradiciones se iba y había que imponer los usos del invierno y preparar los hogares, tras el ciclo, para el que se comenzaba limpiando de rastrojos hacienda y vida.

Candelas del día 7 que redondea de oro la tarde rociando de temprano membrillo el aire, de color grana el cielo de sus atardeceres y pequeñas lenguas de fuego los montes de su paisaje. En este trance de la tierra, ya esta todo empapado de las jornadas de sol del verano y la naturaleza muestra el hastío de la luz en ese primer frescor que procura la amanecida. Es entonces que las cabras rastrean aburridas los barrancos y se advierte esa primera tristeza que preconiza el equinoccio de otoño que ceñirá a la tierra con la oscuridad del Hades. Cuando entonces, los dioses se plegaban a la morada olímpica dejando a los mortales el beneficio del fuego, a cuyo alrededor narraban con nostalgia, en prados y orillas, sus encuentros carnales con los de estirpe inmortal mientras alimentaban sus hogueras con los restos resecos del festín del verano.

Hoy es difícil poder descubrir ese calendario con broza y despojos en vísperas de liturgias marianas, motivo actual de la celebración aunque a no dudar que sus consecuencias ceremoniales vienen de mitologías anteriores. Pero aparte connotaciones religiosas, la trama festiva contaba con el factor eminentemente agrícola del desbroce o catarsis.

Marina Playa

También, el abandono de esta tradición deba gran parte del olvido al cambio en las tradicionales maneras de convivencia social del campo y a la mayor movilidad de los jóvenes de ahora, que son quienes pueden dar cuerpo y continuidad a esos encuentros festivos que anuncian el otoño. Otros apuntan que la perdida de la tradición se debe a una mayor vigilancia de las ordenanzas sobre el encendido de estos fuegos que pueden provocar incendios forestales en época donde el campo lleva una sequedad extrema. Hombre, esto puede influir, pero el desafecto a la singularidad en época de homogenizar los usos sociales son a mi parecer las termitas que han ido destruyendo la costumbre o que a cada tiempo lo suyo que dice el refranero.

Pero en memoria de mayores, queda el recuerdo de aquellos días de las lumbres cuyos preparativos comenzaban tres días antes con la elaboración de comidas, dulces. Luego, en aquella noche, se recorrían diferentes cortijos y cortijadas todas con sus lumbres. Y en torno a ellas,  donde ardían materiales heterogéneos abundantes en rastrojos y hojas de penca secas que son de gran combustión, se comía migas o carne adobada acompañada de sangría o vino del terreno, mientras bailaban hasta la madrugada el fandango cortijero. En aquellas noches los jóvenes se echaban la primera mirada, se decían el primer compromiso o se perdían bajo el aroma de las higueras en su segunda floración de breva a higo.

Dejemos que su realidad sea literaria, pues sé bien que las recuperaciones de antiguas usanzas suelen ofrecer un atrezzo insoportablemente institucional y folclórico. Y citando a Vila-Matas o al hermano de Antonio Tenorio, o a algún alterego de ambos, «la nostalgia de un lugar sólo enriquece mientras se conserva como nostalgia, pero su recuperación significa la muerte».

Javier Celorrio

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