La revista de Almuñécar y la Costa Tropical

Al servicio secreto de su majestad

Hace unos veinte años el Gobierno del Partido Popular presidido por José María Aznar decidió conceder el indulto a Javier Gómez de Liaño, juez instructor de la Audiencia Nacional que trató de procesar a Jesús de Polanco, dueño de PRISA (léase El País y todo su conglomerado mediático) por una cuestión atinente al manejo de las fianzas que los abonados de Canal Plus depositaban para garantía del decodificador que se les proporcionaba por la compañía para poder acceder al canal. El magistrado fue el que acabó procesado por prevaricación, después condenado por dicho delito y posteriormente amparado por la justicia europea. El indulto quiso envolverse en un celofán tan grueso como mil cuatrocientos cuarenta y dos indultos más, otorgados de una tacada, ratificando que existe una mala conciencia que respecto de sus propios actos, incluso los buenos, aqueja a la derecha española. Como es fácil adivinar el burladero buscado mediante aquel indulto-masa no sirvió de nada y la izquierda convirtió aquello en el escándalo correspondiente.

El Consejo de Ministros ha dado a conocer una batería de decretos por los que se concede la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III a veintitrés personas entre exministros y otros cargos institucionales, uno de los cuales ha sido Pablo Iglesias. Observando los nombres de los designados da la impresión que la anacrónica distinción de algunos del Partido Popular, que dejaron los cargos hace tres años o más, algunos que han dejado de serlo recientemente sin pena ni gloria y otros en función de sus responsabilidades actuales, han sido como en el caso de Gómez de Liaño, el envoltorio de presentación del realmente distinguido que no es otro que Don Pablo Iglesias Turrión. Los nombres de algunos de los favorecidos que cesaron por razones no muy edificantes, ratifica la búsqueda de la confusión que genera lo tumultuario.

La distinción conforme a sus normas dota de reconocimiento público los servicios que el nombrado haya prestado a la Nación y por ende a su encarnación constitucional, la Corona, porque además se trata de una condecoración de tradición monárquica ya que fue creada, como su nombre indica, por el Rey Carlos III. Resulta por ello paradójico que se otorgue precisamente al Sr. Iglesias esa Gran Cruz cuando, no ya antes de ser miembro del Gobierno, sino durante su estancia en el Consejo de Ministros, ha sido el político que ha encabezado el cuestionamiento de la Monarquía y postulado abiertamente su abolición. Debe entenderse, como no puede ser de otra forma, que el Sr. Iglesias tiene todo el derecho democrático a promover la República para su país y considerar que es el régimen más adecuado para España. Pero resulta ciertamente chocante que la alta consideración que esta distinción supone por los servicios prestados desde su cargo ministerial se materialice mediante un título de tan acentuadas connotaciones monárquicas. No obstante, como en casi toda aparente incongruencia, siempre queda considerar alguna otra alternativa.

En 1.969 se estrenó la película “Al servicio secreto de su Majestad”, nueva producción de la saga de James Bond, protagonizada fugazmente por el modelo australiano George Lazenby, al que acompañaban la malograda Diana Rigg (recordada por la serie Los Vengadores y por su última aparición en la excelente “El velo pintado) y el popular Telly Savalas, muy conocido en España por la serie “Kojak”. Ello unido a una fotografía notable y el inolvidable tema de su banda sonora “Todo el tiempo del mundo”, interpretado por Louis Armstrong, no libraron a la cinta de un estrepitoso fracaso comercial debido sobre todo a la ausencia de su icónico primer protagonista, Sean Connery. En la cinta, el agente secreto británico, héroe anónimo por oficio y necesidad, salvaba al mundo desbaratando el siniestro plan de una organización criminal haciéndose pasar por un inverosímil ratón de biblioteca de casi 1,90 metros especializado en investigación genealógica.

Lo anterior se ha traído a colación como preámbulo para plantear la verdadera cuestión: ¿habrá estado Pablo Iglesias al servicio secreto de la Corona y se le están recompensando ahora sus méritos?, ¿habremos asistido a una “performance” republicana del político para ocultar actividades en favor de la Monarquía que no pueden ser desveladas? La duda es legítima. Es verdad que sus posicionamientos, él mismo lo dijo al dimitir, creaban muchas reacciones contrarias y que su pública animadversión por la Casa Real haya podido en realidad beneficiarla. Si todo ha sido un plan cuidadosamente preparado es demasiado retorcido incluso para la infinita capacidad de intriga que caracteriza a los políticos. Pero los hechos son tozudos, lo cierto es que tal beligerancia frente a la Institución Real ha sido muy activa en todo momento y abonan la desconfianza que su elevación a semejante rango protocolario provoca, al que acompaña además una rancia parafernalia, difícilmente imaginable por cierto en combinación con el estilo casual del vestuario de Pablo Iglesias. Es completamente seguro que ha sido consultado para su conformidad antes de dictarse el correspondiente Decreto con su nombre y existiendo otras distinciones no tan específicamente identificadas con la Monarquía que le podrían haber sido concedidas, el asunto se torna aún más propicio para suscitar hipótesis sobre algún tipo de cabildeo. Por eso, y salvo posteriores explicaciones de los concernidos, va a persistir la incógnita del motivo por el cual haya visto reconocida su labor a través de ese conducto. El hecho de que su aceptación se deba a la vanidad por supuesto no debe ser ni considerado por resultar incompatible con su trayectoria.

Es presumible la formulación de interpelaciones parlamentarias de la oposición con aviesas intenciones.

 

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