
Hay en Almuñécar un rincón que resume, como pocos, la fusión entre mar y piedra, historia y vida cotidiana: el Paseo de la Caletilla, o paseo de Prieto Moreno, ese breve y luminoso balcón que se asoma al Mediterráneo con la naturalidad de quien ha nacido para mirar el mar. Se trata, sin duda, de uno de los tramos más emblemáticos de la costa sexitana. Más que un paseo, es una cornisa, una suerte de corniche meridional que enlaza, como espuma, arena y cemento, las playas de Puerta del Mar y San Cristóbal. Al final, coronando la travesía, se alza el peñón de El Santo, un mirador de los que justifican la existencia del paseo entero: desde allí se domina el mar en toda su extensión y los montes que abrazan el pueblo.
No siempre fue así. A comienzos del siglo XX, el paso estaba interrumpido por una lengua de roca que unía el castillo de San Miguel con el roquedal. Era una interrupción que ha dado literatura y especulación, especie de leyendas cercanas a las Mil y una noche. Hubo que esperar a la mitad del siglo para que se derribara aquel obstáculo, poco antes de la construcción del mítico hotel Sexi y con ello se lograra la unión definitiva de las dos zonas: el paseo de El Altillo y San Cristóbal. La ciudad, entonces, empezó a respirar hacia el mar con una continuidad nueva.

En los años cuarenta y cincuenta, la base del Castillo de San Miguel comenzó a poblarse de hotelitos y edificios. Era el signo de los tiempos: el turismo naciente, las modestas aspiraciones veraniegas de una España que empezaba a salir del letargo. Aquel castillo, principal defensa de Almuñécar desde los tiempos romanos, había pasado por todas las metamorfosis posibles: fortaleza árabe, baluarte cristiano y, durante un tiempo, incluso cementerio municipal. Solo en los años ochenta, tras cuidadosas excavaciones, recuperó parte de su antigua función de fortaleza.
La primera gran transformación fue el asfaltado del camino y una balconada de balaustres que permitió pasear literalmente sobre la playa de La Caletilla al igual que el tránsito de vehículos, dominando los pequeños farallones que la flanqueaban.
El paseo, sin embargo, nunca ha sido fácil. Su base orográfica abrupta le ha dado siempre un aire algo inestable, como si el terreno dudara entre ser roca o ser mar. En tiempos recientes, las remodelaciones modernas —esas que confunden el hormigón con la belleza— han sustituido la antigua balaustrada mediterránea por otra de cemento y granito. Un gesto pretendidamente moderno, pero de discutible resultado. Las barandillas, pobres ellas, han tenido que ser intervenidas más de una vez por defectos estructurales, con derrumbes que no solo han comprometido la estética, sino también la seguridad; el acerado se encuentra en un estado indescriptible, en parte por los plantones de palmeras y el vial muestra puntos de franco desperfecto.
A este respecto, esta misma semana el alcalde de Almuñécar, Juan José Ruiz Joya, anunciaba el proyecto integral de remodelación total de La Caletilla, señalando que en el nuevo proyecto, y siendo uno de los espacios mas importantes del municipio, se pretende que tenga una esencia mediterránea y, añadía, ya «se está en disposición de sacarlo a licitación publica por un valor de 2.400.000 euros». Esperamos que el castizo paseo sexitano vuelva a ser ese espacio de dominar el mar, pero sin perder la melancolía de saberse parte de él y donde la historia se confunde con la brisa salada y que el Mediterráneo —como la vida— no se conquista: se contempla.








