
Esta semana hemos tenido noticia de la décima exculpación, esta vez por Sentencia de la Audiencia Nacional, del ex Presidente de la Generalidad valenciana Francisco Camps. De sus desventuras judiciales nadie tan autorizado como Arcadi Espada, autor del libro “Un buen tío” dedicado a analizar las 120 portadas y crónicas de las 169 que el diario El País dedicó al asunto de los trajes del entonces Presidente Camps. El resultado es demoledor para el periódico sobre el que Espada esparce grandes dosis de vitriolo sobre el tratamiento informativo del otrora, “tempus fugit”, diario independiente de la mañana. Con una conclusión hiriente tras la absolución: las crónicas de El País fueron la nada periodística más absoluta, una ficción trufada de verdades inanes. En su artículo de este jueves Espada dota de una definición perfecta al periplo de Camps por el abismo de la presunción de culpabilidad: ha sido una Causa General en su sentido más originario donde “siempre se parte de un hombre y no de un hecho”. Dicho de otra forma, buscar el qué a través del quien, algo que empieza a hacerse carne en esta democracia que degenera a ojos vista hacia el populismo punitivo tal y como ya se venía anticipando por algunos a la vista del tratamiento que se daba a ciertos procesos que alcanzaban la arbitraria condición de mediáticos.
La última absolución de Camps tras quince años de acusaciones sin el menor fundamento demuestra el escarnio del acusado (a cuya persistente imputación sin fundamento nadie llamó lawfare) puesto que la Sentencia reconoce que “no existe prueba o indicio alguno de orden, sugerencia o intromisión del Sr. Camps en dicha contratación, pero es más no existe testigo, escrito o comunicación alguna entre ambos en dicho periodo lo que aleja cualquier prueba o indicio con trascendencia penal” y señala que no hubo indicación alguna en de Camps a Dora Ibars, directora general, a quien también se absuelve de las acusaciones a las que se enfrentaba. Asentada esta demoledora verdad por los jueces, la pregunta es obligada: con qué indicios fue acusado el dirigente “popular” para llevarlo a juicio. Y a no ser que el lawfare tenga ideología, lo que parece cada vez más probable, resulta evidente que no lo promueven quienes en todo caso habrían sido sus auténticas víctimas sino quienes lo denuncian. Tan es así que el PSPV se ha descolgado diciendo que la sociedad valenciana no ha absuelto a Camps, que es como jugar con dos barajas, la de la legalidad y la del populismo, si se pierde con la primera se juega con las cartas de la segunda, así la condena que no imponen los tribunales la dicta el “pueblo” para que la razón siempre esté de parte de los mismos.
La completa exculpación de Camps ha coincidido en el tiempo con la de los separatistas catalanes, aunque la de éstos no por la vía del estado de derecho sino del derecho creado por una mayoría política, anulando por medio de la Ley de Amnistía lo que había establecido el estado de derecho. La diferencia entre un caso y otro, aparte de partir de un hecho delictivo que ignora deliberadamente a su autor, es tan notoria que incitaría al género literario de la ucronía mediante una recreación de los hechos acaecidos entre 2.017 y 2.019 en Cataluña trasladándolos a la Comunidad Valenciana con Camps al frente. Pero ni la más enloquecida imaginación permite recrear ese escenario valenciano con este Gobierno ofreciendo modificar el Código Penal, indultos y amnistías a los líderes del putsch, ni llamando, pese a ser un grito en el desierto, a la concordia. Amnistiar a un Camps condenado, ¿alguien lo imagina?
No es cuestión de caer en un bucle melancólico comparando las exigencias del Gobierno al partido que ganó las elecciones para que cumpla la legalidad renovando el Consejo General de Poder Judicial mientras “limpia, fija y da esplendor” a toda la panoplia delictiva del separatismo catalán mediante la Ley de Amnistía. Lo que sí merece la pena señalar es la cantidad de incentivos perversos que a cambio de un efímero apoyo a la investidura han obtenido Junts y Esquerra. Desde ignorar todas sus provocaciones y desplantes atacando a la Oposición para oclutarlos, hasta aceptar que la Ley de Amnistía contuviera todos los antecedentes y consecuentes necesarios para complacer al Sr. Puigdemont. Oír hablar a éste y al resto de sus portavoces insultando a jueces, periodistas, policía y demás instituciones y concluir desde instancias oficiales que se ha consumado el reencuentro entre Cataluña y España recuerda a Juana de Castilla (“La Loca”) vagando junto al ataúd de Felipe “El Hermoso” creyendo que dormía.
La moderna política del relato, como cualquier otra invención literaria, no puede ser eficaz sin el contrapunto de un malvado, el problema es que toda novela tiene su final y cuando se cierra el libro la enajenación que provoca la lectura de la trama se desvanece. La permanente fuga de la realidad como norma comporta graves peligros. Aunque el nacionalismo, menos por la amnistía que por el hartazgo social “procesista”, haya sufrido un bache electoral, se trata de un retroceso que unos cuantos miles de votos pueden revertir en el futuro. La pérdida de su mayoría parlamentaria no ha hecho que revise su estrategia de confrontación, todo lo contrario, ha vuelto a ella con más fuerza tras aprobarse la amnistía, escenificando con ostentación de nuevo, y el consejo espiritual del “pater familias” Jordi Pujol, la unidad de acción nacionalista, exigiendo además liderar el gobierno de Cataluña, con o sin mayoría, y reclamando la autodeterminación, que desde el Gobierno se les niega…por el momento como burlonamente repiten los dirigentes secesionistas. Nunca se insistirá bastante en lo inútil de las concesiones a unas ideologías totalitarias que únicamente conciben el sometimiento a su cosmovisión mesiánica de equilibrio social perfecto que sólo ellas son capaces proporcionar (o eso quieren hacernos creer). Una lectura coherente de la situación demuestra que pese a todo nunca se llegó a salir de donde estábamos y que paradójicamente con menos votos, gracias a las cesiones, los intransigentes se vean más fuertes que nunca. Poco importa que todo haya sido por alcanzar el Gobierno o por una sincera búsqueda de la reconciliación, el elefante está en la habitación, aunque se finja no verlo, culpable o inocente el peligro seguirá siendo Camps.to a la superficie calcinada, son 698,04 hectáreas, de las que 4,52 hectáreas eran arboladas y el resto estaba ocupada por matorral.





