ANALIZAR EL FUTURO
La llegada del 2.026 nos ha deparado un número considerable de publicaciones donde se realizan, por así denominarlas, una serie de prospecciones sobre lo que acaecerá el próximo año en el mundo. El futuro es por definición impredecible salvo los principios físicos conocidos que se nos ofrecen con la inmediatez prevista las consecuencias esperadas. La variabilidad del curso de los acontecimientos en los que interviene el ser humano hace imposible prever en sentido científico, como mucho podrán anticiparse con carácter provisional algunas tendencias para los acontecimientos si persisten las circunstancias que amparan la predicción. Y ni aun así habrá un grado de seguridad cuando se ignoran millones de decisiones individuales que pueden cambiarlo todo. La posibilidad de acertar se sitúa en los terrenos del azar o de una estadística que, poblada de incontables elementos contingentes, pueda dar ocasión al acierto. Esa falta de certidumbres materiales lleva habitualmente al error de confundir hechos y opiniones, lo que se convierte esos análisis en meras tautologías, digresiones que avalan la digresión en curso de la que se extraerán otras y así sucesivamente.
La mayor parte de los textos que se vienen publicando en los medios de comunicación coinciden en incidir en la importancia de la guerra de Ucrania, las tendencias políticas que marquen los procesos electorales del año que iniciamos, la evolución política de los USA bajo el mandato de Trump y la quiebra del marco vigente en los equilibrios geopolíticos del mundo, cuarta fuente de especulación inseparable de la tercera. En ese sentido sorprende bastante en este orden de cosas las preocupaciones por el futuro de la democracia americana y no, por ejemplo, por el régimen dictatorial de China cuya evolución y sus decisiones de política militar no parecen preocupar a quienes tratan de iluminar el futuro con sus predicciones en un sentido democrático y de la primacía del derecho en las relaciones internacionales (una primacía muy cuestionable en términos históricos). Cabría decir que la estabilidad del régimen chino se ofrece es una fuente de tranquilidad para el mundo, aunque sea un sistema autoritario y por el contrario que las decisiones problematizadas de gobiernos democráticamente elegidos son causa de graves preocupaciones sobre el futuro de la libertad en el mundo. Esto es francamente chocante.
Encontrar una salida a la agresión rusa a los ucranianos no va a ser fácil. Putin es un dictador de facto y eso hace que, salvo una incidencia directa y catastrófica en su población, esté exento de un grave desgaste de su poder. En las democracias occidentales los ataúdes con soldados procedentes de una guerra son una pesada losa para cualquier gobierno, en Rusia esas imágenes sencillamente no se estarán viendo, lo que evita que se convierta en indignación colectiva. La realidad es que la única potencia con capacidad para lograr un acuerdo son unos USA que ahora dirige Trump y que a su inimitable manera está tratando de conseguirlo. Al margen de los aparentes vaivenes del Presidente americano que puedan encubrir tácticas más o menos ortodoxas de negociación, cuadrar un círculo puede resultar más sencillo que encontrar un punto de equilibrio para un acuerdo de paz que satisfaga a ambos combatientes. Putin ha llegado muy lejos para abandonar gratis el conflicto y tampoco se oyen opiniones autorizadas con un plan de paz estructurado para convencer al dueño del Kremlin. El agotamiento de la capacidad de resistencia rusa no es inminente y su consecuencia es una prolongación de la guerra, lo que hay es que hacer patente la postura de Occidente de ser esa la decisión que será llevada hasta el final. De lo contrario, las objeciones a los esfuerzos norteamericanos basadas en especulaciones no pasan de ser juegos de adivinanzas con los que sustentar relatos que no transmiten otra noticia que las preferencias políticas de sus valedores.
En ese índice de las cuestiones que hemos mencionado como asuntos sobre los que politólogos y expertos nos transmiten su preocupación a través de los medios es sorprendente que hagan referencia al fin de un (inexistente) equilibrio global óptimo que podría romperse como reflejo de los procesos electorales que deberán ir culminando a lo largo de 2.026. Es muy interesante comprobar un creciente grado de alarma por el fin del llamado “vínculo atlántico” y el ocaso de la democracia liberal que se podría estar importando desde Norteamérica (olvidando las catastróficas ideas que como genuinos valores europeos hemos incorporado de allí). Esas cosas leídas en referentes de opinión de la izquierda sólo pueden provocar ironía pues no en vano ha asociado el término “liberal” a las políticas más lesivas e inhumanas y siempre ha demonizado la tutela americana, pese a que nos ha regalado la defensa permitiéndonos alardear de estado del bienestar, aplaudiendo a todo el que tratara de poner en jaque el llamado imperialismo norteamericano. Ese colofón tan inquietante construido sobre esas ficciones, totalmente fútiles por cuanto es notorio que hay un Gobierno en Europa que se mantiene en ejercicio mediante erráticas excusas contra el Parlamento que votó formarlo, se anticipa como derivado de las elecciones que van a celebrarse en los próximos meses en diferentes estados. En nuestra tradición democrática los resultados de las urnas pueden no gustar, decirlo es parte del sagrado derecho a opinar libremente, sin embargo, hay que aceptarlos si estamos de verdad convencidos de que, de todos los sistemas conocidos, sin ser perfecto, es el menos malo. Una opinión convencional y compartida debería ser si existe derecho al voto libre antes que el resultado de ese voto libre pueda transmitir. Esto puede ser un problema para quien no presenta programas realistas, no acepta que puede haber preocupaciones sociales divergentes con una construcción ideológicamente cerrada o que no admita discusión sobre sus “verdades” morales. Pero si esto es así, es obvio que estaríamos hablando de otra clase de democracia o de una forma de ejercicio del poder que sustituiría las libertades que conocemos por otras alternativas. Lo que constituiría un debate mucho más decisivo y clarificador que dedicarse a fabular sobre ese vacío llamado futuro.
P.S. El ataque directo a Venezuela por USA en la pasada noche puede que empiece a poner las cartas boca arriba sobre lo que se haya podido estar negociando en realidad durante meses o si es un aviso a navegantes, en este particular es más difícil conocer el pasado que el futuro. Las reacciones de Rusia y China serán reveladoras sin que una condena de la intervención sin posteriores consecuencias tenga que ser indicativa de una verdadera oposición.
José María Sánchez Romera





