
Con el cadáver político aún caliente de Santos Cerdán, Pedro Sánchez salió a explicar nada y a insistir en que ni el incendio de Roma (como metáfora de España) le llevará a tomar la única decisión que en democracia sana las heridas: votar. A cambio nos desveló una faceta insospechada de su carácter: la ingenuidad. El caído no ha tenido capilla ardiente sino rápida incineración, dentro de poco quienes lo defendieron hasta la víspera dirán que ya venían advirtiendo que algo raro columbraban en Cerdán o que apenas tenían trato con él, lo cierto es que el navarro deja la unidad de grandes quemados sin camas disponibles. Es muy probable que algunos de los que pusieron sus manos y casi toda su persona en el fuego ardan definitivamente en la pira que les habilitará el Partido para salvar la cabeza del líder pagando con la suya haber cumplido sus órdenes. En política el deber ser jamás constituye una aspiración, lo que cuenta es el ser para poder estar el mayor tiempo que sea posible. Esta verdad tan inatacable es lo que ha guiado la acción política gubernamental durante los siete últimos años, aunque Pedro Sánchez quisiera este jueves hacer para la ocasión un dibujo naif al decir que confía en la limpieza de la política y en su poder de transformación (hacia la bondad se entiende), parece que sin intención de ironizar. Entre la sublimación del amor y el optimismo antropológico desengañado ha mediado una feroz lucha por conservar el poder multiplicando artificialmente toda clase de conflictos, algo que cuestiona la sinceridad de tales manifestaciones.
Siendo muy grave lo indiciariamente acreditado desde un punto de vista penal y que compromete la credibilidad de muchas administraciones y la actuación de sus gestores, desde el punto de vista político los hechos que constata el informe de la UCO comportan la caducidad de la estrategia gubernamental con la que se defendía de las acusaciones de la Oposición. El dique de contención construido en base a la trilogía “bulos, fango y mentiras” que se dispuso para negar cualquier hecho por objetivo que se presentara tiene desde el pasado jueves una brecha que ya será prácticamente imposible cerrar. No sólo eso, la credibilidad de lo que en adelante diga el Gobierno queda herida de muerte si no lo estuviera ya bastante después de algunos recitales ciertamente grotescos de más de uno de esos ministros-candidato tergiversando sus propias declaraciones para negar la evidencia. Para cualquier observador mínimamente imparcial resultaba patente que el bulo eran las acusaciones de bulo referidas a todo lo que afectara negativamente al Gobierno y al principal partido que lo sostiene.
Estos hechos, como si no fuera algo sobradamente demostrado, sentencian esa petulante honradez ontológica y frugalidad material que exhibe una buena parte de la izquierda política. Las ideologías, sean más o menos acertadas, no cambian la naturaleza humana, es completamente infundada esa arrogancia con la que el socialismo se presenta a la sociedad identificándose como el único valedor de los intereses colectivos. Antes al contrario, los peligros de distanciarse de un equilibrado entendimiento del bien común crecen con el incremento exponencial en la disposición de recursos puestos en manos del Estado una teoría socialista que no hace sino dar más poder a los políticos y favorecer la arbitrariedad.
Quedan además dos cuestiones que se conocerán en los próximos días. De un lado, la actitud que adopten en estas circunstancias el resto de partidos que formaron el frente de la censura inicial y la última investidura y qué pasos vaya a dar el Presidente ante el escenario que se le presenta a causa de los hechos conocidos afectantes a quienes han sido sus últimas dos “mano derecha” en el Partido cuyos prosaicos currículos no invitaban al optimismo. Respecto del primer asunto las reacciones iniciales han sido de un cinismo inenarrable si tenemos en cuenta que todos votaron derribar al Gobierno de Rajoy por la corrupción de unos candidatos locales de escaso fuste. De momento los aliados del Gobierno parecen echar cada uno cuentas con arreglo a sus intereses (los principios pueden esperar) y por ahora se refugian en una verborrea de saldo pendientes de ver hasta donde da de sí la situación, en qué medida puedan todavía obtener réditos con su apoyo y sin perder seguro de vista que una mayor debilidad del Gobierno les puede permitir una subida en el precio de sus demandas. De hecho, ya se está sugiriendo desde algunos sectores una radicalización política a cambio de amortizar el escándalo. La única hipótesis con capacidad de provocar una convocatoria electoral sería una negativa del BCE, siguiendo órdenes políticas, a seguir respaldando la deuda pública española, lo que tampoco sería fácil dada la alianza que permitió conformar la nueva Comisión Europea. Fuera de esto último la caída del Gobierno se precipitará si las encuestas llegan a marcar un coste en votos inasumible para los socios parlamentarios que anticipe una posición hegemónica del centro-derecha que dé votos parlamentarios suficientes para afrontar reformas legales inasumibles para la izquierda y los nacionalistas. En el caso de los últimos una tesitura así les impondría volver a la cordura, que sería circunstancial en todo caso, o echarse al monte, con el riesgo de acabar nuevamente entre rejas, para poner jaque al nuevo gobierno.
En lo que concierne a las decisiones que Pedro Sánchez pueda adoptar en los próximos días la experiencia nos dice que cuanto más comprometida es la situación que enfrenta más eleva el desafío. Lo contrario será una novedad que no tardaremos mucho en conocer, si bien sus próximos movimientos, si se atienen al patrón conocido, consistirán en exigir que sea la Oposición la que haga autocrítica, presentando de alguna manera la cuestión que le afecta como un fallo de las instituciones de las que él mismo ha sido víctima. Las compungidas demandas de perdón no garantizan que eso se traduzca en una corrección de errores propios sino a un mal funcionamiento de algún elemento del sistema. Una exclusión de responsabilidades que tiene su lógica si tenemos en cuenta ese bonapartismo que se ha ido consolidando en estos siete años cuyas aspiraciones de grandeur jamás confundirán a los historiadores cuando comparen aquellos Napoleón, Murat, Fouché o Talleyrand con sus homólogos del presente.
Las emociones fuertes no han hecho más que empezar y todas lo van a ser cualquiera que sea el camino que toque recorrer.






