Aristóteles: Eudemonía, una relectura / Ana Jurado

 

En su Ética a Eudemo se pregunta Aristóteles en qué consiste la felicidad y cómo puede conseguirse. Si quienes son considerados felices lo son por naturaleza, por aprendizaje, por ejercicio, por un favor divino o es cuestión de suerte.

Que la felicidad nos llega por alguna combinación de estos factores parece claro a Aristóteles. Verdaderamente, observamos personas que, por naturaleza, como quien es rubio o moreno, tienen un talante más proclive a la alegría o a la tristeza; y cierto es que podemos aprender cómo encarar los días, con sus aconteceres, para sentirnos mejor. Leemos, escuchamos y experimentamos, nada de ello es en vano. Ese aprendizaje lo podemos llevar a nuestras acciones generando hábitos que sabemos o intuimos convenientes; y del hábito, por ejercicio, desarrollamos una segunda naturaleza, esa sí labrada por nosotros, que nos ayudará en la conquista de la felicidad (grandilocuente palabra). Y, desde luego, no está de más que el azar, la divinidad o el destino nos sea medianamente favorable. 

Así que, respecto a ¿cómo puede conseguirse? parece que sólo nos queda el aprendizaje y el ejercicio para modificar o impulsar aquello que nos es dado: nuestra naturaleza y nuestra suerte.

Pero ¿en qué consiste la felicidad o el buen vivir? Consideraba Aristóteles que la felicidad no puede darse sino con el cumplimento de lo que es propio a nuestra naturaleza. Realizando lo que es propio al ser. Para entendernos, decimos que un bolígrafo es bueno si escribe; unas tijeras, si cortan.  Pero ¿y un ser humano? ¿Hay una naturaleza humana que determine unas actividades que podamos considerar naturales y cuyo cumplimiento suponga por tanto un bien? Aristóteles piensa que sí. 

La naturaleza humana, dirá, comparte con los vegetales actividades nutritivas, de desarrollo y de reproducción. Con los animales compartimos actividades perceptivas, de memoria o de automoción. Y, como humanos, además de las anteriores, desarrollamos actividades intelectuales de diverso tipo. La felicidad consistirá en poder dar satisfacción a nuestra naturaleza en cualquiera de estos aspectos. Es un bien poder nutrirse, desarrollarse y relacionarse. Es un bien poder percibir, sentir, moverse. Es un bien el uso y desarrollo de nuestra racionalidad.

El mismo Aristóteles ya se encarga de decirnos que la imposibilidad o dificultad para realizar una actividad o fin natural, no impide la felicidad, pues podemos perfectamente compensar. 

Ahora bien, ¿qué es lo que más nos distingue en tanto que seres humanos? Indudablemente, la racionalidad. Si esto es lo más distintivo, lo más específico, la felicidad vendrá fundamentalmente por su potenciación. Las tendencias vegetativas y sensitivas son necesarias para la felicidad, pero no suficientes. En no pocas ocasiones imaginamos la felicidad como toda una vida de dolce far niente. No estaría de acuerdo Aristóteles. En esa vida ¿dónde estaría lo más humano? Nuestra naturaleza es vegetativa, es sensitiva y es, a su juicio, fundamental y distintivamente racional. De ahí que la idea de disfrutar plenamente en una vida completamente ociosa es una entelequia para la humanidad. Perdidos en la más paradisíaca isla acabaríamos construyendo herramientas y, entiéndase la metáfora, haciendo volar una nave en una odisea espacial. O escribiendo una historia sobre un antihéroe en La Mancha.

Por tanto, para Aristóteles, la felicidad nos viene por la actividad natural conforme a la razón y a la virtud. O, para entendernos, atendiendo a nuestra naturaleza y haciéndolo virtuosamente; es decir, con sabiduría y prudencia. 

Distingue Aristóteles dos tipos de virtudes, intelectuales y morales. Las intelectuales, que resultan del desarrollo y potenciación de nuestro intelecto, son: La sabiduría teórica; esta no se refiere a un acúmulo de conocimientos, sino a la capacidad de analizar, deducir, relacionar… la capacidad de pensar en general. Cuánto nos recuerda esto a la necesidad de favorecer en nuestros niños y jóvenes la comprensión lectora, el pensamiento crítico y el razonamiento matemático. Porque, sí, esa es nuestra naturaleza y, en la medida de nuestras capacidades, la debemos atender. Por otro lado, tenemos la sabiduría práctica, la phrónesis o prudencia, que, como ya sabemos, supone el sabio uso de nuestro intelecto en relación a cuestiones prácticas vitales. Muchas son las elecciones que hacemos en la vida que pueden suponer la diferencia entre una existencia satisfactoria o infeliz.  Y, por último, pero igual de importante, la técnica, la capacidad de hacer algo conforme a alguna regla. Porque nuestro intelecto no sólo se orienta a lo teórico y a lo práctico, sino también a lo técnico. Pensemos en todas las artes y en todas las profesiones. Bailar, pintar, fabricar un armario, arreglar un motor… todo ello, si se hace bien, es virtud de nuestro intelecto. No en vano, de un buen profesional decimos que es un artista, y de un buen artista decimos que es un virtuoso.

Por otro lado, tenemos las virtudes morales. Esta expresión que, en principio, suena tan rancia, hace referencia a la mejor forma de comportamiento que cada uno en particular y en sus particulares circunstancias puede adoptar. La virtud moral se caracteriza por la prudente moderación entre conductas extremas. Es comprensible que muchas veces la expresión La virtud está en el término medio sea interpretada como un alegato de la mediocridad. Como aquel verso de aquella vieja canción que decía usted no es ná no es chicha ni limoná. Pero no, no es eso lo que defiende esta propuesta ética. La prudente moderación es virtud porque nos aleja de lo que, para nosotros, es excesivo o insuficiente. Y es prudente si es resultado de la sabiduría práctica.

Además, no se propone una virtud para todos, no se dice este es el comportamiento excelso que has de esforzarte en adoptar. No se adoctrina. No se ordena. Se nos dice: piensa y reflexiona tú, con tus capacidades y circunstancias, ¿qué es prudente? ¿qué resulta sabio hacer para ti en estas circunstancias? Lo único que se nos dice es No te pases, pero tampoco te amilanes. Y lo que sea tu punto medio, no va a ser el mío, incluso, tal vez, tampoco sea el tuyo mañana porque tus circunstancias habrán cambiado. Pongamos un ejemplo muy simple: ¿Tengo que conducir siempre a la misma velocidad en distintas carreteras? Es más, en muchas situaciones resulta más sabio o prudente acercarse a alguno de los extremos. En alguna ocasión es más oportuno ser más temerario; en otra, más precavido. Usemos, pues, nuestra sabiduría práctica, teórica y técnica, usemos nuestro intelecto para elegir bien. 

Así pues, diría el estagirita: Aprende y ejercítate en actuar sabiamente conforme a tu naturaleza. Genera hábitos convenientes, constrúyete una segunda naturaleza, asegúrate un mínimo de bienes materiales, disfruta la amistad y, cómo no, te deseo suerte.

 

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