La Moleskine de Cesarión / Bardot, rubia hasta la muerte del cine / Cesarión Stuart

Ha muerto como mueren los símbolos: sin certificado, pero con unanimidad. No ha muerto el cuerpo —que eso es cosa menor—, ha muerto el mito, que es lo que de verdad importa cuando hablamos de una mujer que fue más ideología que actriz, más escándalo que filmografía, más rubia que el propio rubio.

Bardot fue el cine europeo cuando Europa todavía se permitía el lujo de ser provocadora sin pedir perdón. Fue la muchacha que desordenó la pantalla como quien desabrocha una moral vieja. No interpretaba: irrumpía. Entraba en plano como entra el verano en una ciudad triste, con ruido de persianas y olor a sal.

Aquella melena —esa tormenta amarilla— no era peluquería, era política. Bardot no decía frases: las desnudaba. Caminaba por el cine como por la playa de Saint-Tropez, con ese andar de mujer que no sabe —o finge no saber— que está cambiando la historia del deseo occidental.

Con Bardot el cine fue carne pensante, erotismo con discurso, pecado sin misa. Luego vino el cine serio, el cine responsable, el cine con conciencia social y sin libido. Vino el cine que explica demasiado y sugiere poco. Vino el cine que se disculpa antes de empezar.

Bardot no se disculpaba jamás.
Por eso molestó.
Por eso fue necesaria.

Hoy muere Bardot y con ella muere ese cine europeo que competía con Hollywood a base de piel, de silencios largos y de planos donde el tiempo se detenía para mirar a una mujer que no pedía ser mirada, sino aceptada como fenómeno.

Después del rubio Bardot vino la industria, el mercado, la actriz correcta, el guion aprobado por comités invisibles. Vinieron las grandes interpretaciones y se fueron las grandes presencias. El cine dejó de tener diosas para tener profesionales.

Y eso también es una forma de decadencia.

Bardot fue la última estrella antes de que la palabra “estrella” se volviera vulgar. Antes de que cualquiera tuviera un foco y nadie tuviera misterio. Fue la última mujer que escandalizó sin manual de uso, sin discurso, sin hashtags.

Hoy, cuando decimos que ha muerto Bardot, estamos diciendo que ha muerto un cine que creía en el cuerpo como argumento, en la mujer como centro del plano y en el escándalo como motor cultural. Ha muerto una forma de mirar sin filtros, sin correcciones y sin miedo.

Bardot fue rubia hasta el final porque el rubio, en ella, era una forma de resistencia.

Ha muerto Bardot.
Y el cine europeo, desde hoy, camina con bastón.

 

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