La revista de Almuñécar y la Costa Tropical

Bitácora con salitre / Aquello del ilustre que no sabía que era tonto

Texto y foto : Javier Celorrio

Carpeta J. Celorrio

Se nota que nos llega la Semana Santa en ese trajín de deportivas, calzonetas, adiposidades varias y delgadeces deseadas por el orillaje de los paseos. Todos andan a ninguna parte por un dejar el michelín o tonificar el músculo dando al cuerpo penitencia deportiva. Luego, al mediodía, vendrá lo del sol cuando calienta allá en la playa bronceando la piel que viene fría del invierno. Y más tarde la paella, arroz a dos sabores que dicen mixta.

El veraneante de Pascua, o cualquier otro periodo de obligado asueto en el calendario laboral, busca el exotismo de lo rural y lo que encuentra es un pueblo colmatado de gentío que convierten estrecha costanilla y travesía en gran avenida a hora punta. Es un veraneante turista, pues que el viajero es aquel que sabe cuando es el momento de encontrar lo genuino en la geografía visitada: lo anterior es este post todo del presente aguado que vivimos como vino de taberna decimonónica o de la postguerra. Ya Baudelaire apuntaba que quien no sabe poblar su soledad no sabrá tampoco estar solo dentro de una muchedumbre: somos soluble en la turba, movimiento en el cardumen.

Marina Playa

Algún visitante turronero trae su estres crónico y entre tanto barullo lo va contagiando convirtiendo merendero, la taberna y terraza en una pandemia de ansiedades donde corre el lexatín con la tapa de pollo al ajillo. La esposa empoderada le pide mesura, pero el empoderamiento de la dama en público le saca al neandertal que lleva dentro. ¡Paquita en público, menos broma! Paquita, a la que en la oficina le llaman Francina por un exotismo de televisiva serie urbana de ejecutivos, lo único que ha hecho es pedir perdón al camarero por la vesania del marido provocada por la tardanza en poner la caña. Y Francina o Paquita se levanta airada y airea el entorno al coger la bolsa de playa y soltar con la misma un mandoble sobre la pamela de paja de una chica de la mesa vecina, mas bien adosada de tan pegadas que están todas en el terraceo y solarium del turismo. La muchacha, receptora del golpe, en un gesto de protegerse da con el brazo a la bandeja del camarero que derrama el contenido sobre la familia comensal de otra mesa adosada y obvio que el efecto dominó está servido; el estres se convierte en pandemia y se inicia un acabose generalizado y casi performance a lo Fura del Baus, que dice un cultureta asistente.

El veraneante zaragatero es un consumo de impaciencia y dentro del gregarismo de sociedad voraz al que pertenece se piensa el cogollito, el clan, el grupo, el irrenunciable hacedor de bienestar social de la llamada economía de servicios.

Recuerdo con regocijo aquella hora del almuerzo en un chiringuito al que llegaron dos parejas con ínfulas urbanas pidiendo mesa. El camarero les previno que había una espera de al menos dos horas. Uno de ellos con inmoderada estimación de sí mismo, engoló la voz y ampuloso gesto ilustró al muchacho con aquello de «Usted no sabe con quién está hablando». El interpelado lo miró fijamente y tal que Jabato enfrentado a toda la morisma le replicó con total contundencia: «Probablemente con un tonto». Y amén, que para eso estamos en Pascua.

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