Bitácora con salitre / Y en eso llega un blues navideño

 

2 de diciembre

«Las Navidades de nuestra vida se quedan grabada a fuego». No recuerdo de quién lo escuché algún momento, pero suscribo la frase de su L a la O final. No obstante, con los años la Navidad se mira con distinta perspectiva temporal, siempre según la edad que se tenga.

Esas fechas en la niñez son un puro jolgorio; nos asombra la iluminación de las calle ( al menos lo era en la mía cuando las luminarias callejeras no eran cosa cotidiana ni existían los parques temáticos); los regalos se suceden y eras feliz por qué las grandes preguntas de la vida no invadían los espacios de juego ni a los afectos. Luego, las de la adolescencia se convierten en más complicadas; las ceremonias y tradiciones incomodan un poco a ese jovenzuelo que quiere huir a la calle para encontrarse con sus amigos y no siempre se acierta con ese regalo que nos llega y que pensábamos otro y por tanto la sorpresa es menor y hasta nos sentimos defraudados.

También están esas Navidades de juventud en las que a la fiesta con los amigos se sucede otra de características similares y es una Navidad loca. A ésta sucederá una Navidad en la que ya los niños son otros y vuelve a ilusionar las tradiciones y nos contagian su alegría. Y de repente nos encontramos con unas fechas de compromisos ineludibles, de largas sobremesas en comidas de empresa, rodeados de aquellos que adoran la Navidad y quienes las odian. Es la edad en la que nos preguntamos ese… ¿para qué sirve todo esto?

Pero llega el día que advertimos una añoranza por las Navidades idas y la nostalgia se nos cuela en la vida y vamos pasando los quince días de celebraciones rememorando aquellos belenes, algunos alfajores, que entonces odiábamos y ahora nos empiezan a gustar; aquella anguila toledana de mazapán que nos encandilaba con su empedrado de frutas en su lomo y aquellos Reyes de Oriente que un día vislumbramos entrando por el balcón y sus mañanas de ilusión plena. Y no lo dudes pon la peli Qué bello es vivir! Ese cuento de Navidad para llorar a moco tendido el 25 de diciembre porque, no importa cuántas veces la hayamos visto, sienta bien llorar con un final feliz en el que ningún hombre es un fracasado si tiene amigos. ¿Spoiler? No, una hermosa mentira.

Un blues navideño en esta festividad de san Francisco Javier

Noviembre pondrá su pórtico de luto riguroso y novenas, y las noches ya vienen frías y largas arrebujadas en la lana tejida por abuelas y madres en las tardes del póstumo verano. En otoño, alguna tarde lluviosa descubrirá en la tía soltera arrugas en el espejo que confirman las que ya había ella prevenido sobre el alma y de la que sabe no hay Bella Aurora que las tape. La tía hace carne de membrillo con textura impregnada de dorado septiembre y dicen tiene buena mano para las compotas y mermeladas que le salen dulcísimas y amarillas o rojas según el melocotón o la frambuesa y algo acíbar (eso lo sabe ella) si las prepara pensando que también se hizo un ajuar dulce que ya empieza a madurar para la polilla.

Noviembre se liga de puchero de hinojos y migas de pan, entretanto se ceba al gorrino y al pavo de diciembre en la corrala. Las aceitunas tempranas se inyectan del adobo en las tinajas mirando quitar el amargor de la carne verde y los pulpos son tapices de apasionante textura secándose al sol en blanqueos y azoteas. Las manzanas perfuman las baldas de armarios de pino y cómodas de caoba y se hacen sahumerio de hierbas olorosas sobre los braseros de la tarde, preparados para el rosario, y que una y otra vez recibirán la firma bajo las faldas de la mesa camilla.

El caedizo sol de noviembre es tempranero y deja pasar entre visillos un cendal dorado que pone en la estancia una pátina de azul rojizo entre el flujo del cisco y los muebles nobles de la casa. La radio en sordina transmite un serial a la par que el pedal de la máquina va impulsando la aguja de coser, mientras que tía borda a mano flores de pensamiento que son desengaño sobre el lino tensado por el bastidor y que serán manteles y servilletas que en el porvenir alguien desempolvará como elementos de pedigrí familiar o de derribo textil.

Pero una mañana, diciembre despertará enjoyado de energía. La cocina se hará templo y se buscaran en la despensa moldes en forma de estrellas, flaneras acanaladas; de los aparadores la bandejas durante un año exhibidas volverán a recobrar su función de recipiente para mantecados y alfajores y a los olores del cisco se unirán el de la matalauva y la canela. Se orearan mantelerías bordadas junto con las figuras nobles del Belén familiar y zambombas y panderos pondrán la banda sonora a la noche.

La tía ese fin de año no se comió las uvas, alegando cierta indisposición. Y dicen que, mientras el jolgorio general celebraba la entrada del nuevo año y el primo de la capital ponía en su pick-up, recién comprado, un disco ye-ye de una italiana llamada Mina que glosaba que el cielo estaba en un dormitorio , ella musitaba la letra de ese triste villancico, un blues navideño que dice eso de la Nochebuena se viene y la Nochebuena se va y nosotros nos iremos para no volver jamás.

Javier Celorrio

 

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