Calendario / Si entré en un cine de verano


12/7/24 Texto y foto Javier Celorrio  Me adentro en la fábrica de sueños proyectados sobre el blanco de la pantalla y sobre ella el cielo es un infinito misterio de estrellas, que como siempre siguen indiferentes a plegarias y turbulencias de la sempiterna queja de fin de época. Entro en un cine de verano, no por la película, una superproducción de últimas tecnologías y personajes malos malísimos que se me antoja que son buenos disfrazados al no parecerse ninguno a los teleñecos que programan los deseos y miedos de la gleba a la que el noventa por ciento pertenecemos. A aquello que contaba Stefan Zweig hace un siglo en «El mundo que conocimos» ha sucedido el «mundo feliz», con la estupidación electrónica masiva en la que buceamos, pero que son las ideologías y objetos con las que nos toca o tocará vivir y cuya ultimísima tecnología, de avance indudable, definen ya los parámetros de nuestro diario acontecer, y que a veces nos rebasa pero sin que nos dejemos convertir en recuerdos del pasado. Y se engañan quienes piensan que eso es de ahora, lo fue y lo será siempre y lo viejo enlazará con lo nuevo y a esto le llegará también su entropía y así sucesivamente.

¿Y entonces a qué entro? Mera concesión a la nostalgia por los cines de verano. El verano, los veranos; aquellos veranos los serían menos sin aquellas terrazas con soporte de tierra donde aprendíamos el cine, los sentimientos y la vida. Y donde por vez primera vimos las selvas africanas, los clásicos interpretados por Cineccitá en color de luxe, Bahía de Palma y melodramas de besos robados por la censura. Verano, cine, erotismo y mitomanía. Salitre sobre la pantalla donde un Kirk Douglas-Ulises se debatía atormentado, atado al palo de la nave, de los cantos de sirena. Verano y cine, un buen tema para una sociología de la educación sentimental de una o más generaciones que van desapareciendo en la lista de los tanatorios. Espacio nocturno contra lienzo blanco donde una salamanquesa hace sobremesa y arte y ensayo y peplum Steve Reeves, Tarzán Gordon Scott y Gina de reina de Saba. Pipas de girasol forrando suelo y espacio sonoro. Y mucho público infantil en películas de mayores con reparos según la censura parroquial.

Supongo que los niños, adolescentes que ahora siguen la película sostienen el mismo asombro, pienso similar al sentido por mi entonces, al ver en pantalla grande lo que ya han visto en las más reducidas de sus casas; son sus héroes, sus historias con perfectos efectos especiales sin un solo error de puesta en escena y siento envidia de la emoción que les envuelve, la atención embebida por la historia contada en pantalla y que a mi puede dejarme indiferente. Y mientras, el protagonista bueno (este sí parecido a un teleñeco) se va cubriendo de capas realizadas en materiales indestructibles e imposibles de traspasar por cualquier arma mortífera, estoy a lo mío: en aquellas pandillas de verano; en el rubio emboquillado a hurtadillas y de aquellos roces que fue el atreverse con una primera gestualidad de comprender el extraño cosquilleo que produce el tacto de una piel contra otra. Eran mis cines de verano: parrillas de arte, vida, estudio del paisaje estelar con las de por san Lorenzo en movimiento y escritura de múltiples nostalgias en su ámbito. «Pido perdón, por confundir el cine con la realidad, no es fácil olvidar Cahiers du cinéma, le Mac Mahon, eso pasó, son olas viejas con resacas de la nouvelle vague», decía Luis Eduardo Aute.

 

 

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