Foto y texto Javier Celorrio 12/10/24 A cierta edad todo se cansa, algo duele siempre y hasta la elegancia se fatiga como decía Manuel Vicent del escritor Bioy Casares en una visita que le hizo a Buenos Aires poco antes de morir este último.
La política anda también cansándonos, doliendo aunque no fatigada de elegancia que al parecer la ha perdido. Desde arriba hasta abajo algo (o todo) huele a podrido en nuestro actualísimo Elsinor y con Tácito podemos decir que otros son los hombres, pero no son otras las costumbres. Parece ser que el ejercicio del poder conlleva para algunos todos los pecados capitales. A lo visto desde la lujuria a la avaricia pasando por la gula, la envidia, la pereza y la soberbia son asignaturas que se enseñan en los masters de política; lo único que hay que conseguir es que una vez se haga el recuento de las urnas estas sean favorables al que pueda reunir más papeletas de una y otra esquina y en ese momento poner el modo autócrata y comienza la tómbola donde no siempre toca a quien debiera hacerlo que en este caso sería el pueblo y sus necesidades.
Acertadísimo ese frontispicio de El Mundo sobre la mentira: «El que dice una mentira no se da cuenta del trabajo que emprende, pues tiene que inventar otras mil para sostener la primera» (Alexander Pope)
En el mismo diario se le hace una entrevista a Adela Cortina con motivo del lanzamiento de su último libro (¿Ética o ideología de la inteligencia artificial?). Una de las preguntas se refiere a la poca estima que tiene la veracidad en el presente. Cortina contesta que es debido a que «las mentiras proliferan y que no tienen ninguna consecuencia mala para los mentirosos… Antes no existía unos medios de trasmisión de mentiras con semejante rapidez y eficacia, medios que no le dan tiempo al usuario para reflexionar. Mentiras ha habido siempre pero las de ahora tienen una intensidad impresionante. Además, no importa lo que se mienta: la gente sigue votándoles igual, comprándoles lo mismo».
No obstante, qué daño están haciendo las redes sociales, con su balumba y trápala, a los chicos de la banda, a unos por creerse influencer queriendo hacer de escasa imagen un modelo a seguir y por otro el débil caletre que muestran cuando se ponen ideológicos o cuando no algo grotescos si tiran de ironía para atacar al oponente.
Para mi que el presente tiene una edad con cumpleaños de muchas velas: asténico, bolero triste y de tango descangallado. O sea, que se viene abajo el entrañable cambalache. O eso parece o nos gusta creer.
«Siempre se trataba de lo que llegaría a ser, nunca de lo que era.», decía Scott Fitzgerald en A este lado del paraiso. Ahí dejo la foto de la sombras.






