Cambio climático: entre la ciencia y la especulación / José María Sánchez Romera

 

El día 9 de agosto saltó a todos los medios de comunicación la noticia de la existencia de un informe de la O.N.U. sobre cambio climático cuyo contenido ha pretendido causar la consiguiente alarma de la humanidad a tenor de los negros augurios que se han dado a conocer. En un medio de comunicación audiovisual la presentadora del informativo con gesto abatido daba la noticia del “demoledor” informe publicado por el organismo internacional. Últimamente el adjetivo demoledor se viene aplicando de forma bastante frívola a lo que en la mayoría de los casos no son más que opiniones en vez de hechos que son los que realmente actúan como causa eficiente de algún acontecimiento.

Vaya por delante que no se pretende rebatir el contenido en lo que tiene de positivo la teoría que postula el cambio climático de origen antropogénico como causante de un calentamiento global; cabe reconocer incluso que en términos generales puede ser verdadera y que, desde un punto de vista práctico, una de las peores cosas que nos podría suceder sería que se dejase a un lado la conciencia de lo importante que es el cuidado y respeto por nuestro medio ambiente y que el mismo en estado de equilibrio es una fuente agregada de bienestar para todos, pero sin que eso implique el paso del antropocentrismo al ecocentrismo. Lo que se opone es que la teoría tal y como se está presentando al mundo pretende yugular todo debate sobre esta cuestión, siendo evidente que sin crítica ni controversia no hay avance en el conocimiento y ello es un claro obstáculo para ulteriores progresos.

Pero para abordar correctamente éste como cualquier otro asunto es necesario conocer con precisión de lo que se está hablando y para ello como la fuente de autoridad proclamada es la O.N.U., ésa debe ser la referencia. Yendo a su página oficial lo primero debe resaltarse es lo que dicho organismo conceptúa como cambio climático. Ahí se dice que es un cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos de tiempo comparables. Es decir, la actividad humana es una concausa del cambio climático que se añade a la variabilidad natural del clima. Por tanto, no es como trasciende la cuestión al gran público sobre la exclusiva responsabilidad de la actividad humana en el cambio climático, de lo que se deriva que nuestra influencia sobre dicho fenómeno es también limitada frente a los atributos casi divinos los ingenieros sociales se atribuyen. Se comprueba asimismo en la web de la O.N.U. que el informe dado a conocer recientemente no está acabado. Puede causar extrañeza, incluso un más que justificado asombro, si después de lo que se ha publicado se descubre que al informe le faltan los aportes correspondientes a los grupos de trabajo II y III, pero así es. Este informe parcial elaborado por el Grupo de Trabajo I, llamado de evaluación, es el sexto de los elaborados sobre cambio climático por la O.N.U., y en el comunicado de prensa del IPCC se dice textualmente: “Las contribuciones de los otros dos Grupos de Trabajo al Sexto Informe de Evaluación (IE6) estarán listas en 2022, y el Informe de síntesis del IE6 se finalizará en el segundo semestre de 2022.”. Es decir, el dictamen está en proceso de elaboración y lo que se ha publicado es lo correspondiente a uno de los grupos de trabajo. En consecuencia, no conocemos el contenido completo de las investigaciones y sus resultados sin lo cual no pueden evaluarse la metodología observada y el rigor y alcance de esas conclusiones.

Yendo igualmente a la web oficial del organismo mundial, sí tenemos a disposición el informe elaborado en 2.015. En el mismo encontramos elementos y valoraciones plenamente coincidentes con lo adelantado respecto del correspondiente a 2.022 en cuanto al origen del cambio climático. No obstante, a salvo de lo que nos depare el próximo en toda su amplitud, lo relativo a efectos del cambio climático tales como la variación de días y noches fríos, calentamiento de los océanos, salinidad de éstos, pérdida de hielo de glaciares y polos, nivel del mar, etc., se concreta en términos de probabilidad, más o menos alta, pero no existe ninguna afirmación categórica. Es evidente que en relación al pasado se pueden totalizar los datos desde que existen registros, pero, teniendo en cuenta que en términos históricos de las que queda constancia son magnitudes ínfimas, por lo que hacer proyecciones a futuro tiene un componente especulativo muy alto. Se entraría casi en el terreno de lo profético, mucho más cercano a la presciencia que a la ciencia. Es importante resaltar a los perniciosos efectos que la invocación de la autoridad de “los científicos” y “expertos” está tan en boga, que no debe confundirse a estos con sus trabajos ya que eso sería identificar objeto y sujeto. Por decirlo más claro: no toda exposición elaborada por un científico tiene por ese solo hecho el carácter de ciencia, muy al contrario, existe mucha pseudo ciencia elaborada por titulados a los que por ese solo hecho se les denomina científicos.

Pero las objeciones que a todo trabajo de esta naturaleza pueden hacerse forman parte de la normalidad pues la búsqueda del error contribuye a la mejora del conocimiento. Y es precisamente en ese punto donde desfallecen las teorías que sostienen que es la actividad humana la que está en el origen del cambio climático tal y como son dadas. Se presenta esta tesis como algo categórico y verificado, cuando tal verificación es imposible de realizar a priori y ni los propios expertos de la O.N.U. pueden confirmarla ya que emplean de forma reiterada el término “probable”. Es esa falta de admisión de toda hipótesis divergente la peor contribución que puede hacerse al perfeccionamiento de la teoría si su pretensión es ser confirmada. Ni por un momento encontramos que se dé relevancia a alguna opinión que cuestione el cambio climático tal y como se nos ofrece a través de la narrativa imperante. En absoluto, impera el trazo grueso y la publicación de las previsiones más extremas de las que se contienen en los informes.

Una de las más graves falacias a las que se está dando pábulo de forma indirecta es que la ciencia es lo que sale de organismos oficiales. No debe haber problema en admitir que eso es ciencia, pero no es “la ciencia”, existen numerosos investigadores que pueden aportar en este campo como en otro, aportaciones muy valiosas que, incluso admitiendo la tesis central del cambio climático, la actividad humana, aconsejan respuestas más moduladas a este problema mediante un tratamiento fragmentario de sus manifestaciones y no tanto global ya en todas las partes del mundo los efectos no son iguales. La profundización artificiosa de las divergencias en algunos puntos concretos del debate por quienes quieren imponer como ciertas las previsiones más catastróficas trata de polarizar la sociedad de tal manera que la disidencia por más razonada que sea se convierta en una enemiga del planeta con todas las consecuencias implícitas que eso conlleva. Un debate científico no debería estar pensado para promover el sectarismo.


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