Imaginemos una ciudad sitiada en función de lo cual todos los bienes y productos disponibles se limitan a los que se encuentran en su interior ya que no existe la posibilidad de obtener la reposición de los que se irán consumiendo. Uno de esos productos, por ejemplo, el trigo, insumo necesario para la fabricación del pan que, por sus propiedades, suele ser alimento de referencia en una dieta sometida a restricciones. Si el estado de sitio se prevé prolongado parece lógico admitir una centralización del almacenamiento de trigo, racionar su consumo y permitir un cálculo de disponibilidad durante el mayor tiempo posible. A tal efecto una autoridad capacitada planificaría las condiciones de distribución del trigo entre la población sitiada en pos de los mencionados objetivos (descartando a los fines de la hipótesis todo tipo de favoritismo o corrupción del planificador en el reparto). Si un partidario de la libertad de mercado se opusiera a tal medida apelando a sus creencias sería fácil responderle que en las condiciones descritas no existe mercado porque estamos ante un volumen de bienes dado (fijo) sin posibilidad de comerciar, ni intercambiar bienes, ni, por tanto, a los beneficios de esa agencia. Estaríamos ante una situación donde la cuestión del cálculo económico adquiriría otra naturaleza ya que la variación del volumen de bienes, dentro de ese supuesto, no sería posible, reduciéndose la cuestión a la forma de distribuir eficientemente esa cantidad dada. Habría entonces que admitir la mayor idoneidad de una economía intervenida conforme a esas circunstancias y el liberal se encontraría fuera de la realidad por la ausencia de los hechos que podrían hacer funcionar su teoría.
Ceuta es una ciudad socialmente sitiada desde el interior, su “dintorno” en expresión de Ortega y Gasset, algo paradójico dentro de un concepto bélico tradicional, pero que no lo es si atendemos al novedoso concepto de guerra híbrida. Es evidente que la finalidad de la invasión inicial y la prolongación de la estancia de miles de personas, en coincidencia con la reivindicación oficial ex post facto de Ceuta y Melilla, obedece a una estrategia que trata de forzar una solución política, de momento, al estatus jurídico y de soberanía de ese territorio español de tal manera que haciendo invivible la ciudad se provoque un éxodo masivo que allane las declaradas pretensiones expansionistas de Marruecos. Aun a riesgo de ser redundantes, sostener como postura oficial que el papel de los marroquíes ha sido colaborar en la solución del problema no pasa de ser una exhibición de voluntarismo que debería guardarse para mejores ocasiones.
En ese orden de realidades palmarias, como en el ejemplo del trigo, recurrir a teorías ideológicas y posturas preconcebidas para, de un lado, explicar y, de otro, abordar, un conflicto territorial que se ha hecho patente por medio de la violación de las fronteras españolas, son justificaciones que no pueden obedecer más que a incapacidad en la toma de decisiones trascendentes, la tácita admisión de la existencia de motivos de legitimación en el invasor o, la peor de todas, burlarse de la opinión pública. Ninguna de las alternativas soluciona lo que debería resolverse en beneficio de todas las partes afectadas, lo agravan, debiendo tener presente que la democracia no prospera ni se consolida en medio del caos, éste sólo puede beneficiar a los totalitarios.
Lo cierto, sin embargo, es que, desde el Gobierno, con el auxilio de sus altavoces mediáticos, tras la aparente firmeza de la primera reacción y la precipitada declaración que daba por finalizado el problema de soberanía que abre en canal la Nación, los mensajes se fueron decantando hacia la radicalidad ideológica a medida que ese cierre en falso quedó al descubierto por la contundencia que las informaciones e imágenes procedentes de Ceuta que mostraban sin filtros lo que allí se está viviendo. El intento por desdibujar y ocultar la situación límite de los ceutíes es expresión acabada de las llamadas “teorías críticas” donde todo reproche o denuncia son reconducidos, en su versión cósmica, mediante acusaciones de xenofobia o racismo y, si atendemos a la versión más plástica, se responsabiliza a Trump, Israel, Putin o a esa fantasmagórica “extrema derecha internacional”, no se concreta si por separado o en coalición. De esa forma y mediante el empleo de expresiones sustitutivas de invasión o equivalentes se inmuniza el discurso frente a la realidad que padecen quienes han sufrido el vuelco de la cotidianeidad de sus vidas y sin una vaga perspectiva de solución. Las palabras del Presidente augurando en la entrevista de este lunes una Ceuta “más fuerte” después de la crisis, mismo eslogan del COVID al que ya solo le faltará la declaración en Ceuta de la nueva normalidad, no hace sino aumentar los temores de enquistamiento del conflicto, lo que se confirmaría de forma indirecta con la persistente exculpación de Marruecos y el desvío de la cuestión con alusiones a la Sra. Ayuso o a la ausencia del Rey en Ceuta desde hace “veinte años” (sic), aunque lleve doce como Jefe del Estado y sólo pueda visitar la ciudad previa anuencia del Gobierno. Unas declaraciones que han dejado abiertas prácticamente todas las incógnitas y ponen en evidencia que la Nación en general y el contencioso de Ceuta en particular carecen de rumbo.
Es muy fácil desde la comodidad y protección que brinda la distancia dar lecciones de moralidad, incluyendo entre los moralizados a quienes están soportando unas vicisitudes tan injustas. No deja de llamar la atención que los sectores modestos de la población ceutí, clase media y trabajadora según el conocido argot, tan relevantes en la prosodia progresista, no aparezca en el relato de afanes de esta historia, más aún, esa ausencia en el discurso la encuadra en esa imaginaria parte inhumana de la sociedad. La crisis humanitaria, que no es el origen del problema sino una derivación del mismo producto de una acción planificada, no afecta sólo a los autores de la invasión, también a los habitantes de la ciudad que no tienen la culpa, ni está en sus manos solucionar, de las carencias materiales del mundo entero, por más que una parte del mensaje consista en reducir el problema a alimentar y atender a los ocupantes, como si se tratara de una cuestión de simple voluntad por tener a disposición una Jauja de abundancia infinita cuando España es un país de múltiples carencias. Y, por otra parte, no es menor la ruptura de la normalidad cotidiana de los ceutíes cuya libertad de deambulación por falta de seguridad está comprometida como demuestra el que se haya dispuesto una excepcional vigilancia, así como protección y escolta a la población residente, especialmente de menores y niñas. A ello se ha sumado, por si no hubiera suficientes certezas, que en los últimos días se han producido ataques a fuerzas militares españolas, unas agresiones que tratan de representarlas como un ejército de ocupación.
Cuando hechos y palabras caminan en sentidos opuestos la realidad se hace presente por aplastamiento y esa eventualidad concierne a todos por igual porque sus consecuencias no van a distinguir ideologías.
José María Sánchez Romera






