Yo era aquel muchacho que un día
saliendo del fondo de sus ojos
buscó los peces verdaderos
que no podía ver por sus manos.
(Vicente Aleixandre)
Foto y texto: Javier Celorrio
A veces basta entrar en una casa para entender a qué generación pertenecen quienes la habitan, o al menos de qué generación recibieron las lecturas quienes hoy viven en ella. Para los llamados boomers, aquellos libros significaron una época, una iniciación, un viaje. En la estantería, entre figuritas más o menos cursis y objetos carísimos que hacen parecer barato el resto del interiorismo, descubrimos los mismos lomos que acompañaron la juventud de millones de lectores: El lobo estepario al lado de El valle de las muñécas. Cien años de soledad junto a El nombre de la rosa. Una edición gastada de En el camino que aún conserva arena de algún verano.
Uno abre esos libros y algo se mueve: no solo el recuerdo de quien los leyó, sino el mundo que entonces latía alrededor. Y es entonces cuando la tila de Proust se pone en marcha y recordamos aquel primer tímido roce que provocamos —o nos provocaron— viendo Muerte en Venecia. Después devoramos la novela; ya no sé si por el roce, pero sí recuerdo que descubrimos que teníamos una pasión: la literatura. Otro día nos vimos acompañando a un tal Santiago Zavala saliendo del diario limeño La Crónica preguntándose en qué momento se había jodido el Perú. Y así otros muchos en todas partes del mundo e incluso en túneles del tiempo.
Para quienes vivimos aquellos años, hubo un momento, a finales de los sesenta, en el que Hesse se volvió imprescindible. No porque las editoriales lo decidieran, sino porque sus libros circulaban de mano en mano como si llevaran dentro una contraseña secreta. En Demian descubrimos que crecer también era una forma de dividirse. El lobo estepario lo leí, en mi caso, en el mítico Gijón, y otros en las pellas que me escapaba a hacer en un desaparecido Brasil Pub, cerca de una Castellana que aún tenía parcelas donde pastaban cabras y ovejas. Otros lo leyeron en residencias de estudiantes, en cuartos compartidos. Pero cada subrayado era un mapa que nos conducía a otros paisajes.
En los trenes que iban hacia París o Ámsterdam, algunos jóvenes llevaban en el bolsillo En el camino, de Kerouac. En los parques, alguien recitaba versos de Ginsberg con el fervor de quien está nombrando por primera vez su propia herida, y El Retiro se convertía en San Francisco. En dormitorios silenciosos, Holden Caulfield hablaba como ese amigo que siempre dice lo que ninguno se atreve, mientras Fitzgerald y Hemingway nos susurraban que París era una fiesta.
Mientras el mundo se tensaba en bloques y amenazas, los boomers miramos también hacia la ciencia ficción buscando algo parecido a una solución. Asimov ofrecía un universo ordenado por leyes robóticas. Bradbury mostraba un futuro que ardía por culpa de la indiferencia. Clarke, con 2001, iluminaba el cielo con preguntas nuevas. Había juventud en esos libros, pero también un miedo subterráneo. Por eso hoy, cuando un millennial o un joven de la Gen Z abre Fahrenheit 451, encuentra una alerta que parece escrita ayer.
Crecimos igualmente con el dulce ritual de intentar resolver un enigma antes que Poirot o Miss Marple, Ripley o el inefable inspector Maigret. Y cuando llegó John le Carré, entendimos que el espionaje no iba de persecuciones, sino de lealtades rotas, silencios y renuncias. Al final de la década, un joven Stephen King empezó a colarse en las casas, y muchos boomers leyeron Carrie o El resplandor con esa mezcla de fascinación y miedo tan parecida a la vida adulta que se abría ante ellos.
Pero no tardó en llegar el momento en que el lector boomer —el que decidió que leer era entrar en un país nuevo— descubrió que Proust enseñaba que recordar también es reconstruirse; que en Cortázar la novela podía ser un juego; y que, de pronto, un solitario lugar llamado Macondo era el centro del mundo.
En España, Goytisolo abrió grietas donde antes había muros. Ferlosio mostró que la quietud también podía ser narrativa. Martín Gaite dio voz a quienes nunca la habían tenido. Y Terenci Moix me descubrió que quizá todos nacimos el día que murió Marilyn.
Hoy los entonces jóvenes boomers vuelven a esos viejos libros. Los abren como quien abre una caja de cartas antiguas. En algunos casos añoran su ingenuidad: lo que antes fue rebeldía ahora es ternura; aquella angustia se ha vuelto lucidez; lo que fue descubrimiento se ha convertido en compañía. Mientras tanto, millennials y Z los leen por primera vez. Para ellos, estos libros no hablan de un pasado remoto, sino de problemas que siguen vivos: la búsqueda de identidad, la presión social, la tecnología como amenaza o salvación, la soledad, la necesidad de pertenecer.
Se dice que cada generación escribe su propio canon. Pero hay libros que resisten la centrifugadora del tiempo. Libros que no envejecen porque no hablan de tendencias, sino de preguntas. Los boomers encontramos respuestas en ellos; las generaciones posteriores buscan sus propias versiones. Quizá ahí esté la magia: los libros no cambian, pero nosotros sí.
En una casa cualquiera, en una tarde cualquiera, un nieto abre un libro que su abuelo subrayó hace cincuenta años. ¿Qué encuentran ahí, uno y otro? A veces, exactamente lo mismo: una voz que sigue diciendo —con todo el peso y la luz de la literatura— que la vida merece ser contada.
Tuve la suerte de vivir en una casa llena de libros prohibidos, a pesar de todo. Y por mi parte me fui haciendo con los míos. Por eso, bienaventurados quienes hicimos el camino de Swann; quienes nos escapamos de la mano de Bruno Quadreny en la famosa nevada de Barcelona, cuando hacía apenas unos meses que había muerto Marilyn; quienes fuimos durante horas Jay Gatsby, Geoffrey Firmin, Sam Spade, y quienes, de la mano del padre de Aureliano Buendía, conocimos el hielo. Hubo muchos más que irán apareciendo en estos cuadernos de lectura, club o cómo quieras llamarlo.
A todos esos escritores que nos dieron tanta vida. Y a Tomás Hernández, que es el que tengo más cerca de los boomers autores.









