Por Semana Santa suelo releer pasajes de varios libros. Uno de ellos es la Historia de Cristo del agnóstico y anticlerical Giovanni Papini, y otro el heterodoxo King Jesus de Robert Graves. Uno tiende a la reflexión y el otro, desde la extraordinaria erudición de Graves, nos muestra un Jesús lejos de la mixtificación de la Iglesia. A ellos suelo añadir también la lectura de La Semana Santa en Sevilla, de Manuel Chaves Nogales.
Del primero de los libros transcribo lo siguiente: “La suerte, no sabiendo de qué otro modo hacer pagar a los grandes su grandeza, los castiga con discípulos. Todo discípulo, precisamente por serlo, no lo comprende todo, sino solamente a medias, es decir, a su manera, según la capacidad de su espíritu; por eso, aun sin querer, traiciona la enseñanza del maestro; la deforma, la hace vulgar, la empequeñece, la corrompe.” Cuánto de eso habita entre nosotros no solo en el ámbito de la religión, sino también en el ideológico, donde es patente ese ser más papistas que el Papa, más moral que la propia moral, más ético que la propia ética.
En este último no hay teología ni apologética, sino la mirada limpia del gran cronista. Chaves Nogales contempla la Semana Santa sevillana con ese equilibrio suyo, tan poco frecuente, entre la emoción popular y la inteligencia crítica. No escribe como devoto ni como detractor, sino como observador privilegiado de una ciudad que, durante unos días, parece representarse a sí misma en un teatro callejero donde la fe, la tradición y la estética se confunden. En sus páginas la procesión es, al mismo tiempo, rito religioso y fenómeno humano: una coreografía colectiva donde el silencio, la música y la multitud componen una liturgia que pertenece tanto a la fe como a la cultura. Y es quizá esa mirada —a la vez afectuosa y distante— la que convierte su crónica en algo más que costumbrismo: en el retrato de una forma de sentir y de vivir el tiempo.
En Fuego cruzado: La primavera de 1936, estudio de Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío sobre los terribles meses que precedieron a la Spanish Civil War —periodo llamado la Primavera del 36 y cuya ineptitud política la propició— me lleva a la lectura de Madrid, de corte a checa, de Agustín de Foxá. Por ese mal llamado progresismo —que a menudo no es sino esnobismo de cierta educación sentimental errónea— ha sido un autor que no me había merecido interés alguno e incluso cierto rechazo, al considerarlo cornucopia rancia del franquismo literario. No obstante, la obra, siendo un panfleto de derechas —como la califica Francisco Umbral—, yo la llamaría más bien crónica de un país destrozado. “Eleva el panfleto a categoría estética” en ese saber mirar para narrar tan stendhaliano. Si se quiere, es un folletín de amor; pero es el narrador, el escritor, el que verdaderamente nos interesa.









