Cuatrocientos metros separan la casa de Marícarmen Abascal del hospital donde acaba de morir. Cuatrocientas maldiciones caigan sobre todos los que se burlaron de su dolor. Ocupe el primer lugar de los malditos la que entre risotadas y aspavientos confesaba: “Preguntaré a Maricarmen a qué edad puedo dejar de pagar el alquiler?” “Se iban a morir igual” fue el epitafio de las 7291 víctimas de COVID en Madrid. Ahogadas, incapaces, solas.
¿Qué epitafio hay para esta muerte? Porque todos los que la injuriaron, no saben que la muerte de esta mujer responde a una vieja pregunta: “Muerte ¿dónde está tu victoria?” Pero verán con sus ojos que la muerte de Maricarmen Abascal es la victoria sobre una parte de esta España, una parte, pequeña, pero poderosa y cruel, que está creciendo en el odio y nos mancha a todos, ensucia el nombre de todos, desnuda a los culpables y denigra a los indiferentes. Maricarmen ya es un símbolo, ha entrado, por la puerta grande, en el paraíso de los dignos. Y el símbolo es la cara visible de lo inabarcable. Ahora, Maricarmen ya es símbolo, no es nada, quizá nunca quisiera serlo, ahora están en ella todas las mujeres desahuciadas, las parejas tiradas a la calle, los viejos solos, ahora, esta noche, somos todos el dolor de los desahuciados.
Somos dolor, y rabia, y asco. Y tenemos el deber de convertirlo en vida, en denuncia, en rebelión. Que al recordar su nombre, Maricamen Abascal, celebremos la libertad que nos ha regalado con su muerte, que sea su nombre el principio de no sabemos qué, pero que nos lave de la infamia , y peor aún, de la burla de su muerte. Que su casa vacía no se convierta en nido de buitres.
Tomás Hernández






