Desgraciadamente la visita del Papa en términos de enseñanza y mensaje no será más que uno de los muchos impactos pasajeros que el actual mundo de la información utiliza para atraer la atención de los lectores, hasta que se agota su efecto, que coincidirá con el fin del viaje, ni un minuto más. Algo quedará en algunos, no todo caerá en saco roto, poco más. En la mayoría de los casos cada cual habrá aprovechado el momento para subirse al carro de la actualidad y utilizar los mensajes papales a la medida de sus conveniencias. La amplitud de los asuntos tratados por el Sumo Pontífice, reforzado por su recientísima Encíclica, han sido vampirizados por un piélago de oportunistas deseosos de encontrar un asidero para salir de su indigencia intelectual a base de convertir la profundidad de muchas reflexiones papales en baratijas de mercadillo ideológico. Una religión y la filosofía que la fundamentan no son, ni pueden convertirse, en un programa político que es lo que muchos, incluso de modo explícito, han querido trasladar a la sociedad. El hecho religioso se orienta a la conciencia particular que se hace grey cuando se congregan los cristianos unidos bajo su fe, el pueblo católico de Dios por propia definición es incompatible con una turba activada por alguna quimera. Del Manifiesto a la Encíclica cunado se advierte que la sociedad ha dado la espalda a sus representantes.
Por eso, cuando al hilo de las palabras del Papa sobre la inteligencia artificial, la inmigración, la guerra, o el individualismo, se han querido establecer paralelismos con determinadas propuestas políticas buscando su aval, ¡quién se lo iba a decir a más de uno!, no se promueven más que fantasías nouménicas sobre delirantes creencias en realidades puras. Sería el caso del Estado como alternativa perfecta a una inteligencia artificial manejada por los “tecnoligarcas” (nunca falta un neologismo al servicio de la sospecha) como si el poder estatal no fuera la mayor expresión de capacidad para manipular. Si “la guerra hace al Estado y el Estado hace la guerra” (Charles Tilly, Guerra y construcción del Estado como crimen organizado) la política siempre será el cerebro de la guerra, lo que obliga a preguntarnos por qué razón lógica vamos a pensar que la inteligencia artificial asegurará su neutralidad sin sesgos en manos del Estado. Una crítica que se conecta con el repudio general de la guerra sin aludir a su principal agente promotor, el Estado, que lleva a la inconsecuencia de convertirlo en la garantía del buen uso de una herramienta tecnológica que se presenta como altamente peligrosa (hay muchas cosas con usos alternativos letales que sin embargo se venden libremente) para, en el mejor de los casos sustituir a un posible manipulador por otro. Sólo desde el más absoluto desconocimiento histórico y de teoría del Estado podrá creerse que podemos estar a salvo de sus lógicas de dominio entregándole el control absoluto y la regulación de esta novísima herramienta de conocimiento que sólo puede depurarse a base de competencia y consiguiente libertad de elección del proveedor. Como siempre, el intervencionismo está al acecho de cualquier nuevo acontecimiento o avance científico sobre el que proyectar su insaciable ansia de control.
Hasta cierto punto puede comprenderse que se dé una identificación casi intuitiva hacia el estatismo desde una estructura jerárquica como la eclesiástica, ambos responden a una noción piramidal de la organización que se supone garantiza una mayor eficiencia. Naturalmente el parecido se disipa cuando hablamos de instituciones tan diferentes, tanto como que una inspira la conducta humana desde su propia ética frente a otra cuya ética es una no ética, o ética debilitada, debido que el incentivo más poderoso (del Estado) es la auto preservación de su poder. Y es desde esa engañosa similitud orgánica de donde surge un común repudio del individualismo asimilado al concepto de egoísmo por cuanto se ve como un desafío a la unidad del sistema, cuyo efecto es, en este caso, la reducción de la vida humana a su faceta estrictamente económica. La doctrina social de la Iglesia no es una teoría económica, aspira a un bien común que responde a una concepción teológica del hombre como imago Dei que debe ser preservado en su doble faceta física y espiritual. Un precisión necesario ya que nadie está a salvo de la confusión, de mezclar cosas de apariencia similar para producir respuestas en apariencia idénticas a problemas o pseudo problemas que tantas veces se generan para justificar las disputas por el poder. Por eso conviene aclarar que el individualismo nada tiene que ver con la insensibilidad ante la desgracia o las privaciones ajenas y sí con la concepción de que cada ser humano es irrepetible, único, con una dignidad innata, no otorgada, y que por naturaleza actúa a la búsqueda de un proyecto de vida propio con independencia del ámbito o la época en que se desenvuelva. Todas las personas, piensen como piensen, se comportan así y el individualismo teórico no hace sino extraer las consecuencias lógicas que parten del hecho axiomático de que los seres humanos actúan con un propósito en sus diferentes facetas, resultando reduccionista y falsa esa versión “individualista-egoísta” del ser humano, para, desde ahí poder descalificar a conveniencia la motivación de las acciones individuales (especialmente la económica por razones ideológicas). A partir de ese estigma lo que se busca es un control social íntegro y por eso hay que huir de una trampa en la que puede caerse desde la buena fe.
La antinomia del individualismo, es el dilema sobre el que se tiene que decidir, es el colectivismo, el cual se atribuye en exclusiva la faceta social de lo humano, previa extracción del individuo como factor esencial, como forma de someterlo a una determinada normatividad más propia del enjambre o el hormiguero. Por eso, la caridad humana que nace de la voluntad libre sí define y delata una escala de valores verdadera, la llamada solidaridad del Estado es una decisión política que no trasciende a lo personal y encuentra su razón de ser en la fijación de un determinado diseño social donde la libertad a duras penas encuentra sitio. Eso traducido en términos prácticos nos ha enseñado, y algunos no lo quieren aprender, que el socialismo convertido en razón de Estado, o en Estado mismo, nunca ha eliminado la pobreza, lo que ha hecho ha sido extenderla. Jesús multiplicó los panes y los peces, el Estado los divide y además los reparte mal. La causa de ello es tan evidente como que la sociedad no precede al individuo, sino al contrario y en ausencia de una integración voluntaria, porque el grupo no actúa, lo hace cada miembro, es masa amorfa y sin vigor que tan sólo aspira a ser alimentada y dirigida. Es la persona la que tiene y se dota de identidad, sin relación necesaria con la pertenencia a raza, origen, sexo, prosperidad económica u otros, cuestiones que pertenecen a lo contingente y que separan o unen a los seres humanos en virtud de circunstancias casi infinitas. El individuo es portador, ex ante, de derechos y valores inalienables como integrante de la especie humana que después se desarrolla y perfecciona en su vertiente relacional (social) con sus semejantes. El Estado no crea esas potencias y por ello únicamente puede legitimarse a partir de ellas.
José María Sánchez Romera






