Dietario de verano de un fotógrafo pobre / El eterno retorno

 

Por el recuerdo de aquella pareja joven, bella y elegante han pasado cincuenta años. Ellos paseaban su belleza exultante, en un descapotable rojo, por el escenario de un pueblo que comenzaba a ceder sus líneas de mediterráneo puro ante un estridente desconcierto de hambrienta especulación ratonil: la condenada belleza del mundo. Ellos respiraban modernidad aquel verano del setenta y algo. Ella, francesa, era pintora, y él, ingles, un joven arquitecto a la busca de la finura arquitectónica de una arista perfilada de luz en los ocasos de la noche y el día. Ambos pasaron un verano alojados en el hotel Sexi. A mi adolescencia de entonces fascinaba aquella imagen inaudita de la hermosa pareja en un ambiente poco dado a excesos de modernidad; la media melena castaña clara de ella con su figura siempre envuelta en vaporosa gasa o suaves chales; rizoso y moreno pelo de él con sus camisas a cuadros y jeans de azul marino intenso. Cierto que no quería convertirme en cualquiera de los dos: pues era en ambos donde comulgaba. Y con ellos advertí por primera vez la terrible dualidad que habita nuestra existencia. Muchas veces a lo largo de la vida. Y siempre, en la melancolía de la alegría o en la exaltación de una pena, cierto que en momentos sublimes, los he recordado y sigo teniendo una deuda de escribirlos algún día. Deuda que me condena a elegirme entre él o ella. Un terrible dilema, no crean, siempre me impide proseguir tras esa primera frase que dice: “Eran dos en la carretera derrochando la condenada belleza del mundo antes de su ejecución…” No miento si digo que en mis hallazgo en el amor o a la hora de compañía las personas que me escogieron siempre han contado con factores de aquella pareja; que si el color de ojos de ella o un mechón violento y libre o simplemente aquellas miradas con las que sorbían la vida en jugosos tragos entrando por los labios perfilados y rojos de la francesa o carnosos del inglés. Les veo, siempre en verano, y esa sola vez cada año: pasan raudos en aquel descapotable rojo o deambulan cada uno a su aire por el casco viejo del pueblo. Caminan desembarazados, individuales, pero cómplices. Siguen intactos en lo hermoso y me hago soluble en su entera belleza que puede más que cualquier droga, otro paraíso o alguna plegaria atendida de la que se dice deja mucha lágrima. «Ah, tiempo, tiempo cruel, que para tentarnos con la fresca rosa de hoy destruiste la dulce rosa de ayer», escribía Luis Cernuda en Ocnos.

Javier Celorrio


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