Dietario de verano de un fotógrafo pobre / En el fin de la escapada

 

Los mitos de nuestro Olimpo que fue el cine, la literatura o el cine se nos van porque la aguja del tiempo que atraviesa la carne acaba por matarlos, aunque muchas veces antes de que la agujuela haga su travesía final también nos olvida para los demás, como es el caso del actor que se nos ha ido. Un día sí y al otro también la necrológica nos recuerda la pérdida de distintas parcelas de nuestra educación sentimental. Con la muerte de Jean Paul Belmondo, por ejemplo, recuerdo aquella cola para entrar en la Filmoteca Nacional cuando se proyecto un ciclo dedicado a Godard y también el cosquilleo que provocaba la emoción de aproximarnos a aquel cine que suponía toda la modernidad que ansíabamos y que hasta entonces solamente conocíamos de oídas. Era esa «esperanza que nos hace aguardar en el rellano de la felicidad (leo la frase en un libro de Hervé Le Tellier) Y «al obtener lo que esperábamos, nos adentramos en la antesala de la infelicidad». Esto último vendría luego y a la estética de Godard le sucederían otras, pero no obstante aquella narrativa marcó huella y desde entonces algo no fue igual. “À bout de souffle” o “Pierrot le fou” nos descubrió al feo guapo del cine francés con su virilidad sin concesiones, que en un obituario Luis Antonio de Villena ha definido como «el guapo machote, el guapo viril, el guapo que atrae porque no acaricia…». Con la ida de Belmondo me viene al recuerdo aquella experiencia estética afrancesada y snob que nos invadió durante algunos años y que incluía música, literatura, moda… El susurro de la canción francesa con Francoise Hardy o Jane Birkin o las voces rotas e íntima de canta autores como Brassens, Serge Gainsbourg, Moustaki o Jacques Brel. Luego vendrían otras experiencias y otras estéticas que también nos aposentaría en «la antesala de la infelicidad». La vida tiene tres etapas; la primera es la de los encuentros deslumbrantes a la que seguirá el momento reencuentro ya selectiva y luego la de lejanías en la que el tren llega al destino que resulta no tenía nombre. Belmondo ya llegó al final de la escapada.


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