Hablamos a veces de la Junta y el Parlamento de Andalucía como si fueran una entelequia, cosas abstractas e impersonales que moran en un vacío de frío sideral a años luz de nuestras casas, ajenos a nuestros problemas.
Los pensamos a veces como cosas inservibles de cuando el principio de los tiempos, esas cosas que uno dejó botadas de mala manera en algún rincón del olvido donde se amontona todo lo que dejó de importarnos, como esos cachivaches desgastados y polvorientos de los anticuarios de la memoria donde se guardan los recuerdos que ya dejaron de recordarnos ―el bastón del abuelo, su viejo azadón, el anafre y las estrebes de la bisa, el sabor de los labios del primer amor-sin-amor, los sueños menguantes de querer cambiar el mundo, el país, el pueblo, alguna cosa que se pudiera cambiar―, todo aquello que, sin darnos cuenta del todo, fue perdiendo la emoción y dejó de servirnos para explicarnos de dónde veníamos, quiénes éramos, qué queríamos ser.
Los nombramos unas veces con extrañeza, otras con disimulo, con un poco de roche o vergüenza, como quien quisiera no nombrarlos del todo, decirlos de a poquitos, decirlos sin decir. Como pidiendo perdón por abrir una conversación política que se aventure a explicar para qué sirve un parlamento, para qué una Junta de Andalucía, para qué y en qué debieran servir(nos) quienes allí trabajan.
Y entonces unos —muchos unos―, tenemos la sensación de que la Política es esa cosa que ya no nos explica, que ya poco nos ayuda, que más bien nos enoja y nos enfrenta, que nos explica mal porque mal nos explica que renunció a intentar explicarnos por qué dejó de escucharnos, por qué dejó de respondernos los porqués que nos sostienen, ―tantos porqués, al menos los imprescindibles—, aquellos sin los cuales uno se siente abandonado, asfixiado, perdido: el porqué de la alegría, de los cuidados, de las oportunidades, el porqué de un hogar, un futuro, una red de seguridad.
Y luego hay otros ―muchos otros ― para quienes la política ya no les alcanza, no les roza, no les calienta, no les mueve a luchar —luchar por salvaguardar aquellas cosas que no tenemos tanto o tenemos menos que otros que todo lo tienen—; luchar por aquello que nos ayudaba a vivir liviano, a vivir menos pesado, con menos angustia: que la cita en el médico llegue antes de lo malo, que costara menos llenar la nevera y quedara alguito para guardar después de llenar el carro, que con la primera nómina uno pudiera soñar con independizarse con su novio, novia, novie —que se pueda amar libre a un novio, novia o novie―, que a la Uni pudieran ir también mis hijos sin yo tener que andar pidiendo a los bancos, que pedir al banco no fuera pedirle a Mefistófeles.
A los unos y los otros, ya la Política no les importa, les importa poco el Parlamento y la Junta de Andalucía. Hay quienes dicen que están en la abstención, y que son el partido que sin querer votar vota más que el que gana ―de ser un partido se llamarían, digamos, “Los que ya no pueden más con la política y los políticos”, los “Yo paso”, “Yo me cansé” o “A mi no me engañan más”, y ganarían de largo todas las elecciones―.
Y, sin embargo, por muy lejos que se sienta, lo político está en todo, sobre todo en las comunidades autónomas y ayuntamientos, que son las administraciones más cercanas, las más responsables de gestionar las competencias que marcan nuestro día a día: la sala de espera de un centro de salud, la ambulancia que nos traslada de urgencia, las aulas de nuestros hijos. Es por algo que nuestra tarjeta sanitaria es blanca y verde o que la plataforma educativa digital a través de la cual pedimos tutoría a los profes de nuestros hijos lleva el nombre de un célebre filósofo romano nacido en Córdoba y no en Madrid.
Por lo tanto, importa saber que el grueso de las competencias de salud, educación, vivienda o dependencia están transferidas a las comunidades autónomas, saber que es aquí, en Andalucía, donde se gestiona, donde se decide si se refuerzan o se recortan, se cuidan o se abandonan esas cosas que tanto nos alivian la vida.
Y a grandes rasgos hay dos modelos más o menos claros, más o menos opuestos, más o menos enfrentados y compitiendo entre sí, que ofrecen fórmulas diferentes de gestionar estas competencias vitales que debieran aliviarnos la vida: el uno acepta la privatización y se abre de par en par a la mercantilización de nuestros cuidados y de nuestras vidas; el otro apuesta por el fortalecimiento de lo público y restringe, limita o aspira a prohibir el mercado como proveedor de aquellos servicios esenciales para una vida sin angustia.
Sobre eso vamos a votar este 17 de mayo: sobre el modelo de nuestros servicios públicos, sobre su supervivencia y mejora o sobre su transformación hacia otra cosa más parecida a lo que vemos desde el sofá cuando miramos las series y pelis americanas de médicos. Por eso en estas elecciones importa más que otras veces tener conciencia de lo que se vota: conciencia de clase o al menos alguna clase de conciencia.
No esa conciencia de clase que consiste en saberse de memoria un manifiesto o en llevar unas siglas tatuadas. No. Es más bien esa clase de conciencia que sabe bien para lo poco que alcanza la raquítica serie de ceros de la cuenta de ahorro familiar. Es más bien esa clase de conciencia que tiene claro clarinete que, llegado el caso, esos ceros no alcanzarán para pagar una operación, un seguro médico privado, una universidad privada, una residencia privada, una terapia de psicólogo privado, una entrada para el piso cuando los polluelos quieran volar. Esa clase de conciencia que sabe que en el Sur, a pesar de todo, la alegría y la esperanza siempre fueron gracias a las redes comunitarias de cuidados y a la solidaridad de sus gentes, ese Sur que se reconoce siempre, fiel a la Historia, cuando toca anteponer la vida en comunidad frente al que “cada uno que se apañe como pueda”.
Este domingo elegimos entre dos modelos, más allá de las siglas, más allá de los partidos. Por eso, más que nunca, importa votar a conciencia, votar sabiendo que cuando fallan las redes de cuidado y la protección de lo público, no todos caemos desde la misma altura ni tenemos debajo el mismo colchón.
Importa votar. Y se puede votar con todas tus fuerzas, votar botando de alegría si lo prefieres. Pero también se puede votar sin ilusión, si no la tienes, votar sin botar, sin romanticismo, votar más allá de la nube ideológica, votar por las cosas del comer, votar pensando, a conciencia, en aquello que es mejor para ti, para los tuyos, para tu red de afectos y tu comunidad.
Por eso, botando o no, con más o menos ilusión, con o sin alegría, con la memoria y los recuerdos del abuelo y la bisa o sin ellos, el próximo domingo importa más que nunca desempolvar la conciencia y salir a votar. Votar a conciencia. Votar con V de vida.
Para esto sirve votar. Y sirve más que nunca.






